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Homilía-funeral por el Padre Ignacio de Vegas (26-VIII-2002)

Queridos hermanos venidos de las distintas fraternidades. de la Provincia, particularmente vosotros venidos de Portugal, presididos por vuestro Ministro Provincial, fr. Acilio; familiares del P. Ignacio y todos los que nos acompañáis en esta oración por nuestro querido P. Ignacio: Paz y Bien.

Nos reunimos para desde la fe, la esperanza y el dolor hacer a Dios la ofrenda de nuestro hermano Ignacio que, iniciado por el bautismo a la vida de la fe en la Iglesia con el nombre de Florencio Eradio, hoy, desde la iglesia se incorpora a la vida definitiva de los hijos de Dios. Esto es la muerte para el cristiano: volver a la casa del Padre. ¡Morir es volver a casa!

Nos reunimos para proclamar, por encima y más allá de esta muerte, nuestra fe en la Vida, pero también para expresar humana y cristianamente nuestro dolor. Esta muerte, por esperada, no por eso es menos sentida. Es este un momento en que la esperanza cristiana no puede eliminar el dolor, ni el dolor puede ahogar la esperanza cristiana. . ,

Nos ha recordado la primera lectura que "la misericordia de Dios no termina", "que se renueva cada mañana" y que "es bueno esperar en el silencio la salvación de Dios"(Lm 3, 22-23.26). ¡Que así sea para ti, hermano Ignacio!

La muerte, es verdad, tiene un componente desgarrador, dramático, y éste es el que absolutizan los que no tienen esperanza. San Pablo nos ha recordado en la segunda lectura: "No quiero que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los hombres que no tienen esperanza"(I Tes 4,13). ¡Que así sea para nosotros, hermanos!

Nosotros creemos y esperamos en Jesucristo y en sus palabras: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá..."(Jn 11,25); "el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré" (J n 6, 54): "mis palabras son espíritu y vida" (Jn 6,63)...Y esto ha sido particularmente verdad en nuestro hermano Ignacio.

No son éstas palabras de falsa esperanza, encaminadas a camuflar el rostro severo de la muerte. La fe no inmuniza sino que sensibiliza: no elimina sino que ilumina el dolor y las lágrimas. El cristiano siente con profundidad el dolor de la muerte, pero sabe situarlo bajo el misterio de la muerte y resurrección de Cristo.

La muerte es susceptible de múltiples lecturas. Puede sufrirse, ser protagonizada y hasta celebrada y cantada ("¡Loado seas, Señor, por la hermana muerte... !"). Puede vivirse y verse como desgarro o abrazo fraterno (el de "la hermana muerte"); como aniquilación o descanso; como exilio al frío mundo no ser o retorno a la casa del Padre; como confinamiento en el más absoluto de los vacíos o caída en los brazos de Dios, como siega voraz o siembra esperanzada; como ocaso o como aurora.

Estoy seguro que nuestro hermano Ignacio la ha vivido y esperado como abrazo fraterno, como descanso, como retorno a la casa del Padre, como caída en las manos de Dios, como siembra esperanzada, como aurora...

Nuestro hermano vuelve a casa. Nació en Vegas del Condado (León) el 19 de septiembre de 1904. Cursó los estudios primarios, la filosofía y la teología en León. Entró en el Noviciado de los Capuchinos en Bilbao el 31 de agosto de 1929; emitió la primera profesión el 1 de septiembre de 1930; la profesión perpetua el 8 de septiembre de 1933 y recibió la ordenación sacerdotal el17 de marzo de 1934.

Hacer en estos momentos una síntesis de la vida y actividad del P. Ignacio resultaría imposible. Se trata de una vida no sólo extensa (98 años a punto de cumplir, de ellos 72 de religioso y 68 de sacerdote) sino también muy intensa.

El P. Ignacio ha sido un trabajador incansable en todos los lugares y quehaceres encomendados, tanto en Portugal, donde pasó la mayor y mejor parte de su vida (unos treinta años), como en España. Hasta que, por inspiración del Espíritu, descubrió el "tesoro" (Mt 13,44) y "la perla preciosa" (Mt 13,45) - el servicio de la Palabra de Dios-, y la convirtió en la pasión y en la obsesión de su vida. En él se repitió la escena del libro de los Hechos de los Apóstoles (6,2-4) y del evangelio de san Lucas ( 10, 38-42), Y decidió dedicarse al servicio de la Palabra (Hch 6,4) como a "lo único necesario" (Lc 10,42).

Imposible resumir su actividad como difusor de la Biblia. Su figura, elemental y recia, delicada y entusiasta, humilde y convincente, ha recorrido todos los países de habla hispana. Desde América a la India, el P. Ignacio ha sido un mensajero incansable al servicio de la Palabra de Dios. Tomó muy en serio la advertencia dirigida por Pablo a Timoteo: "Proclama la Palabra a tiempo y a destiempo" (II Tm 4,2), y por eso no cesaba de presentar proyectos para ampliar los horizontes del apostolado bíblico. Adornado por el "octavo don del Espíritu Santo", el gusto bíblico, estaba también inflamado por el "celo bíblico" de Jeremías ("Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba..." Jr.15,16) y de Pablo de Tarso ("¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio"! 1 Cor 9,16).

El P. Ignacio deja una huella y un legado muy importante en sus libros, en sus opúsculos bíblicos, en sus ediciones del texto sagrado, en la revistas que fundó ("Bíblica", en Portugal y "Orientación Bíblica" en México) y que difundió ("Evangelio y Vida" en España), en los movimientos bíblicos y asociaciones bíblicas a que dio vida sobre todo en América Latina y en Portugal, donde fundó la "Difusora Bíblica" (1956), que después introdujo en España (1964).

Pero en el P. Ignacio había un rasgo aún más importante que el de su actividad bíblica, era el de su espiritualidad bíblica. Él no era sólo difusor de la Biblia; la Biblia era su casa: vivía la Palabra y en la Palabra. Antes de meter la Biblia en su mochila para salir a la calle, la había metido en su corazón en una oración profunda y extensa. Todos los días, antes de amanecer, -era su norma - elegía uno o dos versículos que convertía en tema de oración y reflexión a lo largo de toda la jornada. El mensaje de la Palabra configuró su vida como peregrino; sentía la "urgencia" de la Palabra en sí mismo, dentro de sí, yeso le hacia superar las "incomprensiones" que encontró a lo largo de su vida.

"¿Qué salisteis a ver, a un profeta? Sí..." (Mt 11,9). Esta afirmación de Jesús respecto de Juan el Bautista puede aplicarse a nuestro querido P. Ignacio. Si ser profeta es vivir desde y para la Palabra de Dios; si ser profeta es tener, desde los criterios de la Palabra de Dios, una visión y una propuesta alternativa a la mundana...; entonces, no hay duda, el P. Ignacio era un profeta. Alma grande en cuerpo frágil, sí, el P. Ignacio era un profeta, y los verdaderos profeta nunca mueren, porque queda su mensaje, que es la esencia y el alma" del profeta. "

Termino, y perdonad si me he alargado un poco: creo que nuestro hermano se lo merece.

"El Señor me dio hermanos", decía san Francisco; Sí, como dicen bellamente nuestras Constituciones, los hermanos son un don de Dios. Y el P. Ignacio fue un don precioso y singular. "El Señor me (nos) lo dio; el Señor me (nos) lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!" (lb 1,21). "

¡Gracias, Señor, por el P. Ignacio, por su vida y por su muerte! Amén.

fr. Domingo Montero

 

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