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VEGAS DEL CONDADO
(LEON)
HISTORIA, LEYENDA Y FOLKLORE

Por Restituto Martínez Rodríguez
León, 1980

INDICE

Gloria a León
A modo de prólogo
I. El nombre de Vegas del Condado
II. Generalidades
III. Signos externos
IV. El Palacio
V. Derribo del Palacio
VI. Ferias y mercados
VII. Comunicaciones
VIII. Fiestas locales
IX. El río Porma
X. Las Villasfrías
XI. Caza y pesca
XII. La higiene
XIII. Las bodas
XIV. La gran ocasión
XV. Lo social
XVI. La enseñanza
XVII. El molino de la griega
XVIII. El canto como recreo popular
Final


GLORIA A LEON

Ni tus campos de flores amarillas,
ni tus ríos de lechos sombreados,
ni tus templos de picos elevados
pueden cantar las glorias en que brillas.
Del Torio y Bernesga en sus orillas
fuiste taller de aceros bien templados
patria de caballeros esforzados
y compendio de hispanas maravillas.
Llenas tantos capítulos de Historia
tanta joya atesoras en tu seno
que no pueden caber en mi memoria....
Del fanático Islam tú fuiste freno.
Has dado muchos santos a la Gloria
Y héroes a España como Guzmán el Bueno.

A MODO DE PROLOGO

Cuando allá por los años 20 llevé a dos semanarios leoneses algunos trabajos, producto de mis observaciones en el medio rural, lo hice con el fin de que fuesen más conocidas las costumbres de un pueblo medio, escondido en una pequeña zona de la montaña berciana donde yo ejercí el cargo de maestro durante más de cinco años.
A más de medio siglo de distancia, algunos amigos que fueron discípulos míos por aquellas fechas y que sabían de mis aficiones me rogaron que escribiera un libro sobre lo que yo había podido observar para que en el futuro el pueblo pudiera conocer algo de su historia.
Cuando PRIMOGENITURA salió a la luz pública en 1973, ocurrió algo parecido.
Yo me encontraba en situación de jubilado después de haber ejercido mi profesión durante más de 42 años en la escuela unitaria de niños de Vegas del Condado, por la que pasaron durante ese tiempo más de 400 alumnos.
Recientemente, algunos de estos discípulos míos que leyeron PRIMOGENITURA me rogaron con insistencia que escribiera algo sobre Vegas, pues a los jóvenes de hoy les gustaría conocer algunos aspectos de la historia de su pueblo escrita por el que fue primer maestro de sus padres o de sus abuelos.
No era tarea fácil para un octogenario, con las limitaciones que esa edad supone, pero con el deseo de complacer a los numerosos discípulos que se interesaron por este trabajo, escribí este libro donde pueden leer lo que la villa fue en algunos momentos de su historia.
A ellos, a todos ellos va dirigido principalmente y con el mayor afecto este pequeño trabajo.


EL AUTOR




CAPITULO I


EL NOMBRE DE VEGAS DEL CONDADO

Hay una teoría que explica el origen de este nombre independientemente de los cambios, añadidos o mutaciones del que pudo llevar esta localidad en otras edades de la historia.
Los pueblos, las personas, todos los seres necesitan tener un nombre para distinguirse entre sí.
Son muchísimas las combinaciones que se pueden formar con las letras de nuestro alfabeto para poner nombre a las personas, a los animales y a las cosas. Pero se da con frecuencia el caso de poner nombres iguales a otros ya existentes. Entonces, para diferenciarles hay que añadir algo distinto, especie de apellido que se hace con el nombre de las personas.
Pero las personas tienen una existencia muy limitada de años, de pocos años, pasados los cuales otras pueden llevar los mismos nombres y apellidos sin temor a confusiones.
No ocurre igual con los pueblos porque tiene edad de siglos y hasta de milenios. Por eso, cuando a un pueblo se le pone un nombre igual al que lleva otro hay que buscarle un apellido inconfundible que no puedan o no deban llevar los demás.
Sabido es que con la palabra villa se ha venido designando a una población cualquiera a la que se concedieron por la autoridad competente ciertos privilegios.
Sin salirnos de los límites de nuestra provincia tenemos nada menos que 146 localidades cuyo nombre empieza por villa. Se comprenderá que para distinguirlas hay que añadirles alguna letra y a veces palabras enteras que hacen relación a una zona, a una comarca, a un hecho histórico o simplemente a un accidente geográfico.
Lo mismo ocurre con la palabra vega. Son 23 los pueblos leoneses que empiezan con ella, pero sólo hay tres que la llevan en plural. ¿Motivos?.
En nuestra lengua tenemos tres palabras que usamos muchas veces con el mismo significado: vega, valle y ribera. Y decimos la vega del Curueño, el valle del Curueño o la ribera del Curueño. Pero la palabra vegas, por estar en plural, nos dice que han de concurrir más de una. Y, en efecto, son dos: la del Curueño y la del Porma.
Pueblo es Vegas que se beneficia de ambas. Aguas abajo sólo hay la del Porma. Aguas arriba un pueblo se situó entre "ambas aguas".
Acontece también que son tres los pueblos de nuestra provincia que tienen el nombre de Vegas, por lo que ha habido que ponerle un apellido para no confundirle con los otros dos, y por eso se dice Vegas del Condado.
Y ahora es cuando surge la pregunta. ¿Condado de dónde y de quién?. Porque los numerosos escritos de investigadores históricos que hemos consultado no nos aclaran nada sobre la creación de ese condado y poco sobre los titulares del mismo.
Para algunos la expresión "del Condado" empezó a aplicarse a los cinco pueblos de la jurisdicción de Vegas para la que los Guzmanes de Toral nombraban alcalde mayor y juez ordinario, y desde el momento en que el emperador Carlos V desposeyó a los Marqueses de Toral de los bienes que tenían en esta zona del Porma para dárselos al Conde de Luna, que fue su aliado en la guerra de las Comunidades. Para otros, el condado del Porma ya existía muchos años antes de esa transferencia de bienes, como lo prueba un documento de 1503 suscrito por Ramiro Núñez de Guzmán nombrando a D. Diego Flórez de Salamanca secretario y escribano público de "mi condado del Porma y de los valles de Curueño y Boñar".
¿Sería Enrique el Bastardo, pródigo en la concesión de honores a esta clase social el que concedió a los Guzmanes de Toral el señorío del condado del Porma?. ¿Sería su padre, el rey Alfonso XI, gran amigo de los Guzmanes con quienes solía compartir varias jornadas de caza en estos señoríos del Porma y del Curueño?.. ¿Serían los mismos Guzmanes los que se atribuyeron ese título honorífico dentro de aquella nómina de duques, marqueses, condes, barones, mayorazgos, hidalgos etc. aprovechando el desorden nacional del siglo XIV para ejercer un dominio con ley o sin ella creando vínculos de dependencia y fidelidad más fuertes entre sus vasallos?.
Pero dejemos a los investigadores estas cuestiones y limitémonos a consignar como lo hemos recibido de nuestros mayores el nombre que estamos comentando.
Villa ya importante en los comienzos de la Edad Moderna cuando todavía estaba fuertemente unida al valle del Curueño.
Más tarde, al realizarse la división administrativa con la demarcación de los nuevos municipios se constituyó en la capital del que lo es en la actualidad.
En el arreglo de ayuntamientos de nuestra provincia realizado por la Diputación Provincial, según nomenclátor publicado por la misma el 11 de diciembre de 1836, y que empezó a regir el primero de enero de 1837, el pueblo de Cerezales de Rueda pertenecía a Gradefes y el de Secos de Porma a Valdefresno. Con anterioridad se había separado de la jurisdicción de Vegas del Condado el pueblo de Villarratel del Condado para agregarlo a Rueda del Almirante. Hoy, en virtud de nuevo arreglo, Cerezales y Secos pertenecen a Vegas del Condado y Villarratel a Gradefes.
Y en ese reajuste administrativo cambiaron de apellido muchos pueblos. Y hoy ya no se dice Cerezales de Rueda sino Cerezales del Condado, y se dice Castro del Condado y Represa del Condado, notándose la tendencia a llevar ese apellido algunos pueblos del municipio que antes tenía otro.




CAPITULO II

GENERALIDADES

La Humanidad, desde que tuvo conciencia de su ser, ha querido estudiar y conocer su propia vida a través de esa ciencia que se llama Historia.
La de algunos pueblos, perdida para siempre en la noche de los tiempos, puede ser tan antigua como su configuración geológica actual o que nació poco tiempo después.
Pero si la geografía local está sufriendo constantes trasformaciones, unas veces por los elementos físicos y otras por el trabajo lento y continuado del hombre, la historia antigua, en cambio, ha ido deslizándose suavemente de generación en generación sin que de su existencia nos haya quedado más que un pequeño eco, que cuando ha llegado a nosotros, lo ha hecho tan débil, tan apagado, que en muchos casos resulta imperceptible: campo abonado para que la fantasía camine a sus anchas por la senda de la leyenda y de la fábula.
Se comprenderá que no me refiero a una nación, a un país o a una raza, sino a una población pequeña, a un pueblecito, a un lugar o a una aldea de los muchos cientos esparcidos por el suelo patrio que carecen de partida de nacimiento y no saben cuándo han nacido y cómo han vivido poco más atrás de hace un siglo.
En muchos de estos pueblos no existe signo alguno que nos hable de su antigüedad y mucho menos de su origen. Cuando más, unos hitos religiosos de los que fueron jalonando las avanzadas de la Reconquista o unos mal cuidados vestigios heráldicos que nos llevan hasta la época feudal.
Las grandes invasiones sufridas por nuestro pueblo; la diversidad de razas e idiomas; la destrucción por Almanzor de numerosos monasterios que eran los mejores y más completos depósitos de la cultura histórica; las luchas entre señores de territorios próximos y el desorden social en los últimos siglos han sido causas, entre otras, de que muchos de nuestros pueblos no conozcan su infancia por haber desaparecido, si es que existían, los valiosos documentos que nos hablan de ella, o porque pasaron a manos de quien no supo estimar su valor y los dejó perder.
Por este motivo, al intentar escribir algo sobre la historia de Vegas del Condado sin conocer su verdadero origen ni su vida en los lejanos tiempos, tenemos que limitarnos a consignar lo poco que sabemos y que nos lleva a poco más allá de nuestra Edad Moderna.
Sería muy del agrado mío y creo que de los lectores de este pequeño trabajo que alguien lo completara con datos que yo no he podido reunir, pues lo que vais a leer tiene mucho de presente y hay que dejar pasar algunos años para que sea historia.
No hubiera nacido en mí este intento, avivado por los deseos de muchos vecinos de la villa, si no hubiese ocurrido en el año 1959 el derribo de la mejor y casi única joya de valor histórico que tenía Vegas; joya que ya venía padeciendo de un visible y constante deterioro: se trata del Castillo-Palacio de los Guzmanes que había en la villa.
Para los nacidos después de esa fecha, que no conocieron el Palacio que dio fama a su pueblo, van dirigidas principalmente estas líneas. Espero que sirvan también de recuerdo a los que lo vieron caer por la fuerza destructora de la dinamita.




CAPITULO III

SIGNOS EXTERNOS

Cuando un amante de la Historia entra por primera vez en un pueblo es natural que se fije en el exterior de sus edificaciones y, si son de fácil acceso, en el interior de las mismas. La iglesia, la casa consistorial, si la hay, la plaza, si la tiene, las casas señoriales con sus escudos de armas, los edificios antiguos en pie o derruidos, el museo arqueológico, si existe, y el interior de algunas viviendas. Tampoco escaparán a la observación las defensas naturales y artificiales así como su emplazamiento con relación a su altura, al sol y al agua.
Si el pueblo que queremos estudiar en el aspecto histórico es Vegas del Condado, dejando para capítulo aparte el famoso Palacio hoy desaparecido, nos encontramos a principios de nuestro siglo con algunas edificaciones de algún valor histórico.
La iglesia, de sólidos muros, cuya nave única con crucero nos nuestra en un escudo de la fachada sur la fecha de su construcción. Tiene una hermosa torre, más antigua, que padeció abandono durante varios años y hoy se halla reparada, con arquería románica y un gran reloj público, cuya campana ya se dejó oír en el pasado siglo para avisar a los agricultores esparcidos por el campo la hora de hacer alto en el trabajo
Este reloj de la torre fue colocado en el año 1899 y costó 1615 pesetas. Con las 97'60 pesetas de gastos de instalación, el total del coste fue de 1712'60.
Si se para uno a pensar en la débil economía de la Junta Administrativa, cuyo volumen de ingresos anuales no podía cubrir los gastos cuando éstos rayaban las cuatrocientas pesetas, la compra del reloj nos parecerá un esfuerzo considerable, que los vecinos tendrían que soportar a costa de muchas privaciones. Pero aquel año no fue así. Era por entonces el carbón de encina muy apreciado para el brasero y Vegas tiene un magnífico encinar en la cuesta del monte. La venta de esa madera proporcionó a la Junta 1525 pesetas.
Como curiosidad ofrezco al lector el detalle de esas 97'60 pesetas de gastos de instalación: Por 120 ladrillos, 3'75 pts.; por 14 tablas, 10'50 pts.; por 5 sacos y medio de yeso, 6'50 pts.; por pupilaje del relojero durante siete días y viaje de ida y vuelta, 14 pts.: por varios jornales de albañil, carpintero y obreros, 62'85 pts. Así estaban por entonces los precios de las cosas; el jornal del trabajador y el valor del dinero. Se cree que el primer reloj de torre que hubo en España se colocó en la Giralda el año 1400 durante el reinado de Enrique III.
Antes, en el campo se calculaba la hora por la altura del sol o por la sombra que proyectaba la persona; en el pueblo por la que señalaba el gnomon sobre el cuadrante del reloj de sol instalado en el muro sur de la iglesia; uno de los pocos templos que lo tenían y del que quedan las líneas de sombra y unos números que oculta el desordenado ramaje de unas acacias que nadie poda o poda mal.
En las madrugadas, el oído solía estar atento al canto del gallo.
En el interior del templo, que cuenta con numerosas imágenes y un valioso retablo, enterraban antes a los difuntos. El pavimento de gruesas tablas de roble, cubiertas recientemente por otras de pino mejor ensambladas, estaba numerado en espacios iguales capaces cada uno de contener un féretro. Al ser abolida esta costumbre, se llevaba a los cadáveres al cementerio situado a la salida del pueblo a la derecha del camino hacia Devesa. Abandonado también este cementerio por insuficiente, se entierra ahora en el nuevo que se halla a la derecha del camino para Castro. En el año 1787 el rey Carlos III prohibió los enterramientos en las iglesias, ordenando la construcción de cementerios en las afueras de las poblaciones; pero esta orden no tuvo verdadera efectividad hasta 22 años más tarde, durante el reinado del intruso José Bonaparte.
En nuestra Edad Media la piedra estaba reservada para los templos, para los monasterios y para los castillos y grandes casas señoriales. Admira pensar en el trabajo que suponía el traslado de esos materiales a muchos kilómetros del punto de origen con los medios de transporte que entonces había. Quizá por esta razón en algunos casos se llegó a emplear cal y canto o gruesos muros de tierra apisonada.
En torno a la iglesia varios edificios hoy reconstruidos en gran parte han venido disfrutando de los honores de haber cumplido más de dos siglos y, entre todos, el que quizá representa mejor las condiciones medievales que tiene la villa.
Tiene esta casa grandes puertas de madera claveteadas adosadas a dos fuertes columnas de piedra que cierran en arco de medio punto algo alargado sobre el que se apoya un gran escudo labrado de piedra. Casa de hidalgos, mansión señorial blasonada con una heráldica algo gastada por los años, el descuido y la incuria de las gentes.
Dice el señor Luengo en "Las casas de los Fernández en Omañón y Villamontán" que los reyes hicieron concesiones de nobleza a regiones y a pueblos enteros, por lo que se creó una heráldica leonesa que todavía no ha sido bien estudiada y que los hidalgos proclamaban su prosapia en escudos no sujetos a las reglas de la Heráldica, con lo que pretendían una posición social privilegiada entre sus convecinos. El escudo a que nos referimos puede ser un ejemplo de esta afirmación.
La casa correspondiente posee un amplio patio y ventanas casi a ras del suelo con fuerte enrejado protector saliente y gruesos muros de cal y canto.
Esta casa, en su parte baja, tiene unas habitaciones pequeñas y oscuras sin más huecos al exterior que una pequeña abertura entre dos piedras y en sentido vertical a pocos centímetros del suelo. Una de estas ventanillas, especie de estrecha saetera por donde difícilmente pueden introducirse los dedos de una mano, tienen las piedras que sirven de marco un color oscuro en toda su superficie. Los dueños de la casa dicen que ese color de la piedra es debido a la gran cantidad de humo que salió por aquella ventana a finales del siglo XVII, y así continúa.
Cuando los pueblos no saben o no quieren escribir la historia que cubra el tiempo que nos separa de los hechos, silenciándolos, es la fantasía en brazos de la tradición la que nos trae la noticia mixtificándola a su gusto hasta hacerla fantástica para que el comentario en el medio rural de un hecho, que parece o es inverosímil, sirva de recreo a las mentes sencillas que se contentan solamente con lo que esa tradición ha hecho llegar hasta nosotros.
Este es el caso de las dos jóvenes cautivas. El señor de la vivienda reseñada montó un día a caballo y se dirigió a la ciudad de León. En el pueblo de Villa rente encontró a dos jovencitas que bebían agua de una fuente. Preguntó a las jóvenes de dónde eran y ellas le contestaron que eran al mismo tiempo de ningún sitio y de todos y que por eso estaban allí aquel día. El caballero creyó ver en ellas a dos criaturas abandonadas que vivían de la caridad pública y las dijo que se dirigiesen a Vegas del Condado y preguntasen por la casa del Conde, donde había dejado a su mayordomo que las atendería muy bien durante los días que él tardase en volver. Y se dice que el mayordomo las encerró en una pequeña habitación, especie de mazmorra, sin que desde entonces se volviera a saber más de ellas. Pero queda un recuerdo: el negro de las piedras ocasionado por el humo que salió por aquella estrecha ventana hace ya tres siglos.
Sobre otra de las casas que también cuenta su vida por cientos de años, existe la creencia de que fue un regalo que su dueño hizo al criado que tenía a su servicio.
Estaba ya a punto de terminar la guerra carlista con la firma del Convenio de Vergara, pero las persecuciones entre bandos opuestos continuaban, sobre todo en los lugares donde uno de esos bandos estaba en minoría.
El dueño de la casa a que me refiero tuvo noticias de que un grupo de sus enemigos llegarían de un momento a otro para prenderlo y llevárselo consigo. Por eso huyó hacia el monte como refugio seguro. Cuando llegaron sus enemigos el criado les indicó el lugar donde podrían encontrarlo, pero el refugio de su amo estaba a mucha distancia y terminaron por abandonar la búsqueda. El amo, cuando regresó, premió a su criado regalándole la casa
El ayuntamiento también tenía casa. Era pequeñita; parecía de una sola planta, aunque tenía dos. Durante varios años, ya en nuestro siglo, se dedicó más a cárcel municipal que a la celebración de sesiones. La puerta era de una sola hoja y estaba forrada de chapa metálica por el exterior. Esta pequeña casa de ayuntamiento fue derribada a finales de la segunda década de nuestro siglo para construir la actual, pero más amplia.
Una media docena más de restos de edificaciones quedan repartidos por la villa, pero que han perdido ya su antigua estampa debido a reformas de adaptación necesarias para los nuevos tiempos.
A un kilómetro de distancia, en la orilla izquierda del Porma, se halla la Quebrantada, cuya visión añoran los naturales del país cuando viven lejos de ella. Pero de la Quebrantada hablaremos más adelante.
Vegas del Condado, con categoría de villa, fue durante muchos años cabeza de una jurisdicción que se extendía a los pueblos de San Vicente, Villanueva, Villafruela y Villarratel. Se cree que contaba con su rollo o picota, cuya misión ya se sabe que era la de exponer los reos a la vergüenza pública. El rollo parece que estuvo instalado en un pequeño campo al oeste de la iglesia por donde hoy cruza el cauce principal de riego, campo o fincas que todavía siguen llamándose El Rollo. La piedra que sirvió de base a la picota, sin dueño, considerada como un estorbo, recorrió varios lugares hasta asentarse definitivamente bajo los cimientos de una casa de vecindad.
Según el censo de 1910, Vegas tenía 111 edificios y 586 habitantes. En 1920 llegó a 620 habitantes. A partir de esta última fecha su población ha bajado mucho.




CAPITULO IV

EL PALACIO

Merece especial atención el edificio llamado El Palacio, hoy desaparecido. Fue la mejor alhaja, la joya histórica más valiosa que dejó en la villa la nobleza leonesa.
Se cree que este famoso palacio fue construido a mediados del siglo XV por D. Gonzalo de Guzmán, señor de Toral, casado con Dñª. María Osorio, por lo que también se le llamó, Palacio de los Osorios.
Los marqueses de Toral eran por aquellas fechas señores de la villa de Vegas del Condado; pero no hemos podido averiguar de qué manera se hicieron con las extensas propiedades que tenían en torno a ella. Téngase en cuenta que la casa matriz de los Guzmanes era el famoso castillo de Aviados, (el rey visigodo Gundemaro declaró el castillo de Aviados casa solariega de los Guzmanes); que a finales del siglo X, en el año 999, Bermudo II el Gotoso cedió a los Guzmanes el señorío de Toral y que el palacio se construyó en el año 1450 en tiempos de Juan II, casi al finalizar la Reconquista.
Sin datos concretos para aclarar esta duda me inclino a creer que fue la misma Reconquista la que dio a los señores de Toral esos extensos dominios por concesiones reales, pues Enrique II concedió a los Guzmanes títulos de nobleza, siendo pródigo en la concesión de gracias y mercedes a esta clase social; o por reparto de tierras a lo Graco. Todo esto cabe suponer en aquellos tiempos de desorden, pues la Crónica, al referirse a la minoría de edad de Alfonso XI nos dice: "Todos los ricos homes vivían de robos et de tomas que facían en la tierra".
El Palacio, tal como nosotros lo conocimos, tenía forma de un cuadrilátero con dos plantas y habitaciones en ambas. En su interior un patio cuadrado de unos siete metros de lado. Dos de sus esquinas exteriores y opuestas remataban en cubos de pequeño diámetro. En los otros dos ángulos, torres descanteadas; la más alta, situada en el ángulo nordeste, medio derruida. Los muros, casi en su totalidad, hechos de mampostería y con saeteras el de la fachada principal. En el grueso muro de esta fachada se hallaba el hueco, no muy amplio, de la puerta de entrada al Palacio, con fuertes laterales de piedra y ladrillo, que cerraban en ángulo muy abierto. Había encima de ella una piedra con dos hojas o tableros con escudos de armas de los Guzmanes y de los Osorios. Uno de los tableros tenía un castillo, dos calderas en el centro y orla de armiños. En el otro se veían las siglas JHS dentro de rayos y un letrero que decía: Fiat pax in virtute tua. MCCCCL. Esta piedra desapareció al ser derribado el edificio sin que sepamos si fue destruida al caer o por los picapedreros para ajustarla, como otra piedra cualquiera, al cimiento del nuevo cuartel.
Al mediodía del Palacio y unido a él había un pequeño huerto cercado de muro bajo de cal y canto. Se podía regar con el agua de un pozo abierto en la misma finca. Se utilizó para sembrar hortalizas y para bolera de mano corta. Esta pequeña parcela, ocupada hoy por el cuartel, quedó separada de la gran huerta del Palacio a mediados del siglo XIX al abrir la calle que pone en comunicación la de Cantarranas con la plaza.
Pero este palacio, que nosotros conocimos, no tenía aquella bella estampa del construido por D. Gonzalo de Guzmán. Llegó hasta nosotros en un estado de abandono, de deterioro, de ruina, que si su primer dueño lo hubiera visto se hubiera muerto de pena al contemplar una vejez tan mal tratada, de aquella fortaleza mandada derribar cuando había cumplido poco más de setenta años de vida. Grandes bloques de sus primitivos muros permanecieron durante siglos semienterrados a la vera de los restos de su más alta torre, sirviendo de escondite en los juegos infantiles de varias generaciones.
¿Qué cómo fue esto?
Hoy podemos contemplar la estampa de muchos castillos en ruina y sabemos que de algunos no quedan ni los cimientos.
Las dádivas reales, las defensas feudales de la propiedad y la derrota de la nobleza levantisca nos dicen mucho de la vida y muerte de los castillos.
En los últimos tiempos de la Edad Media y principios de la Moderna fueron muchos los castillos y palacios de casas señoriales que tuvieron en nuestra provincia su mejor época de esplendor. Por razones obvias nos referimos en este breve estudio únicamente al de Vegas del Condado.
En cuanto a éste de Vegas, llamado más comúnmente Palacio, sabemos como queda dicho, que fue construido a mediados del siglo XV.
Desde esta fecha hasta la destrucción casi total en 1521 ocurrieron en España muchas cosas.
Proclamada reina de Castilla la princesa Isabel y vencidos los partidarios de la Beltraneja en la batalla de Toro, se llega rápidamente a la unidad nacional con la conquista de Granada y poco después con la anexión de Navarra, completando la obra empezada por Pelayo en Covadonga, casi ocho siglos antes. En esta batalla de Toro. marzo de 1476, tomó parte activa el "caballero Oliveros", nombre con el que se alistó en el ejército la hermosa y heroína joven Juana García, más conocida por la "Dama de Arintero"
Pero el pueblo español, que tanta sangre derramó por su suelo para reconquistarlo, no hubiera podido vivir en paz si los Reyes Católicos no hubieran acometido la reforma interior frenando a la nobleza levantisca, ordenando el derribo de algunos castillos y prohibiendo levantar otros nuevos.
Muerta Dª. Isabel I y en virtud de su testamento es proclamada reina de Castilla la infeliz Dª. Juana la Loca, casada con el archiduque de Austria Felipe el Hermoso. En este breve reinado comenzó la invasión de los flamencos que empezaron a ocupar puestos en cargos directivos con gran disgusto de la nobleza fiel al rey Fernando de Aragón, que veían al de Castilla ocuparse más en diversiones que en el gobierno de la nación, a la que iba empobreciendo por el continuo envío de fondos a Flandes.
Muerto el archiduque Felipe, vuelve a encargarse de Castilla el rey Fernando, que reúne bajo su autoridad a todo el territorio nacional.
Pero el fermento flamenco que había sido importado por el archiduque, siguió creciendo durante la regencia de Cisneros.
Por otra parte, a la provisión de cargos públicos en extranjeros se unía el envío a Flandes de grandes sumas de dinero con gran quebranto de la economía nacional, tan debilitada ya por las continuas y largas guerras que había padecido.
Tanto disgusto causaron estos repetidos envíos de fondos para el joven rey, que en uno de los escritos que le enviaron al Regente y las Cortes de Castilla le decían que en los pocos meses que llevaba sentado en el trono había gastado más dinero que los Reyes Católicos, sus abuelos, en los 40 años de reinado.
Ya en España Carlos I, se acentuó más el disgusto entre los españoles, pues al aumento de la provisión de cargos en los extranjeros se unió la nueva petición de fondos para ir a coronarse emperador de Alemania.
Esta última y más importante petición que el rey hizo a las Cortes reunidas en Santiago y La Coruña, fue un nuevo motivo para que el disgusto se reflejara en una amplia organización popular, creándose milicias concejiles para la defensa de las leyes y de los derechos del pueblo; amplia insurrección que con distintos nombres se dejó sentir en casi todo el territorio nacional y que en la Historia se conoce con el nombre de la Guerra de las Comunidades.
Existían por aquellas fechas en León dos poderosas familias de la nobleza leonesa en torno a las cuales giraba la vida de la ciudad y gran parte de lo que hoy es nuestra provincia. Las mismas que presenciaron el paso por la ciudad del rey Carlos I en su viaje a Galicia para pedir nuevos fondos a las Cortes.
Estas familias eran la de los Guzmanes, cuyo máximo representante era D. Ramiro Núñez de Guzmán, señor del condado del Porma y de la villa de Toral, y la de los Quiñones representada por D. Francisco Fernández de Quiñones, conde de Luna 1.
D. Ramiro había nacido en León. Era hijo de D. Gonzalo y de Dª. María y estaba casado con Dª. María Juana de Quiñones, tía carnal del tercer conde de Luna. Había entre ambas familias lazos de parentesco, pero no políticos.
Al estallar la guerra de las Comunidades esas dos familias se fueron a la lucha, pero en campos contrarios. Los Guzmanes eran comuneros; los Quiñones eran realistas y estaban en minoría, pues el clero y el ayuntamiento apoyaban decididamente a los comuneros. Al ser derrotados éstos en Villalar D. Ramiro y sus cuatro hijos salvaron la vida huyendo a Portugal. El rey, al no poderle castigar personalmente, mandó arrasar todas sus propiedades, salvándose solamente la casa que tenía en León por oponerse la mayoría de sus vecinos, y el castillo de Toral defendido por su esposa.
Otros castillos o palacios, entre los que contamos el que tenía en Vegas del Condado, no pudieron salvarse de aquella destrucción.
El mismo rey, en documento firmado en Segovia el 11 de mayo de 1521, ordenó al licenciado Lerma se dirigiese a Toral, Vegas del Condado, Aviados y Valdoré y procediera en todas esas localidades a la destrucción y al secuestro de todos los bienes pertenecientes a D. Ramiro.
Muchas y muy extensas eran las propiedades de los Guzmanes hasta bien entrado el siglo XVI. Refiriéndonos solamente a las que tenían en lo que hoy es nuestra provincia, aparte de las de la capital, podemos contar las villas de Aviados, Toral, Cañizal, y Vegas, dominando también en extensos territorios de los ríos Esla, Porma y Curueño. Se sabe también que el ocho de mayo de 1503 cedieron a D. Diego Flórez de Salamanca las casas, huertas, praderas y tierras que tenían en Moral del Condado, que antes habían sido de una vecina del lugar llamada Isabel, ya difunta, nombrándole además durante toda su vida secretario y escribano público del Condado del Porma y de los valles del Curueño y Boñar y además de todas sus merindades y señoríos.
De esta destrucción sólo pudo salvarse, como queda dicho, el castillo de Toral, pues la esposa de D. Ramiro, además del apellido Quiñones que tenía, defendió la fortaleza con valentía diciendo que era de ella.
También hubo resistencia en el de Vegas del Condado, como lo atestigua una carta que desde dicha villa y con fecha 15 de junio de 1521 dirigió el licenciado Lerma al Corregidor de León solicitando auxilio ante la resistencia que oponían los partidarios de D. Ramiro, que al fin tuvieron que ceder y presenciar el espectáculo del derribo de gran parte de sus muros y techumbre, convirtiendo a esa mansión señorial en un montón de escombros.
No tardó mucho tiempo en volver D. Ramiro al amparo de un perdón concedido por el monarca, pero la destrucción y el secuestro de sus bienes ya se había realizado.
Los nuevos propietarios del inmueble no quisieron que desapareciera totalmente y cubrieron con tejas la parte de los muros que quedaba en pié, como único remedio a la destrucción lenta que el tiempo lleva consigo.
Así llegamos al año 1848. El famoso palacio no era más que un solar con algunos trozos de pared cubiertos por tejas.
En ese año, su propietario era D. Bernardino Fernández de Velasco, conde de Luna. Este señor se lo dio a censo enfitéutico a D. Rafael Loranzana, vecino y escribano de la villa de Vegas del Condado con la obligación de construir en él una casa, tener reparadas a su costa las paneras y pagar un censo anual de veinte reales de vellón. El valor de los suelos del Palacio se tasaron en seis mil reales. Entre otras condiciones del contrato figuran la de devolver a su anterior dueño el castillo por falta de pago del censo; la de avisarle con dos meses de anticipación por si quisiera usar del derecho de tanteo en todas las transmisiones de dominio, cuando no sean por herencia; el pago del dos por ciento de laudemio al señor del directo dominio cuando éste no haga uso del derecho de tanteo sobre los seis mil reales en que fueron valorados los suelos y otras de menor importancia.
Así, en el estado en que lo dejó D. Rafael Lorenzana, lo hemos encontrado nosotros en la primera mitad de nuestro siglo.
Pero esa escritura, otorgada el 31 de octubre de 1848 en León ante D. José López Castrillón, escribano de número de la ciudad, no fue la única ni en cuanto a los señores del dominio directo ni en cuanto a los enfitéuticos obligados a pagar el censo. En el año 1899, siendo alcalde de Vegas del Condado D. Felipe González Aláez, y siendo administrador del conde de Superhunda y de Peñaranda, sucesor de los bienes y derechos que tenía el conde de Luna en Vegas del Condado, D. Amancio Saldaña Juárez, se firmó la escritura de cesión del castillo o palacio al ayuntamiento de Vegas del Condado, que desde aquella fecha quedó obligado a pagar las treinta pesetas anuales que por censo venía pagando D. Rafael Lorenzana.
Años más tarde, en 1926, D. Máximo Bustamante Aláez, en representación de D Enrique Podadera Benítez, albacea de D. Alberto Manso de Velasco y Chaves, Conde de Superhunda, y ante el notario de La Vecilla, D. Javier Álvarez Ossorio, vendió el foro o censo a D. Miguel Diez Gutiérrez Canseco y a D. Florentino Rodríguez Balbuena. Dos años más tarde, en 1928, siendo alcalde D Bonifacio Diez Viejo, el ayuntamiento adquirió dicho foro o censo en la cantidad de 666 pesetas que fueron pagadas el seis de marzo. Quedaba por tanto el Palacio de propiedad del ayuntamiento y el foro redimido.
A su antiguo dueño sólo le quedaban las paneras donde se encerraba el grano de las rentas del conde Por último, el administrador de esas rentas cedió las paneras al vecino de Vegas D. Antonio Verduras Ordás y este señor las vendió al ayuntamiento.
Pero la historia no acaba aquí. Habrá que esperar algunos años más y seguir su vida paso a paso hasta verlo desaparecer. Hay momentos en la vida de las cosas que no pueden olvidarse. Ni tampoco su muerte, por lo mucho que enseñan.

En relación con esta clase de impuestos, y como algo extraordinario, podemos señalar el foro llamado "Pan del cuarto" establecido por los condes de Luna en una extensa zona de la montaña de Murias de Paredes, por el que había que pagar a dichos señores la cuarta parte del grano que recogían.
Este foro señorial, esta carga tributaria impuesta sin un pacto entre las partes, fue abolido en todo el territorio nacional durante la Segunda República.




CAPITULO V

EL DERRIBO DEL PALACIO

Los dos nidos.- La escombra
No cabe la menor duda de que el Ayuntamiento, al adquirir ese Palacio, lo hizo para alojar en él a las fuerzas de la guardia civil evitando el pago de rentas por alquileres.
Para ello hubo de hacer obras de adaptación en las dos plantas, quedando la baja con dos viviendas y la llamada sala de armas. Las cinco viviendas restantes en la planta alta.
Pero el frecuente cambio de guardias y el continuo deterioro del viejo caserón obligaban a consignar una buena partida en el presupuesto municipal para reparaciones y arreglos, aunque sólo fuera para sostener los pabellones en medianas condiciones de habitabilidad.
En aquellos tiempos el Ayuntamiento no disponía de fondos suficientes para acometer obras de elevado coste. Los repartos del "consumo" solían hacerlo las Juntas Vecinales para cada pueblo con arreglo al cupo que se le enviaba desde el Ayuntamiento. La resistencia a todo aumento era tremenda por la escasez de dinero en el contribuyente y porque los miembros de dichas juntas no podrían participar con tanta amplitud en los beneficios que suponían anexos al cargo que representaban. Y así iban pasando los años y con ellos los gastos de conservación del famoso palacio iban aumentando.
Sin saber cuál sería la mejor solución del problema, se habló mucho de él en todos los pueblos del municipio. Incluso se pensó en derribar el edificio y construir un cuartel nuevo. Pero esta solución no era posible por el momento, pues el Ayuntamiento no tenía derecho alguno sobre las paneras y sí el deber de tenerlas en buen estado y a su costa. También la Comisión Provincial de Monumentos quiso poner, aunque débiles, algunos reparos al derribo.
Por todas estas cosas, pero sobre todo por la escasez de fondos, se abandonó la idea de construcción nueva y continuar la marcha por el sistema de "ir tirando", y en espera de tiempos mejores, que nadie sabía cuándo iban a llegar.
No tardó en venir el día en que estuvo a punto de ocurrir una desgracia irreparable.
En una de las habitaciones del pabellón que ocupaba el comandante del puesto había una cama. La habitación tenía techo raso y encima del techo, que algún día debió de estar protegido con gruesas tablas de roble, había un montón de piedras sobrantes, tal vez de la reconstrucción de los muros. No debió de calcularse bien el peso de ese montón de piedra ni la resistencia del techo cuando fueron arrancadas, quizá para la lumbre de algún hogar, las tablas que lo protegían. Y llegó el día en que el techo cedió. Unos cien kilogramos de piedras de grueso tamaño cayeron en el lecho de un niño, que por fortuna no se encontraba en él en aquel instante.
A partir de ese momento nadie se encontraba seguro. La alarma iba creciendo y hubo que evacuar los pabellones. El castillo, que tanta fama dio a la villa que miraba con orgullo los restos de sus torres centenarias, se declaró en ruina. Los números de la guardia civil, que eran sus inquilinos, tuvieron que alojarse en casas particulares.
El problema que el Ayuntamiento no se atrevió a resolver en su día, se presentaba ahora con carácter de urgencia. La fuerza pública no podía estar alojada de esa manera por tiempo indefinido. Se corría el riesgo de suprimir el puesto y había que evitarlo. Corrían además rumores de que el Ayuntamiento de Santa Colomba de Curueño intentaba llevárselo para Barrio de Nuestra Señora. No cabía más espera. Había que acometer el problema y resolverlo de una vez para siempre.
El Ayuntamiento, en una sesión un tanto borrascosa, examinó el asunto desde el punto de vista económico. En aquella memorable sesión hubo dos tendencias: los que querían construir el cuartel en el solar que ocupaba el Palacio y los que querían comprar una finca a las afueras para construirlo en ella.
Cualquiera de las dos soluciones suponía un importante desembolso inicial. Si se aceptaba la primera había que comprar las paneras; si se aceptaba la segunda había que comprar la finca. La corporación municipal se decidió por la primera y el Ayuntamiento compró las paneras a D Antonio Verduras, que en aquellos momentos era su propietario.
Con esta compra quedaba la totalidad del Palacio y de sus suelos en poder del Ayuntamiento. Se había dado un paso importante, pero no el definitivo. El Ayuntamiento estudió con todo detalle lo que suponía construir el cuartel por su cuenta y ser el propietario del edificio. Tenía a la vista el presupuesto de las obras y el importe de la contrata de otros cuarteles similares que se acababan de construir o se estaban construyendo en otras localidades. Había que acudir a un crédito a largo plazo, pero éste no se pudo conseguir ya que las entidades de quienes se solicitó responsabilizaban a los firmantes con sus bienes porque el Ayuntamiento carecía de ellos.
Descartado este procedimiento, un nuevo estudio llevó a la solución definitiva. El Ayuntamiento cedería el solar y entregaría un tanto por ciento no muy elevado del importe total de las obras. En esas condiciones se firmó la escritura de cesión en León ante el notario señor Villalobos.
Poco tiempo después comenzó el derribo del Palacio, en cuyo solar se levantó primero la casa cuartel de la guardia civil y algo más tarde las nuevas escuelas con viviendas para los maestros.

Los dos nidos
Uno de esos nidos era centenario. Sus primeros materiales debieron colocarse sobre la más alta almena del torreón, medio derribado, allá por los tiempos del emperador Carlos.
Desde entonces, todos los años por San Blas, se instalaba una pareja de zancudas en el viejo nido, reformándolo a su manera con nuevos materiales sobre los que se erguía en actitud vigilante hasta llegar, si era necesario, a la lucha con otras parejas que quisieran disputarle la posesión de su elevada vivienda.
Aquel año también se vio a la cigüeña posarse sobre su antigua casa, pero sin crotorar y sin intentar reformarla, como solía hacerlo. Parece que presentía lo que iba a ocurrir, lo que ocurrió.
Grupos de gentes curiosas esperaban la fecha para presenciar desde lugar seguro la caída de los viejos muros.
Dos eran los puntos que se consideraban más espectaculares en el derribo: el torreón del nido de la cigüeña, que era el más alto del edificio, y el del ángulo opuesto, que era el más fuerte y mejor conservado.
Le tocó el turno primero al de la cigüeña. Aquellos sillares, firmemente asentados en ángulo de 120 grados, que pudieron sobrevivir a la primera destrucción del Palacio después del desastre de Villalar, cayeron en desorden sobre la Fuente del Moro, que dejó por eso de manar, regalando con abundancia el líquido elemento a los futuros inquilinos de las nuevas viviendas. Sobre las piedras revueltas, esparcidas por el suelo y como queriéndolas dar inútil cobijo, el milenario nido de la cigüeña extendía sus viejos materiales como queriendo ocultar la vergüenza de la destrucción de un palacio por donde la villa se asomaba a los mejores tiempos de su historia.
Pero la cigüeña no se quedó sin nido. Como gran previsora había comenzado a construir otro en la torre de la iglesia.
Aquel año trabajó mucho la cigüeña. Pero allí, en la torre, vivió y crió a sus hijos. Y desde su nueva casa presenció horrorizada la caída de su antigua morada. En fin de cuentas la cigüeña no se quedó sin nido y sus hijos dispusieron de un campo de aviación más extenso para ensayar los primeros vuelos.
No ocurrió igual con el otro nido. Los acontecimientos le hicieron imposible.
Ya había sido demolido casi todo el Palacio. Faltaba el torreón más fuerte, más sólido, de muros más gruesos. Algo que parecía inexpugnable.
Ese bloque-le habían dicho al encargado de dinamitarlo- no lo derribarás de una sola vez.
-Caerá con la primera carga- contestó.
En el pueblo había gran expectación. Todos esperaban el día, la hora incierta en que iba a ser derribado. Verían la explosión mayor que jamás habían presenciado. Miles de toneladas de piedras caerían para no levantarse jamás. Había casas de vivienda a menos de veinte metros y miedo a que se produjesen daños en las mismas.
Y llegó el nueve de marzo de 1959. Los vecinos de las casas próximas, conscientes de lo que pudiera ocurrir, se refugiaron en lugares seguros. Nadie se atrevía a mirar de cerca el gran espectáculo de la explosión. Tenía la fuerte torre casi a ras de suelo un agujero circular, especie de gatera, que algún día se cerró por el interior dejando un pequeño espacio vacío que comunicaba con la calle. Y allí, en aquel hueco, ajustada a los fines que se perseguían, se colocó la carga explosiva. Los que presenciaron ese momento se escondieron detrás de las esquinas de las calles que dan a la plaza para asomarse luego y contemplar la caída de aquella mole de piedra. Más lejos, en la calle llamada de La Era, cuyo eje no está en línea recta con el lugar de la explosión, se encuentra la casa de Dª. Cristina Gago. Desde las puertas grandes de esa casa, situada a unos cincuenta metros de distancia, podía presenciarse la caída del torreón en la creencia de que allí no habría peligro. Un numeroso grupo de personas de distinto sexo y edad esperaban el ansiado momento, mientras el encargado de colocar la dinamita seguía sus manipulaciones técnicas. No se tocaron las campanas ni hubo aviso de peligro. Una mujer cruzaba la plaza con su ganado cuando la mecha se iba a encender. Los curiosos observadores se retiraron a lugar seguro. Sólo el grupo que se hallaba a las puertas de Dª. Cristina permaneció a la vista, confiado en que nada pasaría,
En ese grupo estaba Nana, que vivía en La Molinera, el barrio más apartado, más distante del lugar de la explosión. Allí estaba con toda su juventud, su vellosidad innata, su ternura en el mirar y su pose encantador.
Y el momento llegó. El público, impaciente por ver caer la enorme mole, apenas esperó un segundo para asomarse. Y en ese brevísimo espacio de tiempo vio cómo volaban piedras de gran tamaño por encima de los tejados, yendo a caer a más de cien metros de distancia. Otra, después de chocar contra los muros de las casas próximas, volvían de rebote hasta tocar los pies de los observadores, retrasándoles el momento de asomarse. Una piedra de unos cien kilogramos cruzó la ancha plaza dando saltos hasta que la detuvo, con peligro de abrir hueco, la casa de enfrente. El público escondido creyó que había pasado el peligro y se asomó a la plaza. Todavía pudo ver cómo se derrumbaba el viejo torreón y cómo se había salido con la suya el encargado de derribarlo.
No habían encontrado reposo las últimas piedras removidas por la explosión cuando, de entre el grupo que observaba desde la puerta de Dª. Cristina, salían gritos de dolor. Una piedra de unos diez kilogramos, esquinada por albañiles del siglo XV, había llegado hasta allí. Y allí estaba Nana para recibir el mortal mensaje. Santo Tomás, una y nada más.
Nada se pudo hacer por la vida de la joven, cuya muerte llenó de pena al vecindario.
El dolor de la tragedia se extendió rápidamente a los pueblos próximos, donde había alguien que esperaba el día no lejano de formar con la hermosa joven un nuevo nido.
Esta fue la historia de los dos nidos: el que se destruyó después de varios siglos de existencia y el que no pudo formarse jamás.

La escombra
Derribados los muros de la antigua fortaleza se presentó el problema de retirar los escombros. Las Juntas Vecinales, de acuerdo con el Ayuntamiento y de manera gratuita y voluntaria, se turnaban en el envío de carros agrícolas con personal suficiente para trasladar los materiales del derribo a otros lugares, dejando limpio el suelo en pocos días, pero reservando la piedra de sillería que picapedreros profesionales habían de preparar para ser colocada en los cimientos de la nueva Casa-Cuartel.




CAPITULO VI

FERIAS Y MERCADOS

Contaban las personas que vivieron muchos años del siglo pasado que en la Pradera se celebraba un mercado semanal. Se trataba principalmente de productos agrícolas y de algún ejemplar de ganado lanar, cabrío o de cerda.
Este mercado semanal, que nunca debió tener gran importancia, fue a menos al mejorar las comunicaciones y con ellas los medios de transporte. Los labradores no necesitaban llevar muestras de sus productos al mercado. Para mayor comodidad se los compraban en su propio domicilio.
Al aumentar los regadíos las cosechas aumentaron considerablemente, en especial la de la alubia que, después de mejorar los precios que tuvo durante las dos primeras décadas de nuestro siglo, llegó casi a estabilizarse en los años 20 al precio de 50 céntimos el kilogramo o a diez duros el saco de 100 kilos; precio que se consideraba satisfactorio para los cosecheros que disponían de sobrante para la venta.
Los compradores de cantidades importantes solían tener en el pueblo encargados a comisión a quienes abonaban 25 céntimos por saco envasado.
El mercado semanal había desaparecido ya.
El transporte de esta mercancía se hacía en carros agrícolas, casi siempre hasta la estación de León. El viaje, cuando el comprador reunía cantidad para cargar uno o más vagones, lo hacían en grupos y en dos jornadas. En la primera llegaban al pueblo de Valdelafuente, donde pernoctaban. En la segunda, después de entregar la mercancía en la estación y cobrarla, regresaban a casa por el atajo de la Sobarriba, con alguna precaución al pasar de noche al lado de la iglesia de Villalboñe, paso peligroso frecuentado por gentes de mal vivir.
Es de suponer que los familiares de esos carreteros estarían impacientes a su regreso para palpar y mirar, aunque sólo fuese por unos momentos, aquel puñado de billetes, producto de sus sudores durante un año entero. Y digo que sólo por unos momentos porque había muchos esperando por ellos: el vinatero, el tendero, el zapatero, el carpintero, el albañil, el sastre, el médico, el cura, el herrero, el recaudador, el barbero, el obrero, el practicante, el guarda, el prestamista, etc. que, al considerar agotadas las especies con las que solían cobrar la iguala, harían muy pronto acto de presencia para acabar con aquel hermoso depósito; breve felicidad de una familia.
Así estaba montada la vida económica de numerosas familias en el primer cuarto de nuestro siglo.
Al estallar la guerra civil y producirse ese colapso económico, inevitable en contiendas de este tipo, con sus cupos obligatorios, con su racionamiento, surgió el estraperlo como medida compensatoria para el productor, que se vio obligado a entregar el calculado sobrante de trigo a precio de tasa.
La escasez de artículos de primera necesidad favorecía las ventas clandestinas en medio de una anarquía en los precios, que duró algún tiempo, prorrogado al máximo por los especuladores de un tráfico ilegal.
¿Por qué hoy, con el disparo de los precios en los productos agrícolas y ganaderos, se abandona el campo?. Porque entonces fueron precisamente esos precios altos los que animaron a la población campesina a producir más. No se veía una sola parcela sin trabajar y hasta le quitaron superficie al monte, que destinaron a cereales o viñedo, hoy abandonados.
Debido a esa abundancia y para mayor comodidad de los agricultores el Servicio Nacional del Trigo abrió una panera en Vegas del Condado que llegó a recoger más de sesenta vagones en una solo cosecha, pertenecientes, casi en su totalidad a los municipios de Vegas del Condado y Santa Colomba de Curueño.
Hoy la panera está cerrada y las fincas que producían ese precioso cereal se dedican a otros productos o están abandonadas
Pero no sólo fueron los cereales; allá por los años cincuenta los que intentaban batir cada cosecha su propio record. Había otra producción; la ganadera que corría pareja con la agrícola.
Por aquellas fechas el Ayuntamiento, en detallado estudio, llegó a la conclusión de que Vegas del Condado era el centro de una zona ganadera que estaba por descubrir y cuyo mejor exponente sería la celebración de una feria mensual de toda clase de ganados. Así se evitarían los largos desplazamientos para la venta del sobrante a los mercados más próximos, que eran Boñar, Mansilla de las Mulas o León.
Realizadas las gestiones oportunas y previa aprobación por la autoridad competente se fijó para la misma el último viernes de cada mes; teniendo la primera el 25 de enero de 1946.
La propaganda que de esta feria se hizo por medio de la prensa y en programas de mano, con premios en el ganado vacuno para el mejor ejemplar, para el ganadero que presentase mayor número de reses y para el que comprase más ejemplares, junto al entusiasmo manifestado por los ganaderos de la comarca, hicieron que la amplia plaza y parte de las ocho calles que en ella concurren se llenasen de ganado de todas clases. Fue al mismo tiempo mercado y exposición. Un acontecimiento extraordinario del que se esperaba un prometedor futuro.
Antes de la primera feria se había instalado una báscula a pie de plaza en una caseta adosada a la parte sur del Palacio, para que no faltase ese detalle tan importante y necesario en una feria de ganado.
Pero el futuro no fue el que en un principio se esperaba.
El Ayuntamiento quiso que nadie tomara como pretexto el pequeño impuesto que había establecido, y que algunos ganaderos trataban de burlar, y entonces lo suprimió.
Lo que no se pudo evitar fue que los tratantes de la feria moderaran sus ganancias, si no querían acabar con ella.
Y ocurrió que al segundo año sólo tenían alguna importancia las ferias de octubre a febrero. Los ganaderos vendían sus reses a los tratantes en cualquier día del año y en los propios establos; sobre todo las crías de vacuno, por el peligro que suponía retenerlas hasta el día de la feria.
Y llegó a suceder lo que en otras plazas de mayor solera ferial. Cada año, cada mes se iba a menos. Y la feria murió. De ella sólo quedó un testigo: la báscula. Doce años después tuvo que ser trasladada a un lugar que el Ayuntamiento la dedicó para su reposo detrás de su casa, donde puede estar padeciendo de desempleo y quizá llorando por haber servido para tan poco.
Hoy el ganado viaja en camiones con más comodidad, con más rapidez y con menos pérdida de peso.
La facilidad que dan esos medios de transporte ha suprimido, al correr de los años, muchos de los pequeños centros de contratación para aumentar el censo de los que ya lo tenían bastante crecidito.




CAPITULO VII

COMUNICACIONES

Hasta finales del siglo XIX sólo se conocían en esta zona los caminos llamados de ruedas y los de herradura. Había también la Vía Pecuaria, reservada como es natural para los integrantes de la Mesta.
Ya casi al término de dicho siglo se dio a conocer la gran noticia. Se trataba de un proyecto de carretera que a partir de Puente Villarente llegase por lo menos hasta Boñar.
La noticia se extendió rápidamente por toda la ribera derecha del Porma, afectada por este nuevo camino; pero se recibió con ciertas reservas. ¿Pasaría por los pueblos y por los pagos mejores de sus tierras que serían ocupadas, expropiadas?. ¿Sería trazada por terrenos de poco valor, sin obstáculos importantes y alejada de los pueblos?. No vamos a detenernos ahora en el examen de lo que todos conocemos como un hecho consumado.
Esta importante vía provincial fue obra de varios años, de tramos desiguales en su longitud y de presupuestos distintos. El trozo comprendido entre Villanueva del Condado y Barrio de Nuestra Señora se empezó en el año 1889 y se terminó en 1895.
Todavía existe en Vegas del Condado el horno donde se cocía el pan para los obreros que trabajaban en la carretera y en el puente sobre el río Curueño.
Los viajes a la capital de la provincia, antes de construir ese camino y aún cuarenta años después, se hacían en caballería por el camino llamado "Camino de León", que pasaba al lado de la ermita de Villasfrías y se dirigía al pueblo de Represa por el paraje denominado La Jana. Ese viejo camino que tantas veces paseó el rey de León Alfonso XI para cazar en las "manchas" de Vegas del Condado invitado por los señores de Toral puede decirse que ha desaparecido. Se cree que el rey y su séquito elegirían ese camino y no el de la vía pecuaria porque acortaba la distancia en más de diez kilómetros. Este camino por la Sobarriba se lo han "engullido" los dueños de las fincas colindantes, como ha ocurrido también con algunos terrenos de la vía pecuaria. Los modernos medios de transporte han contribuido a su abandono, por innecesario. Hoy el amado "Camino de León" no es más que un recuerdo
Otra de las vías que se abrieron en los años cincuenta es la carretera que parte del kilómetro 13 de la provincial en término de San Cipriano del Condado, cruza el pueblo de Represa y se interna en el municipio de Valdefresno pasando por Villalboñe, Villacil, Valdefresno y Corbillos, uniéndose a la general en el alto del Portillo
En abril de 1955 se preguntó al ayuntamiento de Vegas del Condado si estaba dispuesto a pagar los gastos que pudieran corresponderle. Se estudió la propuesta y, teniendo en cuenta la mejora que suponía esa carretera para los pueblos de Represa y Villamayor, se contestó que sí; pero se añadió que la vía que más convenía al municipio por razón de distancia a la capital de la provincia era la del antiguo "Camino de León", por lo que esta nueva carretera debería tener un ramal, que a partir de Villalboñe enlazase con la de Villaobispo pasando por el pueblo de Villavente. Se hizo esa petición aunque se suponía que no iba a ser atendida, como así ocurrió.
El camino vecinal que una la villa de Vegas con la carretera provincial de Puente Villarente a Boñar en su kilómetro 16, era en el primer cuarto de nuestro siglo un camino agrícola mal cuidado. Se utilizaba principalmente en verano y otoño debido a que en uno de sus extremos se encontraban casi todas las eras del pueblo.
El estar cruzado este camino por varias conducciones de agua para el riego y el desagüe, ocho en total, hacía difícil el paso para los peatones por falta de alcantarillado o pasadizos.
Para terminar con aquel estado de cosas, y teniendo en cuenta que por la carretera provincial ya empezaban a circular los automóviles, un presidente de la Junta Vecinal acometió la obra de transformar aquel viejo camino mal cuidado en el actual camino vecinal por donde pueden circular sin peligro toda clase de vehículos, incluso los de gran tonelaje
Las primeras gestiones quedaron reflejadas en un acta de la Junta Vecinal que lleva fecha de 20 de mayo de 1928.
Vino después el proyecto redactado, como es natural, por personal técnico del que se hizo un detallado estudio. Este proyecto presentaba grandes dificultades para su realización dada la situación económica de la Junta Vecinal, nada boyante por cierto. Además, y aún dando al camino la mínima anchura permitida y sin suprimir curvas, habría necesidad de ocupar parte de unas fincas que la Junta tendría que pagar.
A la resistencia que oponían los dueños de las fincas que tenían que ceder algunos metros de las mismas, se sumaba la de algunos vecinos con poca visión de futuro mostrando su disgusto ante el temor de tener que hacer unas aportaciones en metálico para un camino que usarían por igual propios y extraños.
No obstante lo expuesto, el acuerdo en firme se tomó en el año 1933, y dos años más tarde, en 1935, el camino ya era una realidad.
El importe de las obras se fijó en 23.557'07 pts. La aportación obligatoria que correspondía a la Junta Administrativa fue de 12.593'80 pts..
La Junta tuvo que pedir un anticipo reintegrable que fue pagado en las anualidades y condiciones que se estipularon, aunque con algún retraso, debido a la guerra civil que padecimos.

Otra carretera en cuyo trazado intervino el Ayuntamiento de Vegas del Condado para que no fuese desviada más de su propio término, fue la llamada de León a Santander, paralizada en las proximidades de Barrio de Nuestra Señora en donde enlaza con la provincial de Puente Villarente a Boñar. El proyecto de
vía lo hizo, como es natural, Obras Públicas; pero una vez empezadas las obras se intentó variar su trazado llevándola a través de uno nuevo por otros caminos para hacerla pasar por una extensa finca, aguas arriba del Porma. En apoyo de esta pretensión se cree que se recogieron firmas de autoridades de varios ayuntamientos y hasta se supone que de algunos que no tenían relación de límites con ella.
Alertado el ayuntamiento de Vegas, hizo lo que pudo para que no se variase el proyecto primero alejándola más de su capital.
Pare evitar ese desvío el ayuntamiento en junio de 1946 se dirigió a Obras Públicas solicitando una variación de esa gran vía para acercarla más a la capital del municipio. Ya en término de Santa María bajaría por el valle de Castro y pasaría entre este pueblo y Vegas, necesitando sólo un puente sobre el Porma y no dos, Porma y Curueño, como en la otra variante se necesitaban. En apoyo de esta petición también se recogieron firmas de ayuntamientos y pueblos afectados. El resultado fue el que se esperaba: desestimar ambas peticiones de variante y confirmar como definitivo el primitivo proyecto. Después de todo, eso era lo que se pretendía.
Parece que con esta carretera se intentó algo parecido a lo que ocurrió con la provincial. Esta vía provincial, pasado el kilómetro 16, se dirigía al pueblo de Cerezales cruzando el Porma pocos metros más arriba de su confluencia con el Curueño.
Ya se habían realizado importantes trabajos de explanación y de firme en término de dicho pueblo cuando llegó la orden de un nuevo trazado, que es el que tiene.

Otra mejora que se introdujo recientemente en 1963, es el teléfono. Fallaron los primeros intentos ante la falta de colaboración de los pueblos por donde tenía que pasar la línea, pero sobre todo por el precio del cobre cuya adquisición, dentro de una relativa escasez reinante, no era difícil. Pero se suponía que había que pagarlo a precios que no podían figurar en factura, y esto no le iba bien a una contabilidad clara y limpia. Por eso se abandonó la idea en espera de tiempos mejores, que afortunadamente llegaron.

Otra mejora muy importante para la comunicación de los pueblos con su capital se intentó el mismo año del derribo del Palacio. Los materiales de ese derribo, en gran parte, fueron colocados al lado del camino que a partir de la plaza se dirige hacia Villanueva. No sabemos si hubo proyecto previo por quien debía hacerlo. Creemos que no y sólo con la buena voluntad de un alcalde no se puede realizar una obra de esa importancia.
La nueva vía suponía trabajo, expropiaciones y dinero; tres fuerzas poderosas contra las que había que luchar.
No tardó en verse el resultado: los montones de piedra que habían reposado algunos meses a la vera del camino para vestirle en su día con traje nuevo, hubo que levantarlos y llevarlos a lugares donde no constituyeran un estorbo.




CAPITULO VIII

FIESTAS LOCALES

No sabemos por qué no se celebra con la solemnidad que se merece la fiesta de San Esteban, patrono de la parroquia.
El día que sigue a la Navidad es como un domingo cualquiera. Más que una prolongación de esta fiesta, con asistencia a misa, es como un residuo de ella, con ropa dominguera y con terminación de manjares que habían sido preparados en abundancia para el día anterior.
Suponemos que debido a que los días por esas fechas son los más pequeños del año, el clima es húmedo y frío y se carece de locales adecuados para las diversiones públicas.
La fiesta principal del pueblo es el Corpus, cuando los quehaceres de su población, agrícola en mayoría, son muchos y apremiantes.
Son dos los días festivos: Corpus y Corpines, que así llaman al segundo día de fiesta. En el primero tiene lugar la misa solemne y procesión del Santísimo bajo palio hasta un improvisado y sencillo altar con algunas flores instalado a un lado de la plaza. Hace ya algunos años se barrían y se enramaban las calles y había música y cohetes. Hoy los cohetes no se emplean y las calles no se enraman.
La circunstancia de celebrarse también la misma fiesta en el vecino pueblo de Cerezales, resta público a ambas localidades.

El Corpus es el jueves en el que la Iglesia celebra la fiesta de la Eucaristía en todo el orbe católico. Esta fiesta viene del siglo XIII y fue instituida por el Papa Urbano IV.
Se cuenta que en el año 1264 un sacerdote alemán se dirigía a Roma para visitar los sepulcros de San Pedro y San Pablo. El sacerdote se detuvo en la localidad de Bolsena, cerca de Orvieto, para celebrar la santa misa. Al llegar a la consagración el sacerdote se quedó como sorprendido, ensimismado, perplejo. Algunos fieles se acercaron a él para preguntarle si le ocurría algo y vieron estupefactos que los corporales sobre los que descansaba la Sagrada Hostia estaban empapados en sangre.
El sacerdote manifestó que durante la consagración había tenido dudas sobre la presencia real y que el Señor se las había disipado haciendo brotar aquella sangre.
Urbano IV, que estaba en Orvieto, mandó llevar a su palacio aquel lienzo y en recuerdo del prodigio estableció la fiesta del Corpus. Mandó también levantar un templo donde dos días al año, Pascua y Corpus, se presentan a la veneración de los fieles los corporales milagrosos.

Si la fiesta del Corpus es como la fiesta patronal, que viene celebrándose desde tiempo inmemorial, la de Santiago es de reciente creación.
Según costumbre, días antes del Corpus, los miembros de la Junta Administrativa suelen recorrer las calles del pueblo pidiendo en todas las casas para reunir fondos y atender a los gastos que origina la fiesta. Los donativos o limosnas se reciben en especie o en metálico. Los recibidos en especie los destina la Junta a limosna para los pobres; limosna que se les entrega el mismo día del Corpus a la salida de misa. Hace ya algunos años se les daba parte de ella en caliente. Grandes calderas de cobre que algunos vecinos tenían para la colada o para preparar el amasijo de las morcillas, atendidas por mujeres expertas en cocina, constituían el gran punto de mira de los numerosos asistentes al gratuito banquete. Los comensales, sin discriminación de edades ni de origen, ordenados en largas filas o dispuestos en corro, iban recibiendo la abundante ración de comida en caliente, que más tarde completaban con el reparto del sobrante. Era un espectáculo éste de la comida y reparto del sobrante, muy visitado por propios y extraños. Alguno se acercaba a probar en las mismas calderas aquella masa grasienta de legumbres, tocino y morcilla. Hoy la limosna se da en frío y el número de comensales ha descendido considerablemente. Casi podemos decir que no existen.
Pero ocurrió un año que los jóvenes hicieron una postulación con música y todo, a lo que vecindario no estaba acostumbrado. Cayó en gracia y se obtuvo buena recaudación. Se pagaron los gastos de la fiesta y hubo sobrante con el que se pensó celebrar otra fiesta. Después de dejar pasar algunos domingos se decidieron por el día de Santiago. Unos sencillos programas hechos a máquina se encargaron de concentrar a cientos de jóvenes de ambos sexos en Vegas
El número principal y casi el único de aquella primera fiesta fue el corro de aluches.
Los aluches eran el deporte preferido y casi el único en los treinta primeros años de nuestro siglo. Los niños, desde muy niños, se ejercitaban en esa lucha y los jóvenes la practicaban con frecuencia. Algunas veces se reunían las juventudes de pueblos vecinos, en pleno campo, para ensayar y competir en una fiesta próxima. Los más entendidos hacían de jueces seleccionando por edades, por tallas, por pesos, por éxitos obtenidos; corrigiendo posturas, tensiones, golpes, esfuerzos inútiles, etc.. Eran ensayos para establecer categorías en competiciones mayores encaminadas a conseguir ser el campeón de un pueblo o de una comarca. Y era de admirar cómo esos árbitros, que nunca tuvieron en sus manos un libro sobre anatomía, al mismo tiempo que iniciaban a los jóvenes luchadores en el vocabulario de ese deporte, les enseñaban a evitar distensiones y traumas; sobre todo en ensayos de esta clase.

La comisión organizadora de aquella primera fiesta había establecido un campeonato entre los ayuntamientos de Vegas del Condado, Santa Colomba de Curueño y Vegaquemada. Se había excluido a Valdefresno por el peligro de que terminase pronto la fiesta si se presentaba en el corro el campeonísimo Tino de Paradilla, a quien se le podría autorizar, si así lo deseaba, que luchara con el resultante campeón de los tres ayuntamientos citados.
Así empezó la fiesta de Santiago y desde entonces, hace más de 40 años, no se ha interrumpido.
Los primeros años tenía lugar en unas praderas al lado de la carretera provincial, exactamente al kilómetro 16. Allí acudían con su negocio los vendedores de bebidas. El vino, la cerveza y la gaseosa eran los más conocidos por aquellos años. No tardó mucho tiempo en ser abandonado aquel lugar. Comenzaban a moverse los intereses particulares y profesionales. Los dueños de las praderas protestaban por el daño producido en las mismas y los cantineros del pueblo, que solían aportar cuotas elevadas para la fiesta, veían vacíos sus establecimientos. Y la fiesta se fue al pueblo, a la plaza, donde viene celebrándose, pero sin aluches.

Por la fiesta del Corpus el corro de aluches tenía lugar en el Sotín, junto al río, antes de ser parcelado y repartido. Un año, al carecer de campo adecuado cerca del pueblo, se llevaron a la plaza unos carros de arena que se tendieron junto a la "chopa", pero no dio resultado y se abandonó el sistema.

Ya casi al finalizar los años veinte de nuestro siglo se dio en la plaza una corrida de toros. Se instaló una valla de trillos, tablas y carros agrícolas desde donde la gente presenció la corrida sin peligro. De los cuatro novillos presentados se lidiaron solamente dos. Por aquellas fechas no existía el pozo artesiano, que vemos hoy.

Más reciente es la fiesta de San Isidro, instituida por la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos. Se celebra el 15 de mayo. Lo más importante de ella, aparte de la misa, es la procesión con la imagen del santo hasta las afueras del pueblo, desde donde el sacerdote procede a la bendición del campo. Seguidamente y con buen orden se regresa al templo. La imagen suele llevar por adorno unas espigas de cereal en la mano.
Pero todas estas fiestas, que antes no se conocían sin un buen corro de aluches, hoy se celebran sin ellos. Todo se reduce a baile cuando hay música, a trabajar menos que otros días y a pasar más horas en el bar.




CAPITULO IX

EL RÍO PORMA

Nos cuenta el cura Pedro Alba en su "Historia de la montaña de Boñar", escrita en 1863, que según una antigua leyenda de la época romana hubo unos personajes de gran renombre en esta zona de nuestra provincia: Polma (Porma), joven de extraordinaria belleza, Curieno (Curueño) y Canioseco (Canseco).
También vivió por entonces una bruja o hechicera llamada Libia (Tolibia), que fue sepultada en el Pozo del Infierno, junto a Villalfeide, por sus muchas maldades. Pero dejando a un lado la leyenda, sigue diciendo D. Padro Alba, el nombre de Porma lo recibió de una ciudadela romana muy próxima a San Vicente del Condado, según se desprende de una escritura del monasterio de Eslonza.

El paso del río ha constituido en todo tiempo un problema que no ha podido resolverse plenamente, ni aún hoy, por el caudal regulado por el embalse de Vegamián
Tengamos en cuenta que a la izquierda del río existen varios kilómetros cuadrados de monte, donde una buena parte del mismo está hoy plantada de pinos, y en donde se alimentaban en otros tiempos cientos de ovejas y cabras atendidas por pastores profesionales y en algunas épocas del año numerosas reses de vacuno cuidadas por los propios dueños, y que de este monte bajaban leña para sus hogares o se les facultaba para hacerlo a todos los vecinos del pueblo mediante el pago de un pequeño canon que solían llamar "la licencia". Para el pago de esa licencia en el año 1925 la Junta Administrativa hizo el siguiente reparto: 0'40 pts. por vecino, 0'07 por cabeza de recrío, 0'06 por cabeza de cabrío, 0'04 por cabeza de lanar y 0'08 pts. para el retiro de los pastores. De este pago quedaban exentos únicamente el cura y los guardias civiles, que recibían la leña en su casa libre también de gastos de acarreo y corta.

Para estos aprovechamientos el río era un serio obstáculo porque en aguas altas no se podía cruzar ni en caballería y los pastores, cuyos apriscos distaban del pueblo menos de un kilómetro, tenían que hacer un largo rodeo por el puente de Cerezales con un recorrido de más de doce kilómetros entre ida y vuelta.

Al correr de los años veinte de nuestro siglo se mejoró el paso del río solamente para el personal; dos gruesos cables sujetos a postes de hierro situados en ambas orillas sostenían un cajón con ruedas que se deslizaba suavemente sobre ellos al tirar de otro cable delgado y flexible. Este sistema no necesitaba de guarda o encargado. El viajero podía mover el cajón a su gusto tirando del cable delgado y cruzar el río en todo tiempo sin pagar portazgo alguno.
Este sistema, aunque resultaba insuficiente y pausado, hubiera continuado por mucho tiempo a no ser por una gran riada que cambió el lecho del río haciendo inoperable el paso con el cajón. Se pensó entonces en una barca. Uno de los cables tendido sobre el río y bien amarrado a gruesas piezas de roble con rodillo tensador, se instaló a unos cien metros aguas arriba donde la corriente era más suave. Y allí se llevó una barca. La barca no era de gran tamaño, pero cabían en ella varias personas y algunas cabezas de ganado lanar o cabrío.
Pero la barca no podía quedar sola, abandonada como estuvo el cajón toda su vida. Se necesita un barquero que la sirviese y la cuidara.
También esto constituyó un problema. ¿Quién pagaba al barquero?. La barca era necesaria sobre todo a los ganaderos por cuya iniciativa se instaló.
Ganaderos, labradores propietarios o arrendatarios de fincas al otro lado del río, forasteros, vecinos que no eran ni una cosa ni otra. ¿Cómo se calculaba al pago, por cuotas, o igualas sin saber las veces, por meses o por años que se iba a utilizar ese paso?.
Las preferencias, más tarde generalizadas, y el tipo fijado en metálico para cierta clase de personas que utilizaban pocas veces ese paso, no constituyó gran aliciente para solicitar el cargo de barquero por el poco rendimiento que daba. Únicamente, cuando no se encontraba trabajo más remunerado o cuando no se valía para otra cosa, se solicitaba ese cargo.

Dos fueron los barqueros que merece la pena citar: Tomás, alias Whisky, de poca responsabilidad en el cargo, y Justo, que cumplió bastante bien. Tomás se juntó con una mujer llamada Sofía y eran poco exigentes en el trabajo, en la alimentación y en el descanso. Tomás había conocido como grumete algunos puertos del Atlántico. Él era gallego y ella asturiana. Se casaron en Vegas, pero a Sofía se la bautizó antes bajo condición, pues las noticias que se tenían sobre este asunto eran algo confusas. Algún tiempo después abandonaron esta localidad para hacerse cargo de la barca de Secos de Porma, donde terminaron sus días. Pero, pasados unos años, la barca de Vegas empezó a dar agua. También los ganaderos iban a menos. Cuando los tallares jóvenes no se respetaban, las cabras terminaban con ellos y había que condenarlas al matadero. Con la merma de ese ganado, con el abandono de algunas tierras de labor y con la subida del sueldo a los pastores, que además querían comer a su cuenta y no por corrida en casa de los ganaderos, parece que se perdió algún interés por el ganado lanar, que era lo único que quedaba.
Algunos ganaderos dejaron de ir a "ajotar" y el pastor, cuando volvía con el ganado al aprisco, no podía llevar con orden el dar a cada madre su hijo.

El paso de personas, por diversas causas, también fue disminuyendo y el oficio de barquero abandonado. La barca quedó sola y con agua en su interior que nadie se cuidaba de sacar, y así terminó su vida. Todavía no habíamos llegado a los años 50.




CAPÍTULO X

LAS VILLASFRÍAS

Punto y aparte merece la ermita llamada Las Villasfrías.
Esta ermita, cuyo origen lo suponen algunos en el siglo XIV o en el XV era el único templo que según la tradición tenía el pequeño pueblo Villafrín o Villafría, situado en torno a ella y también al caserío de San Salvador, algo más al sur.
No hemos podido comprobar si son o no son ciertos estos datos que la tradición ha hecho llegar hasta nosotros, pues no conocemos más fechas con relación a la ermita que las que figuran en las dedicatorias de los numerosos exvotos que exornan el interior de sus muros, sin que ninguna de ellas alcance los mencionados siglos; aunque algunas no pueden leerse porque el tiempo y el descuido las han borrado.
Al despoblase la localidad de Villafrín por traslado de sus moradores a Vegas y a Villanueva, la ermita pasó a ser por igual de ambos pueblos y sus tierras próximas quedaron mixtas de las dos localidades. Y ocurrió entonces, sigue diciendo la tradición, que cada pueblo quiso tener su virgen, llevando otra imagen al único altar que tiene el templo. De ahí viene el nombre de Vírgenes de Villafría o simplemente Las Villasfrías, nombre que incluye a imágenes y templo, que son por igual de ambos pueblos. En ese acuerdo de tener dos imágenes de la misma virgen en la ermita, podemos ver quizás los primeros síntomas de unos deseos de noble y hasta superada emulación entre ambas localidades, cosa que se ha venido observando a través de los años en algunos actos religiosos o profanos cuando su organización es exclusiva de una de las partes. Existe armonía y franca colaboración cuando se trata de trabajos de arreglos, de convenios, de gastos en común; pero no suele ocurrir igual cuando los actos a realizar son exclusivos de uno de los dos pueblo. Entonces se pone el mayor empeño en la mejora, en ser más, con lo que los fieles y el público en general salen ganando.

Hasta bien entrado nuestro siglo la ermita se encontraba en terrenos que habían sido mixtos durante mucho tiempo. Al dividir esos terrenos la ermita quedó en término de Villanueva. Aunque no existe signo alguno que divida el templo, parece como si una recta imaginaria separara ambas mitades, colocándose los fieles de Vegas frente a su imagen, en la mitad norte y los de Villanueva en la mitad sur, frente a la suya. Y así viene sucediendo desde tiempo inmemorial. El terreno mixto con Villanueva se dividió el 31 de enero de 1934.

Este viejo templo, no obstante la devoción que las gentes de estas tierras tienen a sus imágenes y el interés mostrado a veces por ambos pueblos para que la fiesta y el santuario se conserven y mejoren, ha venido padeciendo en algunas épocas de su historia de cierto deterioro al que los mayordomos no han querido o no han podido corregir a su debido tiempo, poniendo en peligro la existencia misma de la ermita y de su única fiesta anual.

El 12 de mayo de 1861, reconstruido el templo, una comisión de ambos pueblos toma el acuerdo "para siempre" de no realizar trabajos serviles y mecánicos el segundo día de rogativas de mayo, en honor de la santísima virgen, por los grandes y extraordinarios beneficios recibidos de ella y mientras las imágenes subsistan en dicho templo. En el año 1833 el concejo de Vegas toma el acuerdo, firmado también por el "fiel de fechos", de castigar con dos reales a los vecinos que falten a las letanías el segundo día de las mismas.

En el año 1857 el párroco de Vegas D. Pedro González escribió al obispo dándole cuenta del estado ruinoso de la ermita, y que los mayordomos retenían cantidades que no entregaban. El obispo autorizó al párroco para recaudar fondos y al arcipreste del partido para que bendijese el templo, si lo creía necesario, una vez concluidos los trabajos. Al año siguiente se rindieron las cuentas de las obras realizadas que, juntamente con algunos objetos comprados para el templo, importaron 804 reales.

Las imágenes de la virgen con el niño eran unas tallas de madera de menos de un metro de altura y algo desiguales en el grueso, con policromía algo deteriorada. De antiguo venía la devoción de las gentes y el interés por la conservación del templo.

En el año 1934 la vecina de Vegas del Condado, Dª. María Fernández, regaló al templo dos nuevas imágenes de la virgen, de mayor tamaño que las viejas, instalándolas en sitio preferente del altar. Son una producción de la imaginería moderna, muy bonitas; pero las gentes parece que rezaban más a las viejas tallas. Por eso recibieron con pena la noticia de su desaparición del templo. Fueron robadas.
Unos días antes había tenido lugar otro robo. En la casa de Dª. María Fernández, y al lado del monumental escudo que todavía existe encima de la puerta de entrada, había una pequeña piedra con inscripciones, al parecer, de alguna importancia heráldica. Una noche fue arrancada de su sitio. La piedra apareció y se cree que está en el museo arqueológico provincial; las imágenes no.

Las Villasfrías es el único santuario que existe en varios kilómetros a lo largo de la margen derecha del río Porma. Solamente un día al año tiene lugar la fiesta religiosa y profana a un tiempo. Hay en esta fiesta extraordinaria concurrencia de público, en especial de jóvenes.
Cada año corresponde su organización a uno de los dos pueblos. El martes antes de la Ascensión, día central de las rogativas, es cuando tiene lugar la gran solemnidad. A la hora convenida el día anterior por ambos pueblos, salen las procesiones de sus respectivos templos parroquiales con la cruz alzada, faroles encendidos, estandartes de asociaciones religiosas, música y pendón, sin que falten los cohetes. Y todo con gran orden en el recorrido del largo camino. Si una llega antes espera a la otra en la explanada que hay frente al templo. Una vez juntas se saludan con una pequeña inclinación de las insignias religiosas, permaneciendo enhiestas las del pueblo a quien corresponde la organización ese año. Resulta muy vistoso el saludo de los pendones que en aquel momento suelen llevar los jóvenes más forzudos del lugar, que lo apoyan en su cinto y lo sujetan con una sola mano, si el viento no lo impide. Antes de entrar en la ermita suelen dar una vuelta alrededor del templo.

Momentos antes de empezarla misa, las jóvenes del pueblo a quien corresponde la organización de la fiesta, cantaban y ofrecían un ramo de flores a las vírgenes. También la misa era cantada por un coro de voces del mismo pueblo. Algunos años ha habido sermón.
Para los gastos religiosos originados con tal motivo hay establecida una costumbre que consiste en nombrar a un vecino, en la que alternan ambos pueblos, para que pida en todas las casas del lugar y presida después la mesa petitoria instalada en el interior del templo el día de la fiesta. Ambos nombramientos se llevan rigurosamente en cada pueblo entre los vecinos casados, que residan en la localidad y por orden de fecha de sus primeras nupcias.

La organización de los actos y la costumbre seguida durante muchos años ha sufrido cambios importantes.
Antes, en el primer cuarto de nuestro siglo, el mayordomo o el presidente de cada pueblo, terminada la misa, convidaba dentro de la sacristía a las autoridades asistentes y a alguna persona distinguida entre los forasteros, como delicada atención a su asistencia a los actos religiosos. El resto del vecindario, varones, colocados en los portales del templo, cada pueblo en el suyo, consumían una buena ración de escabeche, pan y vino que pagaba su junta administrativa. En el capítulo de gastos consignados por la junta administrativa de Vegas en el año 1899, con motivo de la fiesta que comentamos, figuran las siguientes partidas: por dos cántaros de vino, 9'50 pts. por derechos de insignias 2'25, por letanías 9 pts.

Terminado el convite se regresaba al templo parroquial del pueblo en procesión ordenada. Hoy ya no se da ese convite y los vecinos y demás fieles asistentes regresan a sus casas en algún desorden. Algunos años, cuando el tiempo lo permitía, grupos de personas no regresaban a casa hasta que terminaba la fiesta de la tarde. Llevaban merienda, casi siempre a base de trucha preparada en casa de la Ponza, o escabeche o bonito de la Melánea y vino abundante, que consumían sentados en la pradera mientras daba comienzo la fiesta profana, que solía tener dos números solamente: baile de dulzaina y tambor y corro de aluches.
También esta costumbre de llevar merienda se ha perdido.
La fiesta profana tiene lugar por la tarde después del rezo del santo rosario; y es en esta fiesta donde mejor se veían los deseos de superación de ambos pueblos. Ninguno quería ser menos de lo que había sido el otro el año anterior. Era ya tradicional el deseo de ser más, de superarse, aunque para ello supusiera el aumento de gastos
El siguiente ejemplo puede dar una idea exacta de la anterior afirmación. Un año, creo que fue en el 1924, los jóvenes de Vegas organizaron los festejos más importantes que jamás se habían visto en ese día. El entusiasmo juvenil consiguió la ayuda valiosa, desinteresada y eficaz de los vecinos, gracias a la cual se pudieron cumplir todos los números del programa, cosa nueva esto del programa ya que nunca se había programado fiesta alguna con tal motivo. Hubo cucañas, carreras de cintas a caballo y en bicicleta, carreras de sacos y un gran mayo, que era un gran chopo mondado y enjabonado en su tercio superior para entorpecer los intentos de los trepadores que deseaban llegar hasta una bandera situada en lo más alto, con este letrero: Vale 20 pts.
Para todos los números del programa había premios, incluso para la pareja que mejor bailase la jota y desde luego para el campeón del corro de aluches, que se tenía como el número más importante de la fiesta.
El principio de estos festejos, que comenzaron por la tarde, se anunció con numerosos globos grotescos, que al ser empujados por un ligero viento del norte cruzaban a buena altura la pradera de la ermita, perdiéndose en el espacio y constituyendo para muchas gentes un espectáculo nunca visto.
El número del programa que adquirió mayor relieve fue el corro de aluches. Jamás se había visto en Las Villasfrías un corro tan numeroso, ni con tantos atletas, ni que durase tanto tiempo. No existía por entonces ninguna federación de esta clase de lucha, ni categorías, ni comisiones oficiales que presidieran el corro. Este lo organizaban y dirigían dos o tres personas del pueblo con alguna forastera, y sus órdenes se cumplían sin protestar. Algunas veces se formaban dos bandos: ribera contra montaña o valle de un río contra valle de otro. Pero el año a que nos referimos no hubo bandos; hubo sí una selección de luchadores hecha por los representantes de cada pueblo o de cada agrupación de pueblos que iban enviando al corro de lucha al joven que juzgasen podía competir mejor y derribar al que había quedado dueño del corro. La lucha, en esta clase de competiciones, solía comenzar por los más jóvenes, casi niños en edad escolar, a los que seguían gradualmente los mayores hasta llegar a las parejas de más fama.
Aquel año el corro de aluches duró mucho tiempo. Ya había cesado la música de dulzaina y tamboril porque había anochecido pero el corro, alumbrado por los faros de dos automóviles, raros todavía por aquellos tiempos, seguía actuando con el mayor entusiasmo. Había que esperar; las gentes deseosas de presenciar la lucha de los mejores, iba cerrando el corro que Agapìtón procuraba ensanchar blandiendo un puñado de ortigas de las de verdad.
Los tenderos, situados en los bordes de la pradera de la fiesta, se apresuraban a recoger en sus carruajes el sobrante de sus mercancías y haciendo cálculos a una año vista de los ingresos futuros con la experiencia de un año más.
Corros estos de Las Villasfrías donde se iba a ganar honores más que dinero. Donde Tino el de Paradilla iba a lucir su maestría y donde Campús el de Villanueva mostraba su juego limpio y su elegancia en la lucha.
La lucha aquel año fue un éxito de organización: podemos decir que fue la más importante y atractiva de todas las celebradas en el presente siglo.
La reacción del pueblo de Villanueva no se hizo esperar y al año siguiente contrató nada menos que a la banda completa del Regimiento de Infantería Burgos 36, de guarnición en León, banda muy vistosa pero que no satisfizo al público joven, que por entonces entendía más de bailar la jota con dulzaina y tamboril que de interpretar un vals o un paso doble, aunque lo tocaran la música completa de un regimiento. Y las gentes quemaron la tarde paseando y mirando el brillo de los instrumentos musicales que ofrecían bellas melodías desconocidas para la mayoría del público.

Desde entonces la fiesta ha venido a menos; sólo en dos ocasiones hubo algo saliente: el día de la inauguración de las nuevas imágenes y en de la concentración de niños y maestros con autoridades municipales y locales y gran número de vecinos de todo el municipio en acción de gracias por haberse terminado la guerra civil.
Por lo demás la fiesta ha perdido interés. Ahora hay otro público con otros gustos que quiere otras diversiones, que tiene una ermita más descuidada, sin que las vírgenes viejas hayan vuelto para corregir tanto abandono.

EL REZO DE LAS CIEN AVEMARÍAS.
Es una de las devociones más antiguas que se conocen y que se sigue practicando en al actualidad. Tiene lugar el día 25 de marzo de todos los años.
Gran número de mujeres, hoy en merma por el continuo descenso de la población en estos pueblos, se acerca a la ermita para practicar ese rezo. Es una devoción y una penitencia extraordinaria; pues el arrodillarse y ponerse de pie cien veces en un corto espacio de tiempo y en suelo desigual, se producen molestias en algunos músculos, doloridos durante algunos días. Esta devoción se practica en el exterior del templo al que van rodeando durante el rezo. El grupo de devotas lo dirige una mujer que empieza recitando esta invocación:

Anima mía,
por ti sufrió mi Dios muerte y pasión,
por el Valle de Josefat pasarás,
al enemigo encontrarás
y le dirás:
apártate de mí, Satanás,
que en mí no tienes parte
ni la tendrás,
que el día de la Virgen María
cien avemarías recé,
cien veces me santigüé
en el nombre del padre, del Hijo, y del Espíritu Santo
Amén.

Seguidamente comienza el rezo. En cada avemaría las devotas se santiguan, se arrodillan y se ponen de pie. Cuando se han rezado las diez primeras, se considera terminado el primer misterio y se pasa al segundo con la invocación del primero y así se continúa hasta terminar los diez misterios que completan las cien avemarías.

No conocemos para estas vírgenes más advocación que la de Villasfrías y aunque alguna vez se las ha sacado en procesión para implorar la lluvia, no es corriente que los pueblos peregrinen al santuario para pedir favores el cielo contra una calamidad pública o para que les perdonen sus muchos pecados. Ha sido la devoción particular la que ha expresado su agradecimiento por medio de los numerosos exvotos colgados de los muros del templo.
No obstante alguna vez se acudió a la ermita pidiendo agua para el campo, y sobre este asunto vamos a referirnos solamente a dos casos ocurridos en este mismo siglo XX.
El primero fue protagonizado conjuntamente por los dos pueblos propietarios de la ermita. Cada uno llevó a su virgen al templo parroquial donde tuvo lugar la novena con asistencia en masa del vecindario. Hoy la gente no se acuerda si la lluvia llegó a tiempo y en la cantidad que se quería; se acuerda más bien del incidente ocurrido dentro de la ermita al empezar los actos. Una señora de Vegas había regalado al templo una mesa que es la que vienen utilizando los mayordomos de ambos pueblos como mesa petitoria el día de la fiesta. Pero aquel año hacían falta dos mesas y no había más que una regalada por la Srª. Cristeta y en ella no podían colocar más que unas andas con la imagen correspondiente. ¿Y la otra?. Se armó la marimorena, oyéndose palabras muy fuertes en uno y otro bando, hasta que uno de los sacerdotes intervino llamando a las jóvenes a la cordura y evitando que el lamentable incidente terminase en unos tirones de moño.
Los actos siguieron después con toda normalidad y orden dentro de cada templo parroquial.
Durante la novena, muy concurrida, se entonaron cánticos a la virgen pidiendo el remedio contra la sequía, que amenazaba con la pérdida de los frutos de la tierra. He aquí una de sus más bellas estrofas:

Ya que sois nuestra madre en el campo
mírales qué marchitos están;
tiende, Madre, sobre ellos tu manto
y haz que empiece la lluvia a brotar.

En otra ocasión la sequía no afectaba tanto a la vega del Porma, que se iba defendiendo con el riego, como a los campos de secano próximos al río, que veían amenazadas sus cosechas si no llegaban pronto las lluvias, y para implorar los auxilios del cielo los niños de Cañizal, ensayados y dirigidos por su maestro llegaron a la ermita entonando cánticos de alabanza a la virgen pidiendo seguidamente la lluvia para sus tierras sedientas. Parece que todavía resuena en nuestros oídos el canto y la letra de los cuatro últimos versos del estribillo:

María, ten piedad
y el agua beneficiosa
envíanos, piadosa
que hay mucha sequedad.

Pronto surgió el comentario poco respetuoso y un tanto irónico. El agua no llegó, pero las vírgenes no tuvieron la culpa. El quid del asunto estuvo en que no dijeron a qué virgen se la pedían y una por mor de la otra no se la mandaron, como decía la gente.

EL ALTAR DE LA ERMITA
Hemos dicho que la ermita fue reconstruida en el bienio 1857-58, habiéndose comprado también algunos objetos para el templo. Todavía se aprecian hoy los restos de un cimiento unido al muro de su fachada principal por la parte norte.
Veinte años antes de esa fecha, en 1837, por la Ley Mendizábal, quedaron exclaustrados en toda España unos 36.000 frailes, siendo destruidos por la piqueta revolucionaria numerosos objetos de gran valor religioso y artístico.
En el año 1859 se solicitó del señor Obispo para la iglesia de Vegas un altar procedente de los religiosos exclaustrados de San Francisco, de León; altar que se encontraba por entonces en la parroquia de Renueva de la capital y que fue enviado a Vegas juntamente con la imagen de San Francisco, pero que al colocarlo en el templo parroquial resultó pequeño.
La ermita acababa de ser reconstruida y estaba pobre en ornamentos religiosos por hallarse inservibles o muy deteriorados los que poseía, entre ellos su pequeño altar. Con tal motivo se instaló en la ermita el altar que habían enviado para la iglesia de Vegas y, con objeto de evitar discordias que pudieran surgir entre los dos pueblos, con fecha 20 de noviembre de 1859 se hizo constar en acta, en la que entre otras firmas figuran las de los párrocos de Vegas y Villanueva D. Jerónimo Corral y D Julián González así como la del mayordomo D. Rafael Lorenzana.
Por aquellos años, y hasta un siglo más acá, se decían muchas misas en la ermita. Las gentes lo conocían por el sonido de la campana de su iglesia y siempre acudían algunas personas. Era en cierto modo un sacrificio el recorrer a pie un largo camino mal cuidado, empleando gran parte de la mañana en el viaje de ida y vuelta; era la fe, era la devoción heredada de los padres y todavía más de los abuelos. Hoy el camino parece más largo, con más polvo y la hierba con más rocío. La ermita se ve, cada año que pasa, más sola y en su fiesta principal, según una atrevida afirmación, ya no van ni los pendones.
Esta gratuita afirmación que se dejó oír en 1977 viene a expresar el dolor, la pena que les produce hoy a los hombres de edad avanzada, a los viejos, al ver las procesiones más importantes sin el ondear de las bandas coloreadas de los pendones. El pendón es para ellos el adelantado que completa la bella estampa al viejo estilo de una procesión bien organizada.
Cuando en los pueblos había más juventud se tenía por un gran honor llevar desplegada a todo viento esa hermosa insignia sin más compensación que exhibir una fuerza, una resistencia, ante un público entre el que podía encontrarse la joven que cruzase su mirada con la del portador del gran estandarte. Hoy en estos pueblos queda poca juventud y el pendón, cuando es de gran tamaño, no está para que lo lleven personas de avanzada edad. Quizá por esa razón en el año 1976 el regreso desde la ermita al templo parroquial lo hizo en un carro. Y en el templo lo hemos visto tendido en el suelo sin que nadie le vista su guardapolvos, aunque sólo fuera para ocultar la desordenada envoltura de sus bandas descoloridas, deterioradas y evitar ser hollado en un descuido por quien tal vez, en un día no lejano, lo llevara apoyado en su cinto o tirase del cordón para vencer la resistencia del viento entre sus bandas desplegadas. Este pendón que ya ha vuelto a salir del templo, se compró el 4 de mayo de 1929 y costó en total 680 pts.

Afortunadamente, y con gran contento de los numerosos amantes de esta fiesta, reparado en parte el viejo templo, parece que se ha iniciado un cambio de fecha, bien estudiado, para su celebración. Se ha elegido el segundo sábado de mayo.
Aquellos acuerdos de 1833 y 1861 que ya habían perdido vigencia, parece que se van a olvidar definitivamente. La juventud, que es la gran promotora de esta clase de festejos, ya no tendrá problemas para hacer un difícil puente de principio de semana en tiempos de trabajo y estudio, como es el mes de mayo. La fecha elegida parece que ha gustado mucho. Ahora lo importante es que el entusiasmo no se pierda, que se estabilice y que si es posible que siga avanzando. Dar marcha atrás sería ir olvidando una de las más hermosas tradiciones de nuestros pueblos.




CAPÍTULO XI

CAZA Y PESCA

España ha tenido fama de ser país donde abunda la caza.
En opinión de algunos etimologistas la palabra España significa tierra de conejos. Y es bien sabido que los romanos representaron a a nuestra nación con la figura de una matrona con un conejo a su lado.
Si de aquellos lejanos tiempos venimos al siglo XIV de nuestra era nos encontramos con que la zona de Vegas del Condado, donde tenían extensas posesiones los marqueses de Toral, fue escenario de grandes cetrerías en las que tomaron parte, al lado del vencedor del Salado, lo más selecto de la nobleza leonesa.
Estaba por entonces muy lejos el frente de lucha y aunque los moros ya usaban artillería, sus disparos no podían inquietar a nadie a tamaña distancia.
Aprovechando esta paz tan alejada del campo de batalla, Alfonso XI gustaba de organizar jornadas de caza por las que sentía gran placer, sobre todo por las monterías. Y solía recibir con agrado las invitaciones que con tal motivo le hacía la nobleza.
Una de estas jornadas cinegéticas, que duró varios días, tuvo lugar en las "manchas" de Vegas del Condado y en el Monte del Rey, que quizá fuera el llamado "Ruy yermo", hoy Valderrodezno. A ella acudió Alfonso XI con gran séquito de damas y caballeros invitados por D Pedro Núñez de Guzmán. Y aquí, en una de esas manchas o cotos es fama que estuvo a punto de ocurrir un lance de honor, que el mismo rey supo cortar a tiempo, provocado por el astuto moro Mulhacín, halconero de los marqueses de Toral, a quien León le ha dedicado la calle que antes llamábamos Travesía de Santa Cruz.
Otro salto de seis siglos y nos ponemos en el XX.
La abundancia de licencias de caza y, todavía más la de escopetas, siempre estuvieron en razón inversa a la abundancia de caza. Un año o dos sin cazar significa abundancia para el siguiente, como ocurrió en 1936 y 1937. A partir de 1940 la caza empezó a escasear en la zona. Entre las causas que han motivado esa escasez podemos señalar las siguientes:

1º.-La aparición de la mixomatosis
2º.-La cava de las madrigueras durante las grandes nevadas
3º.-El posible empleo del hurón
4º.-La "espera" en tiempo de veda y aún fuera de esta
5º.-La caza nocturna en automóvil a la luz de sus faros
6º.-La abundancia de licencias
7º. Los incendios forestales
8º.-La mezcla de cultivos en los pagos que impiden la libertad de movimientos delcazador de aves migratorias.
9º.-El abandono de fincas de labor donde antes crecían los cereales que alimentabana numerosos ejemplares de esa sabrosa gallinácea llamada perdiz
10º.-La falta de zonas acotadas, únicas que podrían suprimir o por lo menos moderar el descenso de los niveles ecológicos de las especies cinegéticas.

Por eso escasea la caza menor en esta zona. Y los cazadores parece que se van dando cuenta que sin reservas, sin cotos, cada año que pasa cobrarán menos piezas.
En cuanto a la caza mayor tampoco abunda, aunque alguna vez se ha conseguido algún ejemplar de jabalí. Como caso extraordinario puedo citar una montería que tuvo lugar en una finca de D Emilio Ferreras Campos, lindante con el término del monte de esta villa de Vegas, finca denominada El Membrillar. En esa montería, realizada en el año 1967, se cobraron cinco hermosos ejemplares de jabalí. Estuvo bien organizada y además con suerte.

Tampoco es de ahora la fama del río Porma como río truchero.
Son muchos los kilómetros de ríos trucheros que tenemos los leoneses. Coja usted un mapa de nuestra provincia; fije un brazo de un compás en un punto cualquiera al sur de Castrocalbón, alcance con el otro brazo a Villafranca del Bierzo, hágale girar hasta tocar los límites con otras provincias y cuente los ríos que han quedado dentro del sector. Todos esos ríos son trucheros; es decir que desde el Selmo y Cabrera hasta el Cea se capturan todos los años por los amantes de ese deporte hermosos y abundantes ejemplares. Y es León la ciudad española donde se celebra la Semana Internacional de la Trucha.
Pero volvamos a nuestro río.
Ya en el siglo X se hablaba de sus truchas. Eran los tiempos de la gran escasez de alimentos. La guerra para reconquistar nuestro suelo dejaba a los pueblos en la mayor miseria. La repoblación de nuestras aldeas y sobre todo de nuestras ciudades se encontraba con ese grave problema. Los reyes tenían que dictar leyes muy rigurosas para que la entrada de víveres en las ciudades no se viera mermada por los logreros y ladrones profesionales.
Con respecto a este difícil abastecimiento encontramos un interesante pasaje en un libro del Sr. Sánchez Albornoz titulado "Estampas de la vida en León hace mil años". Nos dice este ilustre autor que en tiempos de Ramiro III se pudo contemplar la siguiente escena en un lugar llamado "Puerta del Obispo": un desdichado que había sido desposeído previamente de casi todas sus ropas y ante la presencia de numeroso público, recibía de un sayón numerosos vergajazos por haber sido sorprendido desvalijando a unos pescadores del alfoz, que traían a León truchas del río Porma.
Ante la fama, al parecer bien ganada de las truchas de este río, cabe suponer que D Pedro Núñez de Guzmán, al invitar al rey de León Alfonso XI a una cacería de varias jornadas en sus posesiones de Vegas del Condado le obsequiara, juntamente con la nobleza de su séquito, con truchas y cordero del país, que eran los platos favoritos más importantes en el yantar de las mesas señoriales.
Por entonces y en siglos más acá se usaba y abusaba de esta clase de pescado, sobre todo en aguas bajas estivales, por lo que se llegó a temer la desaparición de la especie en algunas zonas del río más castigadas.
El problema se hizo más agudo cuando, ya en tiempos modernos, comienza el aprovechamiento de las aguas para el riego, dejando al río sin corriente durante muchos días de verano. La pesca se refugiaba en algunos pozos que contenían escasamente el agua necesaria para no morir. Allí se la perseguía con toda clase de aparejos. No era raro ver por las orillas del río en aguas bajísimas a personas provistas de un arpón, especie de un tenedor llamado "rejaque" para descubrir y dar muerte a la trucha que buscaba la sombra proyectada por unos yerbajos en el agua o el freso de una pequeña corriente para no morir de asfixia
No obstante y como por arte de encantamiento, al subir el nivel de las aguas salvando el obstáculo de las presas para el riego, el río se volvía a poblar alcanzando niveles parecidos todos los años.
El río, desde siempre, se le ha tenido por algo muy importante para el bienestar de los pueblos por el variado uso que se hace de sus aguas y por su riqueza piscícola
En cuanto a la pesca los pueblos vieron en el río durante muchos años un capítulo de ingresos que contribuían a sanear la escasez de recursos durante buena parte del año; por eso lo arrendaban
El arriendo del río en la localidad de Vegas del Condado se solía hacer por un año y el precio que tenía que pagar el arrendatario era de dos clases: en dinero y en especie. El dinero estaba sujeto a variaciones, pero lo pagado en especie rara vez admitía cambios pues conocemos el del año 1833 en el que figuraban una libra de cera, un cántaro de vino para el día de Villasfrías y cuatro libras de truchas para el cura el día del Corpus. Y estas mismas especies las vemos en el arriendo del año 1885, año en que empezó a pagarse el arriendo en pesetas. Pues antes eran el real y el maravedí las monedas en uso
A partir de 1885 las entregas en especie sufrieron cambios en más o en menos hasta ser suprimidas totalmente, pues según los datos que tenemos referidos al año 1898 el pecio del arriendo fue solamente de 25 pts. Y de 21'30 pesetas en el de 1899.
Pero veamos también la otra cara de la moneda. Al limitar el número de arrendatarios es natural que se produjeran serios disgustos entre los pescadores que veían apolillarse sus redes mientras otros las usaban a placer. Era la amistad, entre otras causas, la que entraba en juego en esta clase de concesiones. Y de ello tenemos sobrados ejemplos en los primeros cuarenta años de nuestro siglo
Afortunadamente este trato desigual ha terminado. Hoy no es el favor, es la ley la que ha colocado en un plano de igualdad a todos los pescadores
Refiriéndonos a nuestros tiempos, dos hechos importantes se han producido en orden a la riqueza piscícola de nuestro río: la regulación de la corriente durante el verano por el embalse de Vegamián y el establecimiento de zonas acotadas. Estos dos hechos, no obstante el aumento casi exagerado de pescadores, han aumentado en cantidad, en calidad y en peso los ejemplares capturados, como lo prueban con sus cañas las numerosas personas que se dedican a este bello deporte.
Además de la trucha otras especies de pescados menos importantes se han venido capturando en las aguas de este río. El barbo, que está en merma y ya no suele pescarse con caña ni con el farol por las noches y la boga, que sigue abundando y es muy fina. También escasean hasta poderlas considerar como desaparecidas la anguila, la carpa y la tenca
El cangrejo es otra riqueza que nos da el agua en esta zona.
En el primer tercio de nuestro siglo se capturaban grandes cantidades de este crustáceo usando para ello distintas artes, incluso a mano. Se destinaban casi en su totalidad para el consumo propio.
En la actualidad se ha extendido mucho el consumo de este pescado. Los traficantes de la capital lo buscan con avidez. Se paga a precio muy elevado, por lo que ha aumentado considerablemente el número de pescadores.
Hoy se quejan de que escasea mucho y lo atribuyen a las siguientes causas:
1º.- Las aguas frías procedentes del pantano de Vegamián
2º.- L abundancia de pescadores
3º.- En el poco reparo en el tamaño de las piezas capturadas
4º.- La monda de las conducciones de agua para el riego
Para que la riqueza piscícola de nuestros ríos no vaya a menos dispone ICONA
de una plantilla de más de 150 guardas.




CAPÍTULO XII

LA HIGIENE

El estado general de la población en cuanto a higiene se refiere ha venido siendo igual o muy parecido al de todos los pueblos agrícolas de la zona.
Si examinamos detenidamente el estado sanitario de los últimos años del pasado siglo y primeros del actual nos encontramos con unos avances tan faltos de vigor y en sectores tan pequeños que solamente se dejan notar a través de una sucesión de varios años; pues las mejoras que lentamente y de una manera particular iban apareciendo se las tomaba como un lujo, como un gusto caprichoso o como una ostentación de riqueza pocas veces bien vista.
Dos son los puntos a que me voy a referir en este ligero examen: el barro, la casa y el agua.

EL BARRO.- No sabemos cuándo empezó la costumbre pero sí sabemos cuando terminó. Consistía en limpiar el barro de las calles del pueblo una o dos veces al año, cuando más abunda ese material, que suele ser en otoño e invierno.
Pero no se crea que esta operación de limpiar el barro de las calles del pueblo se hacía como una medida sanitaria o higiénica; se hacía con el doble fin de facilitar la circulación de los peatones y, sobre todo, para utilizar ese material como abono o enmienda en las fincas agrícolas; cuando todavía los abonos inorgánicos eran poco conocidos y había falta de dinero para comprarlos. Era también el barro un sustancioso ingreso para la débil economía de la Junta Administrativa, que lo subastaba dándoselo, como es natural, al mejor postor.
El adjudicatario lo repartía entre un grupo de vecinos que, provistos de herramientas adecuadas, iban limpiando las calles y haciendo con ese material numerosos montones que, una vez perdida parte de su humedad, se numeraban y se sorteaban, llevándolos seguidamente a las fincas o depositándolos a la vera de un camino a la espera del momento oportuno para emplearlo.
Los ingresos que la Junta tenía por este concepto no eran fijos, dependían de la cantidad del material y de la necesidad de su empleo. En el año 1898 se vendió el barro de las calles y el de la Pradera (Plaza) en 9 pesetas. Ya en los años 40 llegó a valer más de 300 pts.
El barro, aparte del uso que le daban los adjudicatarios, servía, cuando estaba en montones por las calles y plaza para un juego infantil. Los niños, antes de entrar en clase, durante el recreo y después de salir de la escuela jugaban a los "montones". Desprovistos de las madreñas para mayor agilidad procuraban ganar uno de los montones colocándose encima y gritando: ¡aquí reino yo!. Otros niños procuraban derribarlo para colocarse ellos y lanzar el mismo grito; juego que solía durar unos momentos, los suficientes para que las zapatillas, los escarpines o las medias de lana entrasen húmedos a clase o llegasen mojados a casa. Si a esto añadimos la inclemencia del tiempo en esa época nos encontramos con la aparición de resfriados, catarros, gripe, bronquitis, ronquera y tos; mucha tos.
Hoy las calles tiene menos barro pero el vecino que no lo quiere ver junto a su puerta tiene que limpiarlo él.

LA CASA.-En algunas localidades de nuestra provincia lindantes con Galicia, la casa es la cocina. Estar en casa es estar en la cocina porque allí la cocina es la cocina y es comedor, es sala de espera y es recibidor, es salón de estar y es, en algunos casos, dormitorio
Aquí la casa tiene un concepto más amplio; es vivienda para personas y animales debidamente separados. Por esta razón en estas viviendas no suele faltar el gallinero, el conejar, la pocilga, el aprisco, la majada, la caballeriza, el apero y en muchos casos la perrera
La mujer campesina tiene sobradamente probada su condición de mujer trabajadora.
Ella es la encargada de la casa mientras el hombre gasta sus energías en el campo. Ella atiende con esmero y diligencia a la cocina, al lavado y planchado de la ropa, alguna de cuyas prendas ella confecciona, reforma y repara y atiende a la limpieza de la casa, a la crianza de los hijos y al cuidado de los animales domésticos. Cuando el campo necesita más brazos también acude a él con los suyos. Pero aún siendo como es no puede evitar que de su casa huyan totalmente los malos olores.
Más por la variedad que por la abundancia de animales domésticos había que dividir el espacio disponible en varios apartamentos, que llegaban a ocupar casi todo el solar. El corral o patio quedaba muy reducido. ¿Qué hacer con los abonos?. Eran muchos los que los amontonaban en los patios a la espera del tiempo adecuado para emplearlos. Si a esto añadimos que en la mayoría de las casas personas y animales entraban y salían por la misma puerta comprenderemos lo difícil que era tener la vivienda en buen estado de limpieza y por lo tanto de higiene.
Añadiremos más. En aquellos tiempos no muy lejanos de los nuestros se carecía totalmente de servicios higiénicos en las viviendas como hoy los entendemos. El establo, caballeriza o un rincón cualquiera del patio eran utilizados por los usuarios, principalmente por las noches cuando se carecía de luz pues el farol se encendía para otros menesteres. Problema importante, sobre todo para los enfermos.
Hizo falta que pasaran años, muchos años, para que los servicios higiénicos en la vivienda del labriego llegaran al estado en que hoy los encontramos y que todavía aspiran a una mayor perfección.

EL AGUA .-Insistimos en que el estado sanitario de todos los pueblos del Condado del Porma tenía mucho de parecido; alimentos, bebidas, viviendas, indumentaria y aseo personal eran casi idénticos, como lo eran también los numerosos muladares a la orilla de los caminos cuando no se disponía de mejor sitio para depositar el estiércol. Algo, no obstante, había distinto en cantidad y en calidad: el agua.
El agua potable nunca constituyó problema en Vegas. A lo largo de más de un kilómetro en lo que, quizás siglos atrás, fuera margen del río afloran numerosos manantiales en fincas particulares y en lugares públicos que nunca se secan, si bien en tiempo de riego aumentan su caudal
Algunos vecinos alejados de esta lista de manantiales decidieron hacer un pozo en sus viviendas. La corriente subterránea se encuentra a menos de cuatro metros de profundidad y siempre en la dirección noroeste-sudeste. El agua se empezó a extraer con caldero y soga. Más tarde se usaron la polea y la bomba aspirante. No se utilizó el cigüeñal
El pozo artesiano que existe en el centro de la plaza se inauguró durante la segunda república española. Tiene algo más de setenta metros de profundidad y su caudal se aproxima a los 14 litros por minuto a la temperatura de 15 grados centígrados.
El artesiano constituyó una mejora importante que muchos vecinos no quisieron ver y lo que es peor todavía, aprovechar. Es cierto que algunos dejaron de beber agua del pozo casero, que lo dedicaron para enfriar otras bebidas en tiempo de calor e incluso a la cría de cangrejos. Es también cierto que algunos llenaban el botijo de agua artesiana para ir al campo en tiempo de trabajo, pero sólo cuando era camino obligado pasar junto a ese pozo; y así llegamos a los años cuarenta.
Por entonces comenzaron a instalarse en algunas viviendas cuartos de baño, completándose los servicios higiénicos con la apertura de pozos negros. También por esas fechas llegó a la localidad un nuevo médico, joven, estudioso, trabajador, que estuvo hospedado en casa de un patrón.
Su labor en el amplio panorama de la sanidad municipal que él iba estudiando con todo detalle no tardó en empezar y aconsejaba con insistencia a los igualados, cuando iban a consultarle, que bebieran agua del pozo artesiano, pues la proliferación de pozos negros, cuando no estaban bien construidos, representaban un peligro para la salud por constituir un foco permanente de infecciones y había que evitar el peligro antes de tenerlo encima
Algunas personas siguieron su consejo pero otras, las más alejadas del centro del pueblo que es donde se encuentra el artesiano, le hicieron poco caso. Decían y argumentaban que con un peligro semejante les amenazaban con el agua de la fuente de la Vallina cuando se inauguró el nuevo cementerio en el camino de Castro. Sin embargo se ha seguido bebiendo agua de ella y algunas mujeres lavan allí la ropa en los días soleados de invierno, y en las primaveras y veranos se cortan para ensaladas cantidades de berros, crucífera que abunda en las aguas de dicho manantial, sin que se sepa que haya habido peligro alguno.
Pasó algún tiempo. El médico dejó la vivienda de su patrón para instalarse en una casa más céntrica, esquina a la plaza.
La nueva vivienda no era muy espaciosa pero estaba en buen sitio. Desde una de sus ventanas contemplaba el artesiano a unos veinte metros de distancia. Casi siempre lo veía solo, sin clientes. Suponemos lo que pensaría al contemplar tanta soledad.
-Qué poco caso me hacen!.!Cuánto hay que luchar contra la ignorancia y las malas costumbres!. Y en esos pensamientos seguía pero redoblando sus esfuerzos en orden a mejorar el estado sanitario de la amplia zona que tenía a su cargo.
Una mañana, al asomarse a una de las ventanas que dan a la plaza, vió con enorme sorpresa y con profunda emoción que los aguadores formaban cola. Suponemos que ante tan agradable espectáculo pensaría:
-Por fin se han convencido, además saben que desde aquí puedo vigilarlos-
Pero aquella afluencia de aguadores no podía obedecer a una incierta vigilancia. Algo insólito, algo inaudito había tenido que ocurrir para notarse tanto cambio.
La noticia corrió como un reguero de pólvora entre el vecindario, aunque llevaba el carácter de un secreto. La dieron unos versos algo desordenados de autor anónimo que empezaban y terminaban así:

El médico de Vegas del Condado
es un hombre feliz por el momento;
buenas notas en su larga carrera
buena plaza por su merecimiento;
guapa mujer que allá en los años treinta
dicen que fue elegida mis Palencia.
Padre rico que, aún siendo de Sisterna,
no suele verse nunca en la taberna;
criada pelirrubia y vividora
caballo pelirrojo y trotador
Y un buen pozo que, aunque cerrado ahora,
varias generaciones
se han surtido allí de agua en ocasiones,
Y para más encanto de la casa
un hermoso clavel
que bien pudo llamarse Rosa Bell.
Los clientes del médico de Vegas
tan contentos están de su galeno
que le pagan la iguala bien colmada
´ dan al caballo heno
a la mujer alubias
´ a su padre, patatas
´ y a la rubia que tiene de criada
alguna que otra hemina de cebada
para dar al caballo del señor
porque dicen que no hay pienso mejor.
Y el galeno, que es muy agradecido,
jamás echa esas cosas en olvido.

La consulta la da por la mañana
en casa que fue de Valeriana
y a la puerta de casa, que a diario
se acerca algún enfermo a visitarle,
dirige su mirada el boticario
pensando si tendrá que recetarle.
De aquí no suele irse sin receta,
pero algunos se van a otra farmacia
sin que al médico le haga mucha gracia
y el boticario ponga mala jeta.

En su casa, como antes queda dicho,
un pozo había abierto,
y en menos que lo cuento
quedó cerrado al público de hecho.
Lo taparon muy bien con unas tablas,
hicieron en el centro un agujero
y quedó convertido en cagadero

Enterada la gente
de lo ocurrido en casa Valeriana
ya no quiso beber agua de pozo
y la bebe artesiana

Aquellos tiempos ya están muy lejos de nosotros. Hoy ya dispone la villa de instalación para el agua corriente potable y de una red de alcantarillado para la recogida de aguas sucias. Este servicio comenzó a funcionar en 1976
Añadiremos más. Aparte del carácter anecdótico que puede atribuirse a este capítulo, quiero hacer constar que pasado el primer tercio de nuestro siglo los progresos en la higiene han experimentado avances considerables en todo en territorio nacional. Refiriéndonos a esta zona del Porma puede asegurarse que si a principios de nuestro siglo la mortalidad infantil se calculaba en un 24%, en el día de hoy no llega al 2 por ciento. Y en cuanto a la vida media , que en 1900 no llegaba los 50 años, se acerca hoy a los 70 en los hombres y un poco más en las mujeres.




CAPÍTULO XIII

LAS BODAS

Nuestra patria no tuvo historiadores propios durante la edad antigua; sin embargo la tradición que hemos recibido a través de la España visigoda nos dice que en la época tribal, en las tierras que fueron ocupadas por los celtas, las bodas solían tener lugar en los viernes en honor de la diosa del amor.
A partir del siglo VIII las bodas entre los árabes españoles solían celebrarse con fiestas que duraban una semana. Primero en casa de la novia, que recibía muchas felicitaciones y regalos consistentes casi siempre en dulces; después en casa del novio a donde acudía la novia con un gran séquito y una mujer para llevar el ajuar. Costumbre que en estas tierras de León no pudo tener un arraigo total por el poco tiempo que estuvieron dominadas por el Islam.
Lo que no cabe la menor duda es de que la boda, lo mismo antes que después de Pedro IV de Aragón, ha sido rodeada de unas ceremonias, de unas costumbres que se han sostenido durante siglos y que no son iguales para todos los pueblos que han querido conservarlas.
Hoy los novios se casan en cualquier día de la semana y en cualquier lugar, con pompa o sin ella, como boda de ricos o como boda de pobres y han desaparecido algunas costumbres que había en alguno de nuestros pueblos.
Una de estas costumbres era el pago de "derechos" a los mozos cuando el novio procedía de otro pueblo. Diremos que ser mozo de un pueblo es tener más de 16 años, pagar la entrada o ingreso y obedecer las órdenes del presidente de la mocedad. Ser mozo es poder ejercer en público el derecho de cortejar o el de andar de ronda en los oscureceres por las calles del lugar, de su propio lugar.
No ocurría así cuando el mozo era de otro pueblo; entonces se le vigilaba, y cuando se creyese oportuno se le invitaba a pagar el "piso", que eran unos derechos que la mocedad se atribuía tener y que no eran iguales para todos pues su cuantía estaba determinada por las cualidades de la moza , por su juventud, por su belleza y por su posición económica y social.
Para cobrar estos derechos, cuando había negativa por parte del mozo, se llegaba hasta la violencia, viéndose obligado a elegir entre dejar a la novia o pagar el piso para librase de la "manta" o paliza.
Cuando los novios eran del mismo pueblo también se les vigilaba, pero no se cobraba el piso: el novio solía invitarles a su casa el día de la lectura de la primera proclama
Y ocurría que alguna vez, casi siempre al oscurecer o por la noche, los padres o representantes del novio entraban en casa de la novia para pedirla y para hacer los "tratos". Si cenaban juntos se suponía que había habido acuerdo y al amanecer del primer día festivo en el que se habían de leer en la iglesia las amonestaciones, aparecían las calles con "rastro" de paja, especie de alfombra que empezaba en casa de los novios y terminaba en la iglesia. De este modo se lo hacían saber al público antes que el cura lo dijese desde el altar. El público lo celebraba más cuando el material del rastro procedía del pajar de uno de los futuros contrayentes.
Mientras llega el día de la boda se ultiman los preparativos para la misma. Ambas familias se ponen de acuerdo para los gastos y la futura vida de los nuevos esposos. Antiguamente, en familias bien acomodadas, se hacían donaciones a la novia consistentes en una finca rústica o en otros objetos de gran valor; pero lo más corriente era que el novio pagase las "vistas" o vestido de la novia y ésta la camisa con sus gemelos al novio, costumbre que todavía no ha desaparecido totalmente.
Los días anteriores a la boda la casa de la novia, que solía ser donde se celebraba el convite, recibía numerosos regalos consistentes en especies de la propia cosecha , principalmente huevos, que habían de adornar la mesa del banquete convertidos en roscas, bollos y crecidos mazapanes.
Esta costumbre de los regalos se practicaba también por familiares y hasta por personas que no habían asistido a la boda, pero que conservaban buena amistad cuando el joven matrimonio tenía un hijo. A la nueva madre le llevaban lo que llamaban la "visita", consistente en huevos y dulces caseros y en algunos casos una gallina para caldos.
Hasta bien entrado muestro siglo la mayoría de los novios se casaban en la parroquia de donde eran feligreses los familiares de la novia y en casa de ésta se daba el banquete que consistía en el almuerzo y cena de un día, o de dos días si las familias eran ricas y querían tener tornaboda.
El gasto principal solían pagarlo a medias las casas de los contrayentes, siendo los platos principales los elaborados a base de carne. Había abundancia de dulces y en cuanto a bebidas, era el vino el principal. No solían servirse platos de pescado por considerarlo alimento inferior y menos todavía entraban las verduras en el menú por ser éstas, juntamente con la cebolla, el plato que más abundaba en las comidas de las mesas pobres.
La pareja nupcial, con sus mejores galas, y después de la bendición en la casa paterna, se dirigía al templo en dos grupos integrados por compañeros, amigos y familiares e invitados a la boda. Durante el recorrido se entonaban cánticos de alabanza mezclados con estrofas que invitaban a reflexionar a los novios sobre la vida que iban a estrenar.
A la hora previamente convenida los jóvenes invitados se dirigen a casa del novio para acompañarle juntamente con el padrino y familiares hasta la casa de la novia. Al llegar a la puerta empiezan los cánticos

A esta casa bien barrida
acabada de regar
con licencia de los padres
la venimos a buscar.
Ponte, niña, la tu ropa
la que te dio el caballero
veremos si es larga o corta
para tan pulido cuerpo.
Qué bien te está el reguciño!
mejor te estará la basquiña
el sastre que la cortó
bien te tomó la medida.

Seguidamente y después de la bendición acostumbrada la comitiva en un solo grupo o en dos se ponen en marcha hacia la iglesia. Los cohetes corren a cargo de los mozos invitados. Cantan las mozas:

Despídete, niña hermosa,
de la casa de tus padres
que esta es la última vez
que de ella soltera sales.
Despídete del cerrojo,
de las puertas y el candado
y mira que quedan dentro
los padres que te han criado.
Esta calle está enramada
con hojas de perejil
la ha enramado el señor novio
cuando la vino a pedir.
Qué contenta va la novia,
porque el novio es un gran mozo;
quiere y no quiere ocultarlo
y saltando de gozo.
De muchas bodas que he visto
no recuerda mi memoria
de unos padrinos como estos
ni más elegante novia.
Toma, niña, este rosario
que está lleno de nobleza;
cógelo y vete rezando
hasta el portal de la iglesia.
Antes de que des el sí
mira lo que vas a hacer
que no hay carga más pesada
que la que vas a coger.
La madrina es una rosa,
el padrino es un clavel,
y la novia es un es un espejo
y el novio se mira en él.

Al hacer la entrada en el templo se oían cantares como éstos:

Prendidita vas ahora
como la zarza a la mora,
la de valor escogido
al lado de su marido.
Ya se deshojan las ramas
de las espesas paleras,
ya se despide la niña
de todos sus compañeras.

Al salir de la iglesia y en el recorrido hasta la casa de la novia no cesaban los cantares. Veamos algunos:

Míralos que humildes salen
por las puertas de la iglesia
cargados de bendiciones
que el señor cura les echa.
Deténgase en el portal
señora casada nueva,
a que salga el señor cura
a darle la enhorabuena.
Cuando estabas en la iglesia
dime, niña, a quién rezabas.
rezarías a la virgen
que te hiciera bien casada.
Cuando del altar volviste
cubierta de velo negro,
blanca flor me pareciste,
la mujer de un caballero.
Por un sí que dio la niña
a la puerta de la iglesia
por un sí que dio la niña,
entró libre y salió presa.
Buena fortuna tuviste
caballero en el rondar,
que otro la pidió primero
y no la quisieron dar.
Riéndose queda el agua
de la fuente cristalina
al ver la recién casada
al lado de la madrina.
Riéndose queda el agua
que corre por el reguero
al ver la bella casada
al lado del caballero.
Qué contenta está la novia
porque salió de doncella;
más contento estará el novio
porque se casó con ella.
De la buena rama
sale buen racimo,
de la buena gente
viene tu marido.
De la buena parra
sale buena rama
de la buena gente
viene tu madama.

También había cantares que eran como un consejo, como una recomendación a los recién casados para que, aunque constituyeran un nuevo hogar, no olvidasen a aquel donde se criaron, donde crecieron y se educaron en medio de un cariño paterno que nunca se acaba:

No porque te hayas casado
y vayas con tu marido
has de olvidar a tus padres
porque siempre te han querido.
No porque te hayas casado
y vayas con tu mujer
has de olvidar a tus padres
que siempre te quieren bien.

En algunos casos, ante la puerta de la novia los mozos pedían al padrino una propina que ellos llamaban derechos. El padrino solía corresponder con largueza después de oír este cantar:

Deténganse los señores
al final de este camino
que van a pedir los mozos
los derechos al padrino.
Seguidamente cantaban:
Abran las puertas, señores
ábranlas de par en par
para que entre la paloma
dentro de su palomar.

Sin pérdida de tiempo se convidaba a mozos y mozas. Si el novio era de la misma localidad se dividían en dos grupos: los mozos se iban con el novio y las mozas se quedaban con la novia. Cuando el novio era forastero el convite se daba en casa de la novia. Grandes bandejas de dulces, en especial roscas caseras, que unos días antes habían salido de manos de expertas, con vinos corrientes para los mozos y generosos para las mozas, eran los mejores adornos de aquellas mesas rodeadas de lo más florido de la juventud como homenaje de despedida de solteros a los recién casados. Algunas veces, sobre todo cuando la boda tenía lugar en distinta localidad, el convite se daba el día de la lectura de la primera proclama o amonestación
Era natural que la novia estuviera presente en el convite pero si se ausentaba, aunque sólo fuera por unos momentos, solían oírse cantares como éstos:

Salga la madre prudente
a acompañar a esta gente.
también la novia prudente,
la de valor escogido,
a recibir a esta gente
debajo de este castillo.

O como éstos:
Qué pesada es la madrina
que no nos da a ver a la niña,
qué pesada es la madrina,
la de valor escogido,
que no nos da a ver a la niña
debajo de este castillo.
Dónde está esa rosa bella?,
si allá dentro está llorando
que se venga a despedir
de las mozas de su bando.

En el recorrido desde la iglesia hasta la casa, la chiquillería y algunas personas mayores no apartaban la vista de la abultada y vistosa bolsa que portaba la madrina, y en algunos casos también la novia.
De esa bolsa habían de salir después de la ceremonia nupcial las golosinas tan esperadas por pequeños y grandes y que solían consistir en confites y caramelos. La operación comenzaba a la puerta de la iglesia. Después de entregar un por de puñados al señor cura comenzaba la siembra a voleo en todo el recorrido hasta llegar a la casa de la novia. Algunas veces, cuando el padrino era de familia bien acomodada o con pretensiones de serlo o de parecerlo, lanzaba algún puñado de monedas que solían ser de uno, de dos o de cinco céntimos. El público, sin distinción de edades ni de sexos, se lanzaba apresuradamente a cogerlas. Téngase en cuenta que el que cogía cincuenta céntimos tenía para comprar una arroba de patatas o unas alpargatas o un azumbre de vino; y esto ya dentro del siglo XX. Por eso se establecía una verdadera lucha para atrapar alguna moneda, siempre escasas, siendo las mujeres las que más se aprovechaban, pues con sus faldas largas y de mucho vuelo que dejaban caer como un paraguas abierto sobre el suelo para ocultar una moneda, declaraban campo vedado el pequeño espacio donde pocos se atrevían a meter sus manos.
Cuando la madrina era poco abundante la chiquillería voceaba a coro: Madrina roñosa, mete la mano en la bolsa.

Al llegar a casa comenzaba el convite, como ya queda reseñado. Entre tanto y por personal especializado se preparaba todo para el banquete o comida de mediodía. Previamente se había reunido todo lo necesario para que ningún invitado careciese de un trocito de mesa y de un asiento.
Se había elegido para comedor la habitación mayor de la casa. Algunas veces un solo local era insuficiente y el comedor se extendía por pasillos y portales donde se habían colocado mesas, bancos y sillas, que en gran parte habían sido pedidos prestados, como también lo habían sido platos, jarras, vasos, fuentes, cuchillos, cucharas, tenedores, etc.; pues era muy raro encontrar una casa donde los muebles y la vajilla estuvieran tan completos. En las mesas no solían verse servilletas, ni ceniceros, ni palillos mondadientes.
Lo de la vajilla daba lugar muchas veces a disgustos, porque si se rompía un plato nadie quería perderlo y el incidente terminaba poniéndolo la casa de la boda, cosa natural.
Después de la comida abundante en cantidad y calidad los comensales se concentraban alrededor de la mesa principal donde se hallaban los recién casados, los padrinos, los padres y otras personas distinguidas entre las que solía encontrase el señor cura; y antes de levantar los manteles, el grupo de muchachas y casadas e invitadas a la boda, entonaban cánticos de alabanzas para los recién casados y vivas para las personas más distinguidas que les acompañaban en la mesa.
Y en estos cantares sí que disienten muchas personas que conocen esa costumbre, pues unos las llaman galas y otros pajarcitos. El objetivo que se proponen es el mismo: reunir fondos para los recién casados, por lo que antes de comenzar los cánticos se coloca en la mesa una bandeja y en algunos casos un ramo de rosquillas como obsequio a la novia. Los comensales van depositando en la bandeja su donativo cuando se les dedique un cantar, y a falta de él cuando lo crean oportuno.
Pues veamos en qué consiste la diferencia de esos dos cánticos. Los cantares que suelen oírse en las galas se componen de estrofas de cuatro versos octosílabos, asonantados el 2º con el 4º. En los pajarcitos las estrofas también se componen de cuatro versos asonantados el 2º con el 4º, pero el verso 3º es endecasílabo. El primer verso es igual para todas las estrofas, y éstas terminan siempre con un VIVA a la persona a la que va dirigido el cantar.
Para que galas y pajarcitos resultaran bien, la persona encargada de cantarlos, que solía ser una mujer, tenía que tener un poco de inspiración poética por razón de la rima cuando se trataba de los pajarcitos, si bien era notoria la tolerancia en la falta de ajuste literario.
A la vista de algunos cantares notaremos mejor esa pequeña diferencia.

Son propios de las galas:
Pongan silencio, señores,
dejen la conversación.
vamos a cantar las galas
dentro de esta habitación.
Den en levantar manteles
los del valor escogido;
den en levantar manteles
en el palacio o castillo.
Las mesas son de nogal,
los manteles son de lino
las jarras de Talavera,
los vasos de cristal fino.
Nos dicen que la madrina
es de gente generosa;
ahora lo vamos a ver
si se porta con las mozas

Al terminar cada estrofa el coro entonaba el siguiente estribillo:

A la gala del galán, rosa bella,
a la gala del galán que la lleva;
a la gala del galán, bella rosa,
a la gala del galán que la goza.
Son propios de los pajarcitos:
Cantaban los pajarcitos
entre las ramas de un pino,
y en el pico la canción que decía:
que viva el señor padrino.
Cantaban los pajarcitos
a la sombra de una encina
y en pico la canción que decía:
viva siempre la madrina.
Cantaban los pajarcitos
encima de los tejados
y en el pico la canción que decía:
vivan los recién casados.

Y así seguían buscando nombres que rimaran con los de las personas a quienes iban dirigidos los vivas.
El estribillo que cantaba el coro después de cada estrofa decía así:

Esa sí que lleva la gala,
esa sí que lleva la flor,
esa sí que lleva la gala
prendida de su amor.

El último verso lo cambiaban con frecuencia por uno de estos dos:

Ésa sí que las otras no,
esa sí que las otras nada.

Este mismo estribillo se cantaba también con estrofas más propias de las galas, como las que siguen:

Si tuviera una naranja,
una pera y dos limones
los tirara por la mesa
donde comen los señores.
Si tuviera una cadena
de oro, que no de plata,
diera la vuelta a la mesa
y prendiera a la casada.
Si tuviera una cadena
de plata, que no de oro,
diera la vuelta a la mesa
y prendiera al señor novio.
Si tuviera una cadena
engarzada en oro fino
diera la vuelta a la mesa
prendiendo al señor padrino.

En algunos pueblos de nuestra provincia esta costumbre la llaman "cortar la corbata".Los mozos de la boda cortan en pequeños trozos la corbata del novio, los depositan en una bandeja y se los van ofreciendo a los comensales a cambio de un donativo para comprar otra; los fines son los mismos.
Terminada la sobremesa se organizaba la fiesta popular en casa o en la calle, si el tiempo no lo impedía. Las puertas de la casa de la novia estaban adornadas con ramos, con flores y en las bodas de mucho rumbo había competiciones deportivas, como carreras de rosca y aluches.
Después venía la cena. Chistes y cuentos picarescos hacían reír a los invitados y ruborizarse, aunque sólo fuera aparentemente, a la recién casada
También durante la cena se entonaban, ya algo desafinados, algunos cantares o simplemente se recitaban en voz alta:

Por debajo de la mesa
yo no sé qué;
es el novio o es la novia
que se tocan con el pie.

Cuando el baile de la tarde solía prolongarse, la cena se retrasaba algún tiempo y a partir de ella comenzaba la vigilancia que no faltaba durante toda la noche y que estaba a cargo de los mozos invitados a la boda.
En algunos pueblos de nuestra provincia el padrino tenía que estar en vigilia permanente durante la tarde para que los "mozos del caldo" o invitados compraran al novio, cuyo rescate tenía que pagarlo en vino
Otra costumbre era. Se trataba de tener separados durante la primera noche a los recién casados. El público solía celebrar como un triunfo de estos esposos el haber sabido burlar la vigilancia; cosa que ocurría varias veces.

Antes de esta fecha los recién casados, en su mayoría, seguían viviendo en casa de sus padres y sólo se veían por las noches. El marido seguía trabajando para la casa; la mujer ayudaba a su madre en los trabajos domésticos mientras iban preparando el hatillo para el prime hijo. Algunas veces les daban una finca rústica para que cogiesen el fruto
Al llegar el momento de ponerse solos recibían ayudas de ambas partes; un prado, una novilla, unas cabras, unas gallinas, algunos útiles de labranza y un pequeño ajuar, según las posibilidades de sus padres. Comenzaba a formarse un capital que cuando crecía solía hacerlo lentamente

Estas costumbres, en su mayoría, se han ido perdiendo. Hoy en los pueblos se celebran pocas bodas. El cambio ha sido muy importante; casi se puede decir que ha sido total. Los recién casados, terminado el banquete, se alejan de los invitados y familiares después de recibir las felicitaciones de rigor y con deseos de que pasen una eterna luna de miel.

No termina la fiesta sin que hayan resonado en sus oídos aquellos deliciosos versos que lanzaban al aire las pandereteras en las fiestas populares. Pero este baile de panderetas merece capítulo aparte.




CAPÍTULO XIV

LA GRAN OCASIÓN

No se volverá a tener. El proyecto era ambicioso pero realizable. Consistía en hacer de Vegas del Condado un centro religioso y turístico de primer orden; pero no se hizo., se perdió aquella gran oportunidad.

En el lugar más elevado y visible de la Quebrantada, mirando a la villa, se erigiría un grandioso monumento al Sagrado Corazón de Jesús, con sus construcciones aledañas para inaugurarlo al empezar la segunda mitad de nuestro siglo. Tendría una altura mínima de 15 metros y estaría convenientemente iluminado para dejarse ver en muchos kilómetros a la redonda.
A ambos lados de la Quebrantada la pendiente ladera está cubierta de espesas y robustas encinas que dan sombra abundante con su nutrido ramaje de hojas verdes y perennes. Por esas dos laderas y por caminos trazados en zig-zag podrían circular toda clase de vehículos; y sería una maravilla la andadura por esos caminos de sombra en pleno monte, lleno de aromas y de verdor, desde donde la vista podía recrearse ensanchando su horizonte por las vegas del Porma y del Curueño.
El río no pareció que iba a constituir un obstáculo serio, aunque entorpeciera en un principio la marcha del proyecto; pues con un río sin puente poco o nada se podía hacer, ya que el antiguo cajón que se desplazaba sobre dos cables con capacidad para una o dos personas o la pequeña barca que le sustituyó había que olvidarlos en un proyecto de tal categoría.
Para estudiar a fondo este proyecto y concretar los detalles más importantes, se constituyó una comisión o junta, distinta de la Junta Vecinal, que sin carácter oficial alguno comenzó a trabajar.
Por personal competente se procedió a medir la anchura del río en un día de aguas altas y en el lugar que se consideraba más idóneo para el paso. Después vino el estudio económico. Por el presupuesto de otros puentes similares al que se quería construir inaugurados recientemente, se llegó a la conclusión de que su importe ascendería aproximadamente y en números redondos a la cifra de 250.000 pesetas.
Este presupuesto se comunicó a entusiastas que se movían en esferas más amplias y en planos más elevados a los que siempre se les tuvo al corriente de los trabajos o gestiones que realizaba la junta local.
Y sucedió que un día, en cumplimiento de órdenes superiores, se presentaron unos técnicos a medir la anchura del río precisamente por donde ya se había medido, recogiendo todos los datos necesarios para realizar los estudios que les habían ordenado.
Aquella visita nadie la esperaba tan pronto y su resultado no tardó en saberse. Se construiría el puente si el pueblo contribuía con la mitad de su importe; o sea con 125.000 pesetas.
La comisión local comenzó a verlo todo de color de rosa. Esas 125.000 pts. quedarían casi en su totalidad en el pueblo entre los vecinos que quisieran trabajar en la obra. Un pequeño grupo de trabajadores por cuenta ajena, que en algunas épocas del año estaban parados, tendrían la oportunidad de ganar un jornal
Así estaban las cosas y así iban pasando los días sin que la Junta Vecinal, única que podía llevar adelante el proyecto y aceptar o rechazar las condiciones de la subvención tomara una decisión sobre el asunto. Y entre tanto surgió un pequeño foco de rebeldía que se propuso terminar con él.
La Junta Vecinal, con su deliberado propósito en el retraso de las decisiones, no se sabe si por voluntad propia o por la ajena, ofreció poco más de la mitad del cupo asignado por la superioridad y todo de manera provisional, esperando a su decisión definitiva cuando la situación económica de la misma se aclarase; ya que entonces era algo confusa y por otra parte no parece que estuviera dispuesta a vender bienes comunales, si es que los tenía y podía hacerlo.
En vista de ello la comisión se reunió varias veces para buscar una salida airosa con la menor molestia posible para los vecinos.
Con objeto de no perder la subvención ofrecida antes de expirar el plazo para aceptarla o rechazarla, se procedió con toda rapidez a confeccionar un reparto en el que se asignó a cada vecino una cuota única que iba desde las 200 pts. a las 2.000 pts., según sus posibilidades económicas. Era un préstamo sin interés que los vecinos hacían a la Junta Vecinal, dando a ésta un plazo de cinco años para devolver ese dinero. La Junta Vecinal establecería un impuesto indirecto sobre el aprovechamiento de la leña del monte y de las hierbas comunales, de donde saldría el dinero para el pago del préstamo en el plazo convenido. Tanto por carro de leña, tanto por oveja, tanto por cabra, etc. . Los vecinos que no tuvieran ganado ni bajaran leña del monte, que solían ser los más pobres, nada pagarían.
Se consideraba que este impuesto que era bajísimo; ya que a un carro de leña se le cargaba sólo cinco pesetas, daría dinero suficiente para pagar el crédito en cinco años y aún sobraría algo. Téngase en cuenta que por aquellas fechas apenas se gastaba carbón en las cocinas y el butano era desconocido; que los vecinos cocían en su propio horno o en el de algún familiar o amigo el pan que se consumía en casa; que para curar los embutidos, jamones y cecina se gastaba mucha leña y que el clima de esta zona hace más largos los inviernos y las gentes no disponían de otra calefacción que la de la leña de su monte, que estaba quemándose en el hogar todo el día y gran parte de la noche.
Mientras la comisión local elaboraba cuidadosamente el presupuesto calculando con todo detalle los ingresos por aprovechamientos comunales, aquel pequeño foco rebelde iba ensanchando su campo, ahora con algunos ganaderos de lanar que consideraban el proyecto como un atentado a sus intereses; más que por el impuesto temporal que iba a pesar sobre sus ganados, por las limitaciones que el proyecto iba a traer, pues al encontrar fácil el paso del río aumentaría el número de ganaderos y habría una limitación de cabezas por vecino. Esto no lo podían consentir los que consideraban el monte como un feudo suyo del que podían disponer a su antojo sin limitación alguna.
Las dificultades creadas por ese grupo de ganaderos, aumentadas quizá por alguna familia influyente que la politiquilla rural hizo pasar a una oposición tonta, alargaron con exceso el plazo concedido por la Administración y ésta anuló la subvención que había concedido. El proyecto quedó definitivamente enterrado y todo el material que la comisión local había reunido en muchas horas de trabajo desinteresado fue a parar a la cesta de los papeles.
A esta breve exposición de los hechos sólo añadiré para terminar que también se construiría con subvención estatal la carretera desde el pueblo hasta el puente en una primera fase; que el monumento al Sagrado Corazón de Jesús se levantaría por suscripción popular entre los pueblos ibero-americanos, siendo la hermana Portugal quien la iniciara; que se creía contar con la ayuda suficiente para construir los caminos en zig zag a ambos lados de la Quebrantada y que todo estaba preparado en aquellos puntos donde tenía que empezar; sólo faltaba el aviso, la orden de marcha y ésta tenía que darla la Junta Vecinal. Y el señor Presidente de esa Junta Vecinal dijo: NO.
Las consecuencias se están viendo ahora. Un pueblo con historia, que pudo crecer porque encontró ocasión para ello y no quiso aprovecharla, ha venido a menos sin que se vislumbre signo alguno de mejora. Su desarrollo está siendo el normal de un pueblo agrícola sin nada extraordinario, como no sea el haber disminuido su población en más de 300 habitantes en los últimos veinte años.
Los intereses particulares o de sector se oponen muchas veces a un espíritu asociativo y a una colaboración limpia dentro de una comunidad que sólo desea un mejor disfrute de sus bienes presentes y de los que pueda crear para el futuro.
Años antes de LA GRAN OCASIÓN que comentamos, los ganaderos de lanar se opusieron a que se plantaran unos cientos de pinos en las praderas bajas de Valderas. Hoy, a medio siglo de distancia de aquellas fechas, los apriscos están vacíos, el valle sin árboles y la hierba se muere de sed o de pena al ver que nadie la quiere.




CAPÍTULO XV

LO SOCIAL

La Reconquista, al ensanchar sus dominios, iba creando nuevas formas, nuevas organizaciones sociales en las tierras que ganaba.
El pueblo no combatiente huía del peligro dejando aldeas y pueblos importantes totalmente despoblados. Otras veces eran los mismos bandos en lucha los que obligaban a las gentes a abandonar y hasta destruir sus viviendas para que el enemigo careciese de bases donde apoyar sus movimientos ofensivos.
El yerno de Pelayo, Alfonso I, para proteger mejor las tierras que iba conquistando, creó lo que se ha llamado "desierto estratégico" o sea una ancha faja al sur de la zona conquistada en la que destruyó pueblos, villas y ciudades, entre las que se cuentan León y Astorga
Téngase en cuenta que los árabes, cuando conquistaban un pueblo, se repartían toda la riqueza que encontraban en el mismo menos el suelo. Los 4/5 eran para los conquistadores y la quinta parte restante era para el estado árabe. Por ese motivo y ante un inminente ataque enemigo el público huía con todas las riquezas que podía llevar consigo
Vegas del Condado estuvo algún tiempo en medio de esa ancha faja semidesierta, sin juventud, sin riqueza ganadera, agrupada en míseras viviendas en torno a su viejo templo y en cuyos suelos pudieron estar aquellas otras donde los romanos alojaron siglos atrás a los esclavos que comenzaron a cavar en busca de oro el gran hueco de la Quebrantada, bajando sus minerales a las eras del valle, hoy Valderas, donde procedían a triturarlos para un mejor análisis de la riqueza que podían contener.
Todavía hoy, a más de veinte siglos de distancia, se conoce el profundo surco a modo de rampa por el que deslizaban grandes bloques del mineral hasta la pradera o eras del valle. Por aquellas fechas se cree que el río pasaba rozando la cuesta, por lo que les era fácil aprovechar esas aguas cuando por falta de lluvias careciese de ellas el depósito del "molino" en el borde de la Quebrantada.

Más tarde, cuando la Cruz iba empujando hacia el sur a la media luna, los reyes concedieron a los pueblos ciertos privilegios para que las gentes volviesen a ellos. Estos privilegios o fueros, que constituyeron la llamada legislación foral, dieron lugar a diferencias que todavía existen entre algunas regiones españolas. Comprenderemos bien esta afirmación si pensamos que Covadonga no fue el único punto del levantamiento y que la Reconquista no se llevó con el mismo criterio en todas las zonas, pues mientras en León el Rey estaba por encima de la Ley, en Aragón la Ley estaba por encima del Rey.
Pero la repoblación de aldeas y ciudades abandonadas por la guerra tropezó con muchas dificultades cuando la legislación foral las dejaba fuera de su círculo protector o cuando se procedía, sin los debidos asesoramientos para evitar choques innecesarios.
En aquellos primeros tiempos de la Reconquista lo mejor del suelo era del Rey, de la Iglesia o de la Nobleza. También las entidades que se constituyeron en nuevos municipios la tenían y la entregaban a los vecinos para su cultivo mediante el pago de una renta anual. El resto del suelo considerado de menor valor, como algunos pastos y montes, era de aprovechamiento comunal, pero el Concejo podía imponer sobre ellos repartos, derramas o trabajos personales; costumbre que ha llegado hasta nosotros en lo poco que va quedando de comunal. En el siglo XVI ya existía la propiedad privada por vinculación a una familia del lote o lotes que llevaba en usufructo y con derecho a transmitir esa propiedad a los hijos.

Esta clase de bienes comunales en nuestra provincia se vieron muy afectados por los exagerados privilegios de la Mesta a lo largo de las numerosas vías pecuarias, una de las cuales cruza el término de Vegas del Condado. No tardó mucho tiempo esta zona del Porma en verse libre del poder musulmán, y si en los nombre que se oyen en algunos de nuestros pueblos se encuentran raíces árabes, me inclino a pensar que más que a los propios invasores se deben a los mozárabes, que desde el sur llegaban a estas tierras libres ya del poder musulmán. En cambio ahí tenemos la villa de Fruela que nos puede decir mucho de aquellos primeros tiempos de la Reconquista.
En esa lucha incontenible de la Cruz contra la Media Luna, la Monarquía tuvo dos grandes colaboradores: la Iglesia y la Nobleza. Pero al correr de los años aparecen las
Órdenes Religiosas que buscan su refugio en las grandes abadías, dejando más libre el campo de la política a la Nobleza, que ejercía muchas veces el poder con dominio absoluto en personas y bienes. Puede afirmarse que durante el siglo XIII y todavía más en el XIV, la política en la ya extensa zona conquistada, estuvo dirigida por las oligarquías de la Nobleza, que tan pronto se unían como se combatían.
A partir del siglo XV estos grandes señores fueron perdiendo autoridad a medida que aumentaba la del rey, pero en algunos casos continuaron reteniéndola en reducidos espacios y en medio de una sociedad inculta, analfabeta, que luchaba por estar al lado de su señor como único juez en las discordias entre vecinos, cuando todavía las leyes no estaban perfeccionadas en orden a la defensa de los derechos de los ciudadanos.
Con relación a esta zona del Porma y del Curueño ya existía desde el siglo VII la poderosa influencia de una familia cuya casa matriz era el castillo de Aviados, familia que llegó a ser más tarde una de las grandes figuras de la Reconquista, a la que prestó excelentes servicios. Me refiero a la familia de los Guzmanes.
En ese castillo de Aviados buscó refugio su señor, perseguido por el Rey D. Pedro I. El sucesor de éste, Enrique II, favoreció mucho a la familia de los Guzmanes. Enrique II era hermano bastardo de D. Pedro I; lo había tenido Alfonso XI con la favorita Dª. Leonor de Guzmán, sobrina de Guzmán el Bueno.

Esta noble familia leonesa, que sembró nuestro suelo de hechos gloriosos, construyó castillos y palacios en los mejores centros de sus extensos dominios; entre ellos podemos citar el castillo-palacio de Vegas del Condado.
En aquellos tiempos del siglo XV la aldea de Vegas ya estaba bastante crecidita y se cree que vivía casi en su totalidad bajo el amparo de su propietario y señor.
Al construirse el Palacio, el grupo de servidores fieles levantaron sus humildes viviendas en sus proximidades, especialmente a lo largo de lo que hoy es la calle de Cantarranas y al mediodía de la gran huerta del Palacio, única finca fertilizada por las aguas del río Curueño mediante una presa desde Santa Colomba, cuya presa todavía la llaman la Presa del Conde.
Pocos años les duró a sus dueños el disfrute de aquellos bienes. Los azares de la política destruyeron el hermoso palacio y las numerosas fincas anejas al mismo pasaron a otras manos. Los reyes solían premiar a los leales con los bienes de los desleales.
Vegas del Condado se quedó sin su gran señor y el pueblo, con categoría de villa, dejó de sonar como señorío para ser un lugar donde la grandeza no se asomaba ya a las almenas de su antiguo palacio. Y así fueron pasando los años hasta que la Administración hizo de la villa cabecera y centro de un municipio. Malos tiempos todavía para que la vida de nuestros pueblos recobrara el bienestar perdido por tantos años de guerra y por tanta lucha interna.
Ese estado cambiante, revolucionario, confuso que vivió nuestra patria en el siglo XIX, dio lugar a la aparición de los caciques, especie de miniseñores que ejercían su omnímoda voluntad en el pueblo y en el municipio.
Por entonces, en esta zona del condado del Porma, ya no eran ni los Guzmanes ni los Lunas, linajes casi desconocidos. Era el cacique, hombre sagaz, ducho en enredos y zancadillas, reyezuelo que dictaba su ley en los pleitos entre vecinos, juez y alcalde a un tiempo, o quien les nombraba, que era todavía peor.
Más estable que la situación política, aunque directamente relacionada con ella, era la vida local con los usos y costumbres que los pueblos iban creando y conservando en sus ordenanzas. Pero vamos a prescindir de épocas más lejanas con los datos inciertos que la leyenda o la fábula nos ha proporcionado, para alcanzar los últimos años del siglo XVIII, del que todavía quedan algunas muestras. Queremos no obstante aclarar que en lo que resta de este capítulo nos vamos a referir a cuatro aspectos de la vida local, directamente afectados por el lento avance del progreso social: la vivienda, la alimentación, el vestido y el deporte.

LA VIVIENDA.- Las viviendas eran en su mayoría de las llamadas agrícolas y tenían una sola planta. Las que contaban con dos, tenían la primera más baja que el nivel de la calle. Las más importantes solían ocupar un amplio espacio al que se entraba por puertas de dos hojas de gran tamaño, claveteadas y apoyadas en gruesos marcos de piedra. Tras ellas un patio empedrado con portales para útiles de labranza o de los trabajos que realizara su dueño. La señal de alarma por las noches la daba el perro.
Por el patio se entraba a todas las dependencias de la vivienda: la cocina, dormitorios establos, pajar, pocilga, despensa, etc.. Las ventanas exteriores, cuando las había, eran pequeños huecos formados por cuatro piedras y fuerte enrejado saliente.
Las viviendas de los señores y labriegos bien acomodados tenían los muros de cal y canto. Los marcos de las puertas solían cerrar en arco de medio punto sobre el que solía descansar un escudo de blasones.
No se conoce tradición sobre "pallozas" en esta zona. Alguna vez, aprovechando pequeños desniveles, se cortaba el suelo en vertical para que sirviera de muro o pared que solía ser, en muchas viviendas, de tierra apisonada.
El techo de las habitaciones que lo tenían, solía ser de tablas sobre vigas y clavadas a ellas. En las vigas al descubierto solían clavar puntas para colgar varias cosas como pimientos, manzanas, cebollas y alguna prenda de vestir, cuando no se disponía de otra prenda o de un armario ropero. En algunos casos pintaban el techo con tonos oscuros para que se viera menos el moteado de las moscas. Los tabiques solían ser de adobes. En las casas pobres los hacían con zarzos y paja embarrada.
También era pobre el ajuar. Dormían en catres de hierro o de tijera y en algún camastro. Usaban jergones llenos de hoja de maíz o de paja de cereales. Las sábanas eran de lino y las mantas de lino y lana, tejidas en telares aldeanos de los que también salían sacos, quilmas o costales y lonas para alforjas y albardas.
La pieza más importante era la cocina, que solía ser amplia y de modelo llamado de campana. Debajo de la campana, especie de prisma cuadrangular truncado, estaba el hogar, algo más alto que el resto del suelo, donde se ponía la lumbre y donde se veían a diario uno o más potes que colgaban del llar y en los que cocían para las personas y animales. Al lado de la lumbre nunca faltaba el badil para recoger el borrajo, las tenazas y las trébedes. También el fuelle estaba siempre a mano para avivar el fuego aunque chamuscase a corros al minino que no se apartaba de la lumbre durante los fríos días del invierno.
De las viguetas que formaban la parte baja de la campana colgaban, ya saladas, piezas de carne, embutidos y tocino, productos de la matanza domiciliaria para curarlo todo al humo.
Estas cocinas llamadas de campana, que tuvieron larga vida, se las fue sustituyendo por otras en las cuales la lumbre se encendía en la "hornilla" y el humo salía por un hueco cavado en la pared o por una chimenea adosada a ella. En esa pared o en esa chimenea se practicaba una ranura por la que se podía introducir una chapa metálica que podía cortar el tiro y detener por más tiempo el calor en el hogar.
Este modelo de cocina, con el hueco para el fuego abierto en el antemuro, permitía tener dos alacenas y en la trébede, que solía estar enladrillada, quedaba espacio para colocar utensilios de cocina y para secar ropa.
No eran estas cocinas una aplicación del hipocausto romano, pero lo cierto es que al calentarse toda la superficie de la trébede, se sostenía el calor por algún tiempo, aún después de apagarse el fuego.
A ambos lados del hogar había tablas clavadas a pies fijos para asientos. Los más pudientes tenían bancos con respaldo. En distintos sitios de la cocina se tenían tajuelas, taburetes y sillas con el asiento negruzco o roto a la espera del sillatero, que también estaba esperando a que las espadañas estuvieran en sazón para cortarlas y secarlas. También había mesa para comer, pues la cocina era al mismo tiempo comedor.
Cerca del hogar y como formando pieza aparte separada de él solamente por un sencillo tabique, solía haber un dormitorio sin más adornos que un pequeño crucifijo o una estampa religiosa sobre la cabecera de la cama. Una pequeña ventana daba luz a ambos recintos.
En otro lugar de la cocina había una cantarera con agua para atender a las necesidades de la casa, y anaqueles para colocar potes, cazuelas, cazos, cucharas, platos, restos de un horco de cebollas o una ristra de ajos con el mortero al pie, un almirez con envueltos de anises y cominos, etc..En muchas casas no había tenedores. Los manjares sólidos se tomaban con las manos.
En esa cocina de paredes ahumadas, de suelo de tierra, sin más luz que la que daba la lumbre del hogar, durante el Adviento y la Cuaresma se rezaba el santo rosario en familia antes de acostarse y algún padrenuestro por los que se habían ido definitivamente. También al amor de la lumbre se repasaba el catecismo, se hablaba de la vida de algún santo o se comentaban algunos libros piadosos. Después se iba a la cama y el silencio en la vivienda era absoluto. Había, no obstante, un gran vigilante, el gato, que estaba atento con su fino oído a las actividades nocturnas del pequeño roedor, y recorría sigilosamente todas las dependencias de la vivienda, porque las puertas, cuando las había, tenían gateras, como también las tenían las puertas de la calle en cuya parte interior solían tener clavada una punta al alcance de la mano donde se dejaba colgada la pesada llave en las pequeñas ausencias.
En algunas casas tenían candiles o velones de con mecha impregnada en aceite. Para los establos y pajares usaban un farol. El quinqué empezó más tarde, y ya en nuestro siglo XX llegó la luz eléctrica a estas hogares.
La mayoría de las viviendas se encontraban en las proximidades del templo; el resto de las casas se unían como eslabones de una cadena en dirección norte-sur. En el centro de encontraba la huerta del Palacio unida a él. Esta huerta, por la que se pagaba un foro anual de cuatro fanegas de centeno a la Duquesa de Uceda, fue comprada por los vecinos de Vegas Juan González Fernández y Celedonio Ferreras Pereda a D. Martín Lorenzana y Cabañas el día 28 de abril de 1883. Al dedicar su espacio a viviendas se amplió considerablemente la plaza llamada "La Pradera"; se trazaron tres calles paralelas de norte a sur y se dio entrada a la calle Cantarranas, que lo hacía por detrás del palacio. Todavía en los años veinte de nuestro siglo se ensanchó más la plaza al suprimir el pequeño saliente a la misma, del huerto que quedó unido al palacio y que impedía el acceso en recta a la misma desde la calle del Medio.
En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX evoluciona favorablemente la situación social para el campesino de estas tierras. Los grandes terratenientes que no vivían en la villa iban vendiendo sus fincas a los vecinos de ella. El esfuerzo económico de los nuevos propietarios fue grande, pero la tierra produce más; se amplía la zona de regadío, se mejoran la ganadería y los útiles de labranza y, si todavía queda mucho camino que recorrer para llegar a la mecanización actual, es cierto que la mejora alcanza de lleno a la vivienda, que se la va dotando de nuevo trazado, se mejoran el mobiliario y los servicios higiénicos y hasta se la independiza de los establos para que personas y animales entren y salgan por puerta distinta.
La era de la tierra apisonada y del adobe puede decirse que ya terminó. Las viviendas que se construyen actualmente son espaciosas y suelen estar dotadas del más exigente confort.

LA ALIMENTACIÓN.-En este apartado incluiremos los alimentos y las bebidas.
Los jóvenes de hoy, que no han conocido las estrecheces económicas de pasados tiempos ni practican la virtud del ahorro, se muestran algo escépticos cuando sus padres les cuentan lo que oyeron a sus abuelos en cuanto a alimentación se refiere.
Argumentan que ni las tierras ni el monte se lo ha llevado el río; ahí están donde han estado siempre. Pero la tierra, sobre todo la tierra buena, era de unos pocos: sus dueños no la trabajaban ni solían vivir junto a ella; el labriego, más que un trabajador por cuenta ajena al estilo de los arrendatarios de hoy, era un esclavo al servicio de un amo que dictaba leyes a su antojo y que podía llevarle a la picota si no las cumplía.
Esta falta de tierras en producción y la carencia de fincas propias se intentaba compensar, en parte, arañando los pedregales de la pendiente cuesta del monte para sembrar unos puñados de centeno o plantar una viña. Todavía hoy, a pesar del tiempo transcurrido, se conocen a simple vista y a distancia algunas de esas fincas cuyos linderos no ha podido borrar la vegetación espontánea
El estancamiento económico de la vida local no tenía más que una salida airosa para los vecinos que trabajaban la tierra, que no era de ellos: comprarla. Y ese momento llegó, escalonadamente, pero llegó
Ante la nueva perspectiva creada por la compra de tierras, fueron muchos los que en principio cayeron en manos de la usura, y hubo que redoblar trabajo y ahorro para liberarse de ella. Afortunadamente en el año 1900 se creó esa institución modelo que se llama Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León que prendió rápidamente en el campo leonés, sacando de la usura a las familias que por un desequilibrio económico solían caer en ella.
Esta situación de pobreza en metálico se vio agravada por la compra de ganado vacuno para el trabajo. Había que tener una buena pareja de bueyes para los transportes pesados y para el paso del río en aguas altas, pues se calcula que antes de ser regulado el caudal por el embalse de Vegamián la corriente se cobraba un tributo mínimo de una persona cada diez años.
Incluso se llegó a tener, ya como un lujo, una pareja de novillos para los mismos fines, pero que además luchasen bien. Era un honor tener en casa al campeón, que se cuidaba con esmero. Las hembras, dedicadas al recrío, también trabajaban. No se ordeñaba y era difícil encontrar en todo el pueblo un litro de leche para un enfermo. Todo esto que acabo de contar es ya historia; hoy la vida es muy otra. Pero todavía hay más; ¿qué bebidas y alimentos eran los más corrientes?.
No hace falta retroceder a aquellos tiempos de la Reconquista cuando todavía no se conocía el tenedor; vamos a situarnos más cerca, exactamente en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.
Zona ésta algo apartada, algo aislada, no sabemos que haya tenido platos especiales en su cocina como los han tenido y tienen algunos pueblos de nuestra geografía provincial debido quizás a la variedad de gentes que se asentaron en nuestro suelo. Por esta misma razón más que una cocina nacional autóctona se han ido creando platos regionales, que se conservan como también se conserva parte de su lenguaje y de sus costumbres; y así tenemos el gazpacho, la paella, el marmitako, la fabada, el caldo con jamón y grelos y el puchero o cocido, por citar algunos.
Vegas del Condado, tan próximo a las zonas de fabada y de caldos, se inclinó por el puchero o cocido. ¿En qué consiste el cocido?.
Los labradores bien acomodados, y en general los trabajadores por cuenta propia, aseguraban el cocido para el año entero haciendo una buena matanza. Allá por el mes de los difuntos o algunas fechas después sacrificaban uno o más cerdos, casi siempre cebados en la misma casa y algunas ovejas o cabras, según necesidades calculadas para un año entero. En algún caso mataban una caballería de desecho considerada como inútil para el trabajo, que habían criado en casa, o compraban por las ferias de S. Martín en Mansilla.
Téngase en cuenta que por aquellos tiempos, cuando todavía no circulaban los automóviles por nuestros caminos, eran las caballerías las encargadas de llevar a personas y productos del campo a los mercados. De los carros se servían para los pesos y volúmenes mayores. En muchos pueblos existía un pastor a sueldo, que solía cobrar en especie por el cuidado de la manada o vecera de esta clase de ganado. El número de cabezas de ganado de esta clase de équidos era en el año1922 en Vegas de 112 caballerías, de las que 34 eran de ganado caballar y 78 del asnal. Añadiremos también que hasta mediados de nuestro siglo existió en Vegas un puesto de monta o acaballadero que atendía a las necesidades de la comarca y aún fuera de ella.
No solían sacrificar vacuno, pues cuando una de estas reses se inutilizaba para el trabajo o para la crianza, por vieja, por accidente o por enfermedad, se sacrificaba y se repartía su canal entre el grupo de vecinos constituidos en sociedad y con arreglo al cupo con que cada uno se había comprometido, abonándola al precio convenido de antemano. Cuando en virtud de informe veterinario se prohibía el consumo de esa carne, se enterraba esa la res después de desollarla; pero al dueño se le pagaba a la tasa convenida. Este sistema dio lugar, en algunos casos, a una especulación que se intentó cortar con medidas adecuadas.
Con la llegada del automóvil las caballerías ya no fueron tan necesarias; su censo comenzó a bajar al tiempo que subía el del vacuno. Hoy podemos considerar como inexistente a esa clase de ganado.
A finales de los años 20 la situación económica del labrador mejoró notablemente con la subida del precio de las alubias a cincuenta céntimos el kilogramo. La vieja aspiración de cobrar diez duros por un saco de alubias de cien kilogramos, se había conseguido. Se dejaron de matar caballerías para cecina y se mataban vacas para uno o para repartir entre dos o cuatro vecinos. De este modo, cuando termina en año se ha reunido lo que se juzga necesario para que el cocido no falte en el año siguiente.
El puchero era y sigue siendo en algunos hogares la comida principal, que es la de mediodía; se compone de legumbres, casi siempre garbanzos, acompañado de chorizo, tocino y en algunas épocas del año morcilla cargada de grasa y pimentón, que suele cocerse aparte. Las casas más pudientes añadían un trozo de cecina, que sustituían por carne fresca cuando había invitados, o en los días de fiesta solemne
A la hora de comer ese cocido se descomponía de los siguientes platos: 1º sopa de pan o de fideos. 2º, garbanzos solos o asociados a berza, fréjoles verdes, patatas, nabos u otras verduras, 3º la ración. Alguna vez incluían en el cocido un tallo o unas hojas de hortelana para que resultara la sopa más aromática.
Había alguna casa en la que se comía en plato, pero en la mayoría lo hacían un una única cazuela de barro. La ración se presentaba después de ser partida por el ama de casa para que cada uno tomara su parte. No se usaban servilletas. En todas las casas solían tener gallinas y en casi todas conejos; con sus productos se atendía a la compra de aceite, sebo, arroz, azúcar etc. Tampoco solía faltar en la cocina el bicarbonato para los garbanzos duros, pues entonces no se conocía la olla de presión. El ama de casa conocía el tiempo de cocción de los alimentos más corrientes, y cuando salía a trabajar al campo durante la mañana advertía a la persona encargada del puchero: "cuando llegue el sol a esta piedra echas el tocino, y un poco después las patatas" (sol y sombra; el mejor cronómetro cuando no se disponía de otro reloj.
Más variedad que en la comida había en los postres en los días festivos; solían ser de dulces caseros; la fruta no se usaba para postre.
El dulce casero que se presentaba y se presenta en forma de roscón, tarta, bollos, roscas, mazapán, etc. estaban bien elaborados. Hay unas roscas a base de yema de huevo que cuando salen de manos expertas pueden compararse y aún superar a las mejores mantecadas de Astorga, a los nicanores de Boñar y a los imperiales de La Bañeza. Una industria que produjese en cantidad este exquisito, sabroso y nutritivo dulce daría fama a la villa y abundante riqueza a quien lo explotara.
Los mayores cosecheros de legumbres solían tener durante 20 o 30 días de verano varios obreros de ambos sexos para la entrecava y escarda de los fréjoles; solían ser forasteros y, además de la comida y el jornal había que darles cama para dormir. Las pesebreras o un saco de paja o de hierba tendido en el portal, valían para dormir unas horas. El abonado con estiércol, casi único abono que se empleaba, al no disponer de estercoleros bien tratados, llenaba los sembrados de malas hierbas que había que limpiar con la escarda.
La alimentación de estos obreros, calculada en la época de la matanza, fallaba muchas veces en la práctica y suponía un gasto que había que cubrir con cierto desahogo, si se quería contar con ellos para el año siguiente. Se recurría entonces a una carne prensada, acecinada, que llamaban tasajo.
Se contaban cinco comidas al día: desayuno, las diez, la comida, las cinco y la cena. Ya hemos dicho en qué consistía la comida de mediodía. El desayuno y la cena solían consistir en unas sopas de ajo o en un puré de patatas sazonado con sebo y pimentón. El lector puede suponer cómo serían las otras dos comidas llamadas las diez y las cinco; eran sentarse un rato para comer un trozo de pan, quizá con sabor a neguilla acompañado con unos cascos de cebolla y beber un trago de agua; pero sobre todo era una disculpa para descansar. Algunos amos, antes del desayuno tomaban la parva, consistente en una copa de aguardiente y un bollo, o un trocito de pan.
El cultivo de nabos y cebollas se hallaba muy extendido a principios de siglo en varias zonas de nuestra provincia . El nabo se empleaba para alimento de personas y animales. En un escrito de convenio entre los pueblos de Vegas y Devesa firmado el 15 de diciembre de 1922 , se establecía que el pueblo de Devesa dejaría la totalidad del agua de la Presa Grande al pueblo de Vegas el jueves, viernes, sábado y la mitad del domingo de cada semana para que pudiera atender al riego de linos, nabos y corricasa.
Los obreros del campo trabajaban de sol a sol y eran poco exigentes en cuanto a alimentación se refiere
El tiempo empleado en las comidas de las diez y de las cinco, solía ser vigilado por los amos, sobre todo cuando en la cuadrilla había uno o más fumadores; fumar un cigarrillo suponía diez minutos más de descanso: empezaban por sacar la petaca ofreciendo tabaco, luego el librito de papel, que solía ser el Rey de Espadas, si el fumador era de edad avanzada, porque los jóvenes lo usaban de Abadie, Zig-zag, Bambú o Jean, en elegante estuche. Con el cigarro en los labios se encendía la mecha a golpes de eslabón en la piedra de pedernal. Las mujeres de entonces no fumaban. Entre tanto, en las cuadrillas numerosas surgía algún gracioso que, conociendo las debilidades y aficiones del amo, y cuando el trabajo iba ya vencido, contaba chistes, refería algún cuento o iniciaba canciones, que eran como restos desafinados de algún cuplé que había llegado perdiendo melodía y tiempo por vía férrea hasta la capital de la provincia, desde donde se había importado.

BEBIDAS.-Dejemos el agua cumpliendo su misión en la vida de los seres; después de ella era el vino la bebida más codiciada; alguna vez se mezclaba con gaseosa. El aguardiente, que llamaban y siguen llamando "orujo" se tomaba en pequeñas cantidades. El hidromiel no tuvo gran importancia por la escasez de colmenares.
En todo el presupuesto familiar de gastos era el capítulo del vino uno de los más importantes, por ser bebida de general aceptación. Algo parecido ocurría con el que confeccionaban las Juntas Administrativas; era el gasto que más pesaba en su débil economía. Para evitarlo algunas familias venían cultivando desde tiempo inmemorial unas viñas en fincas que se consideraban poco idóneas para otra clase de cultivos; pero la vendimia pocas veces se hacía en condiciones de madurez. Los vinos así obtenidos tenían fuerte acidez y algunos viticultores intentaban corregirla, sin conseguirlo, con variedades de uva de maduración precoz, pero de inferior calidad. Las cosechas no eran abundantes y el número de cosecheros era reducido; sin embargo el consumo de vino en muchos hogares tenía alguna importancia. Vino que llegaba de Toro, de La Mancha de Valdevimbre o de Los Oteros. Los pueblos que tenían buen monte lo adquirían a cambio de leña, según se explica en otro capítulo de este libro.
Pero veamos también lo que ocurría en otros campos. Las Juntas Administrativas convidaban con vino a los vecinos que realizaban trabajos comunales en las "facenderas"
En las cuentas que rindió la junta de Vegas ante el vecindario el año de 1898 hay justificado un gasto total de 338'36 pesetas, de las que 219'36 son de vino, que en aquellas fechas costaba entre 4 y 5 pesetas el cántaro.
En el día central de las rogativas, que coincide con el martes antes de la Ascensión, después de oír misa en la ermita de Villasfrías, se convidaba con vino a los que habían asistido a ellas. Ese mismo año de 1898 se gastaron en ese convite dos cántaros de vino que costaron 10'50 pts.
En la reunión anual que celebraban las cofradías para la rendición de cuentas y renovación de cargos, se convidaba a los cofrades de ambos sexos con vino abundante.
El vino valía igual para convidar, para compensar, para obsequiar que para multar, para penar, para castigar. Y de ello tenemos numerosos ejemplos.
En una escritura de concordia entre los pueblos de Vegas y Villanueva ante el escribano D. Rafael Lorenzana en el año 1843, en confirmación de otra suscrita en 1761 ante el escribano D. Pedro de Almuzara sobre el paso del agua para el riego por término de Vegas, se castigaba al concejo de Villanueva por faltar a las condiciones del contrato con una o más azumbres o uno o más cántaros de vino, según la importancia de la falta cometida.
En la ordenanza municipal de Vegas que lleva fecha de 1829 y en su capítulo 10º, se obligaba al tabernero a dar al regidor, bajo su palabra, hasta tres cántaros de vino y en pagándolos, otros tres. Y a una mujer parida, sobre una prenda, una cántara y en pagándola, otra. En el capítulo 21º de dicha ordenanza se castigaba con tres cántaras de vino al regidor que descuidase las presas de la Vega y la de la Costana. Según el capítulo 22º, a los vecinos de Barrillos encargados de echar el agua para regar algunas fincas de Vegas y de Villanueva, se les obsequiaba con dos azumbres de vino cada uno de estos pueblos, y en capítulo 23º se castigaba con tres cántaros de vino a los que interrumpieran el paso del agua desde Barrio hasta Devesa y Vegas.
Según el capítulo 47º, para que un forastero adquiriese la vecindad, tenía que pagar tres cántaros de vino, un mollete de pan de dos libras a cada vecino y un par de sardinas o una tajada de queso
Por el capítulo 67º se obligaba a llevar la caridad los domingos; que consistía en ocho libras de pan para caridad, un mollete de dos libras y dos cuartos de cerilla para el párroco, más un cuarto de vino para la misa, y el que no lo hiciere se le castigaba con ocho reales, aplicados para las benditas ánimas.
Había por aquellos primeros años del siglo XIX vecería de vacas, jatos, bueyes, yeguas, cerdos, pollinas, y yeguas paridas. Cuando estos ganados eran sorprendidos en campo o en zona prohibida para ellos, se castigaba a los dueños o pastores con multas en metálico y una o más azumbres de vino. En cuanto a lo del vino sabemos de una excepción. Según concordia entre las autoridades de Vegas y los monjes bernardos del monasterio de Villaverde de Sandoval, que tenían sus ganados en el monte de Membrillar, lindante con el de Vegas, los castigos en reciprocidad no rebasarían en ningún caso los cuatro cuartos, y no se mencionaba para nada el vino.
Era el vino una especie de talismán que satisfacía un gusto, daba ánimo en el trabajo y favorecía la colaboración.
Hoy con la invasión de las bebidas nuevas el consumo de vino ha descendido considerablemente

EL VESTIDO.-Cuando la fábrica no podía surtir de sus productos a los posibles compradores por su escasa producción, por lo inasequible de sus precios o por las dificultades en el transporte, eran los mismos pueblos los que se autoabastecían desarrollando aquellas pequeñas industrias que a fuerza de trabajo, de tiempo y de ingenio venían a cubrir las principales necesidades de sus habitantes.
Muchas de esas industrias eran pequeños centros comunitarios de artesanía donde el vecino iba a realizar un trabajo en provecho propio con materiales y herramientas que la Junta Administrativa ponía a su disposición.
Y había horno público para cocer el pan y fragua donde cada vecino podía reparar o fabricar los útiles que le eran más necesarios.
Tampoco faltaba la visita del alfarero a los pueblos donde no existía esa industria, ni la del cordelero que utilizaba la fibra de esparto, del cáñamo o las cerdas de caballerías y de vacuno para hacer cordeles, cuerdas o sogas para distintos usos.
De especial importancia eran los telares de donde salían los principales tejidos que constituían las prendas más valiosas del vestido.
¿Se imaginan ustedes cómo serían las veintitantas operaciones o trabajos distintos que llevaba el lino desde la siembra de su semilla hasta verlo convertido en una camisa o en una blanca sábana?. El lino y la lana eran casi las únicas fibras empleadas por hombres y mujeres para vestirse. Veamos ahora cómo lo hacían: el hombre sobre la camisa llevaba el chaleco, braga de estameña o paño fuerte de tonos oscuros y medias calzas. Para abrigo usaban anguarina, capote o capa. Más tarde llegaron las bufandas o tapabocas y las mantas. La camisa solía ser de hilo y por cuello tenía una tira fuerte y estrecha que abotonaba con una presilla, un corchete o un botón. La cabeza se cubría con boina o sombrero; no se usaba la gorra con visera. Muchos gastaban faja que les daba dos o tres vueltas al vientre y les servía de abrigo, así como para guardar alguna cosa, como una navaja, unas llaves o el dinero que solían esconder en una bolsita o calceta. Calzaban alpargatas con suelo de esparto o de cáñamo. También usaban chanclos. Para los días festivos tenían botas de cuero fabricadas por los zapateros de la localidad con material enviado por las tenerías de León, de Igualada o de la tenería que había en la propia villa de Vegas
La mayoría de los hombres casados cuidaban mucho del par de botas y del traje que compraron para la boda; algunos lo llevaban de mortaja cuarenta años después de haberlo estrenado. En invierno o en tiempo de lluvias gastaban madreñas con escarpines. Los sacerdotes usaban zapatillas de paño negro y de caña alta, que cerraban con tres broches, negros también, por encima de la lengüeta. Los zapatos para el trabajo del campo llevaban muchas tachuelas.
Más variedad de prendas gastaba la mujer. Como ropa interior gastaban la camisa y un pantalón que en invierno solía ser de franela y que caía hasta la rodilla, donde llegaban las medias de lana. Sobre la camisa iba el justillo, el jubón, el corsé o la chambra . Encima del pantalón iba la saya de bayeta o paño y sobre ella el rodao que cerraba superpuesto por detrás y ataba con cinta resistente a la cintura. Sobre el rodao y oculto por un delantal, las amas de casa llevaban un bolso de gran tamaño con abertura vertical donde guardaban dinero, útiles de costura, llaves, alguna golosina para los niños, etc. El calzado era como el de los hombres. Cuando las medias se rompían por el pie no las cosían, las echaban soletas . La cabeza se la cubrían con un pañuelo, generalmente negro. No cortaban el pelo. Las jóvenes peinaban trenza, que terminaba con una cinta en forma de lazo y la lucían en los bailes. Las de más edad peinaban rodete que sujetaban con una espadilla u horquilla. Se abrigaban con toquillas o pelerinas, con mantones o mantillas.
Al correr de los años el vestido fue cambiando, como la mayoría de nuestras costumbres; el hombre dejó la braga para gastar pantalón y chaqueta de estameña, después de pana y por último de paño. Hoy, hombres y mujeres se han olvidado de los regionalismos, su indumentaria es más europea, más universal. La anguarina, la capa y el rodeo han venido a parar en paños para limpiar el polvo de los muebles y suelos. En muchos hogares no existe ya ni el recuerdo de tales prendas.

EL DEPORTE.-Aquí, en esta zona del Porma hace cincuenta años apenas se conocía la palabra deporte, se hablaba más de juego. Claro que el deporte es un juego y el juego es un deporte. El deporte es un recreo, es un pasatiempo y puede ser una profesión y hasta un negocio; el juego es también, como el deporte, una diversión sujeta a reglas, una profesión o un negocio. Sin embargo donde la palabra juego entra más de lleno es en los naipes; decimos que se juega a la brisca, al tute, al mus, al julepe, al tresillo, a las siete y media, etc.. Y estos eran ente otros los juegos para mayores en las veladas de invierno en el hogar y en la cantina en todo tiempo. El juego del dominó, en cualquiera de sus variedades, es más moderno; el de las chapas ha tenido pocos partidarios y se solía jugar por Semana Santa. El deporte llamado carrera, con relevos o sin ellos, no se practica ni se recuerdan ya las carreras de rosca que solía haber en las bodas muy rumbosas. Las carreras en sacos, en zancos o con vasos llenos de liquido en una bandeja, no pasaron de ser un número que ya no se pone en los programas de las fiestas patronales.
En resumen, los deportes más en uso y que han venido a menos hasta el punto de parecer inexistentes en el día de hoy, fueron tres: los bolos, la pelota y los aluches. El fútbol murió muy joven por causas ajenas a la voluntad de los jugadores.
Era el juego de los bolos el más corriente, el más extendido en la zona y en el que intervenían jugadores de todas las edades. No se solía jugar dinero; se jugaba un cuartillo o un azumbre de vino, según el número de jugadores. Los bolos eran del cantinero que les vendía el vino, como también era del cantinero la tabla de contar.
Dos personas más intervenían en el juego de los bolos: el escanciador con su vaso y su jarra y el contador con su tablilla. Esta tablilla tenía unos cincuenta centímetros de larga por diez de ancha y terminaba por la parte inferior en un mango para cogerla mejor. A lo largo de ella tenía dos columnas de agujeros numerados a partir del cero en el que descansaban dos palillos que se iban corriendo hacia abajo hasta que la suma de los tantos cubriera o rebasara el cupo fijado por los jugadores en las tiradas convenidas. El oficio de contador con tablilla dejó de existir en la tercera década de nuestro siglo.
La pelota tuvo su mejor época entre los años 20 y 40. Anteriormente, al ensancharse la Pradera, se revistió de una gruesa capa de argamasa la pared del Palacio que daba a ella para transformarla en frontón para el juego de la pelota a mano. Al derribar el Palacio para construir la Casa Cuartel, se dejó definitivamente ese juego por carecer de lugar adecuado para el mismo.
En el año 1924 se empezó a jugar al balompié. Los niños mayores de la escuela se hicieron con un reglamento. Lo estudiaron y se constituyeron en dos equipos para jugar en un campo trazado a la orilla del río, donde se entrenaban las tardes de los jueves y algunos días festivos. El deporte gustaba y a él se sumaron pronto jóvenes de mayor edad para competir con equipos de otros pueblos, cuando los hubiera, porque por aquellas fechas no los había en los pueblos próximos. Y en eso de competir con otros equipos imaginarios se estaba cuando ocurrió lo que no se quería: aquellas praderas donde se había marcado con lechada de cal las líneas del campo, no eran terrenos comunales y sus propietarios los parcelaron para dedicarlos a otros fines. Y el fútbol murió casi recién nacido.
Más importancia han tenido los aluches; era el deporte favorito en la juventud.
Los bolos y la pelota eran juegos que solían presenciar solamente los varones. Al corro de aluches acudían hombres y mujeres de todas las edades para presenciar esa magnífica lucha leonesa que se sigue llamando aluches o lucha leonesa; era un deporte que se llevaba en la sangre, que se ensayaba desde la niñez y que viene de una época tan lejana que no se ha podido precisar exactamente.
Hasta hace pocos años no existía federación de esta lucha. La afición y la costumbre aseguraban la continuidad y establecían las reglas del juego, siendo la fuerza y la maña factores determinantes del triunfo, del que también participaban el pueblo, la zona, la ribera o la montaña a la que perteneciera el que resultase campeón
Como es natural, después vendría el comentario sobre la actuación de los luchadores y en algunos casos sobre la de la comisión o jurado, cuyo fallo era siempre inapelable.
Y al oscurecer la ronda que entonaría la canción de : tente, tente..., como de costumbre
Para los poco conocedores de este deporte resulta difícil la interpretación de algunas palabras empleadas en el mismo para designar la maña o astucia del luchador; como el retortijón, el trespiés, la gocha, la mediana, falsear la mediana, la cadrilada, la media vuelta, el volteo, etc..

Fue en las vegas del Porma y del Curueño;
los festejos ya están organizados,
y los jóvenes que luchan, preparados,
y en vencer ponen todos gran empeño.
Por saber quién del corro queda dueño,
los hombres les rodean apiñados
y ambos bandos en lucha, confiados,
la victoria enemiga creen sueño.
Ya cayeron muy buenos luchadores,
y parece que falta decisión.
¿Hay quien luche?. Que salga ya, señores!
Un momento de gran expectación;
agarrados tenemos los mejores.
Tino, el de Paradilla, campeón.

EL DEPORTE INFANTIL.- La población infantil tenía gran variedad de juegos. Los niños jugaban al marro, al calvo, a la una anda la mula, a la carrera corta, al chirlo o qué será, a la hita, a la gallina ciega, a la rana, al salto, al chito, a los bolos, a los botones, etc.
La niñas jugaban a las tabas, a las pitas, a la comba, al pite, a la raya, al corro, con canciones como: carta del rey, el mozo viejo, las hijas de María, Ramón del alma mía, dos y dos son cuatro, etc..
Había otros juegos en los que intervenían niños de ambos sexos: la tala o billarda, el escondite y ya de mayorcitos, la zapata.
Hoy los niños prefieren el fútbol, pero carecen de campo adecuado para ese deporte.
Tampoco se practicaba ese bello deporte que se llama natación. Hoy ya tenemos en la villa varias piscinas.




CAPÍTULO XVI

LA ENSEÑANZA

En una ojeada general sobre la España del siglo XIX, tan llena de acontecimientos como de invasiones, cautiverios, abdicaciones, manifiestos, regencias, insurrecciones, sublevaciones militares, extinción de órdenes monásticas y de mayorazgos, desamortización eclesiástica, guerra civil, revoluciones, levantamientos, bandolerismo, cambios de régimen y agonía colonial, parece que se quiere llegar al convencimiento de que dicho siglo no fuera el marco más adecuado para elevar el nivel cultural de los españoles, forzados a vivir año tras año en continua agitación y sobresalto.
Sin embargo en este siglo, que empieza con Trafalgar y termina con Cavite y Santiago de Cuba, con la secuela que trajo la pérdida de nuestras colonias, en medio de una gran pobreza material, abandonados por los que antes se decían amigos nuestros, en el terrible paso del mandar a ser mandados y sólo con la esperanza de que la generación del 98 pudiese enderezar por etapas el quebrantado prestigio nacional y volver a las pasadas glorias simbolizadas en "El caballero de la mano al pecho" que solía verse en el despacho de muchas casas hasta bien entrado nuestro siglo, la enseñanza en el pueblo, la cultura primaria, lejos de padecer de abandono fue reforzándose y sobre la ley Moyano ha ido creciendo y perfeccionándose año tras año hasta llegar al estado en que la encontramos hoy. Por la ley de 1857, llamada Ley Moyano, que según algunos críticos de la enseñanza tuvo más de burocrática que de pedagógica, se organiza la enseñanza bajo la dependencia del Estado, por lo que se la puede considerar, en cierto modo como base de la actual legislación.
Pero no todo fueron facilidades; la población rural, carente de brazos jóvenes para el trabajo porque se los llevaba el ejército, ocupaba a los niños en edad escolar en los quehaceres agrícolas, tan necesarios para el diario sustento de la familia, y cuando había que elegir entre el alimento corporal y el que proporcionaba al espíritu, la famosa trilogía docente de: leer, escribir y contar se quedaban con el primero sin que importara mucho los dos reales de multa con que la ley podía sancionar a los padres
A esa manera de burlas la ley y a la falta de interés en algunos sectores de la sociedad española se unía la desgana de los mal pagados maestros de la época, por lo que eran pocas las personas que se decidían a tomar una profesión de hambre, si las autoridades locales o los padres de los niños no contribuían con una retribución en dinero o en especie a su sostenimiento. A título de curiosidad histórica sobre lo bajos que eran los sueldos de los maestros diré que había escuelas de sesenta pesetas anuales. También las había de 80 y de 125. En el año de 1903 se elevaron a 500 pts. En 1914 subieron a 625 pesetas anuales y en ese mismo año se reconoció la necesidad de elevarlas a mil pesetas anuales, cosa que no se pudo realizar hasta el año 1917.
Las plazas de maestro en los medios rurales, cuando las había, se cubrían con los maestros llamados elementales o con los de certificado de aptitud, que solían ser vecinos del pueblo y que contaban generalmente con la venia del cacique o de otra persona influyente.
Poco a poco, al correr de los años, la vida fue evolucionando de manera que los pueblos, aún los más apartados de los centros culturales de alguna importancia, se dieron cuenta de que el saber, la educación, la cultura, no podía ser patrimonio de unos pocos.
No se contentaban ya con el catecismo en los portales o atrios de los templos donde se recibía la educación religiosa necesaria para aprobar más tarde el examen que había de dar luz verde al cumplimiento pascual; ni había bastantes maestros para atender a la población escolar en constante crecimiento, por lo que cualquier persona que supiera leer, escribir y contar, valía para el cargo.
Esta escasez de auténticos profesionales de la enseñanza dio lugar a que aparecieran otros maestros, en algunos casos pordioseros, especie de pícaros que se instalaban en un local cualquiera y que aprovechaban la época de las matanzas domiciliarias para llevarse en uno o dos meses una buena cesta de productos del cerdo con que los padres de los niños solían pagar a estos falsos mentores.
Pero esta labor constante en la que colaboraban muchas veces juntos el cura y el maestro, encontraba serios obstáculos difíciles de salvar en la práctica. Por un lado locales inadecuados, faltos de espacio, de material de enseñanza, de condiciones higiénicas, y por otro la inclusión de las tareas escolares de nuevas enseñanzas de acuerdo con los tiempos que corrían; enseñanzas que como la del sistema métrico decimal tardó varios años en desplazar al sistema antiguo de pesas y medidas. La variedad de pesas y medidas, aún dentro de una misma región, constituía un poderoso obstáculo para el desarrollo del comercio. En España, a partir de Alfonso X, hubo varios intentos para uniformarlas, encontrándose siempre con la oposición de los pueblos que se resistían a abandonar sus costumbres. Por fin en 1849 se implantó en España el sistema métrico decimal siguiendo el ejemplo de Francia, que lo había establecido 9 años antes
Problema importantísimo lo constituían en algunas localidades las salas o locales donde se daba la enseñanza y donde los niños iban más a perder la salud que a ganar cultura. Pero sobre este tema de locales-escuela vamos a referirnos solamente a Vegas del Condado. Para ello dividiremos el tiempo a partir de 1924 en los tres períodos siguientes: El 1º desde 1924 hasta 1926, el 2º desde 1926 hasta 1962, el 3º desde 1962 hasta nuestros días.
Primer período.- Cuando el autor de este trabajo tomó posesión de la escuela de niños de Vegas el día 1º de enero de 1924, la enseñanza en los pueblos del municipio, en cuanto a salas de clase se refiere, era muy desigual; pero ninguna sobresalía por sus condiciones de capacidad e higiene. Algunas localidades disponían de casa de concejo o casa de pueblo con dos plantas. Las escuelas mixtas, casi en su totalidad, se hallaban en la planta superior; la planta inferior se destinaba a las reuniones del vecindario, presidido por la Junta Administrativa
Vegas, capital del municipio, con una escuela de niños y otra de niñas, no tenía casa de pueblo y en cuanto a escuelas disponía de un edificio, ya viejo al final del siglo pasado, que era propiedad del ayuntamiento y se encontraba en el lugar que hoy ocupa el depósito de agua.
Constaba este edificio de dos plantas; la planta baja estaba destinada a vivienda de la maestra y se prolongaba por la espalda, o este, con un pequeño cercado o huerto que algún día debió estar tapiado, a juzgar por los cimientos no desaparecidos totalmente. A este patio se entraba por una de las habitaciones, a modo de pasillo, desde la vivienda. La planta alta estaba destinada a sala de clase, que estaba bien iluminada.
Del local destinado a escuela de niños mejor sería no hablar, pero fieles a que resplandezca la verdad histórica, lo describiremos brevemente, así como los trabajos realizados para borrar aquella vergüenza que podemos considerar como la mayor afrenta para la capital del municipio, que disponía de la peor escuela de sus trece pueblos.
Estaba instalada en una planta baja de una casucha situada en la confluencia de la calle Cuatro Cantones con la de la Botica. El local tenía la forma de un siete y se entraba a él por un pequeño portal situado al mediodía, conocido como el Portal de la tía Mónica. El suelo era de tierra y muy desigual; en uno de sus ángulos había una rinconera a modo de estante con tres anaqueles donde descansaba, cubierto de polvo, parte del escaso y anticuado material escolar. Tenía dos huecos desiguales para luz, cerrados con alambrera clavada a los marcos sin hojas de dichos huecos; el mayor de ellos con alambrera desclavada, que permitía entrar en el local sin grandes dificultades, como alguna vez ocurrió. Había dificultades para barrer el suelo por ser tierra movediza y con abundantes hoyos. En los días húmedos y fríos niños y maestro permanecían en madreñas porque además, no disponía de sitio para dejarlas y en días de nieve abundaba el barro debajo de las mesas, casi siempre inclinadas por la desigualdad del suelo y a la espera de recibir el contenido de algún tintero. Y así podíamos seguir describiendo la decoración del local, tanto en el interior como en el exterior del mismo.
Ante esta situación vergonzosa y ante la indiferencia y en cierto modo la oposición de los señores ediles a toda mejora que supusiera gasto para el ayuntamiento, los vecinos de Vegas decidieron acometer la obra por su cuenta construyendo una nueva escuela que viniese a cubrir la falta sentida desde muchos años atrás; y mientras este momento llegaba había que trasladarse a otro local que reuniese mejores condiciones para el normal desarrollo del trabajo escolar. Este se encontró pronto.
La maestra no utilizaba la vivienda de su escuela por tenerla propia mejor; sólo hizo falta suprimir un tabique y una puerta y se tuvo el nuevo local para los niños; el maestro tendría un salón de clase un poquito mejor nada más, y la maestra cobraría la pequeña indemnización que el ayuntamiento abonaba a los maestros que carecían de vivienda
Tenía el local las siguientes dimensiones: 7'35 m. de largo, 4'11 m. de ancho, y 2'10m. de alto. La puerta de entrada era la que tenía la vivienda para salir al patio posterior y para luz solamente había una ventana cuadrada de cincuenta centímetros de lado, que daba a la plaza. El número de niños matriculados en edades de seis a doce años en el curso 1924-25 fue de 64; hagan ustedes números y vean la superficie y el volumen que correspondía a cada alumno, así como la luz que percibían los más apartados de la pequeña ventana. El número y clase de mesas-banco era de siete, de las llamadas multipersonales, con capacidad para cinco o seis alumnos, según edades y tallas. El lector puede seguir haciendo números, si así lo desea.
Ese era el estado de la enseñanza en Vegas en cuanto a locales se refiere en el primer cuarto de nuestro siglo XX.
Dentro del plan trazado para seguir animando a los vecinos a que construyeran una nueva escuela se pudo contar con dos visitas que se juzgaron muy importantes; una fue la del Gobernador Civil de la provincia acompañado de algunas autoridades municipales y locales que se presentaron en el salón de clase en día lectivo, con algunos vecinos que pudieron entrar, pues las condiciones de capacidad, ventilación e iluminación de la sala, según ha quedado descrita, no permitían a más. Otra fue la del inspector provincial de 1ª enseñanza, señor Huerta, realizada el 26 de mayo de 1925.
Si la visita del señor gobernador pasó sin pena ni gloria, la del inspector, señor Huerta, caló más hondo en el fondo del problema despertando algunas conciencias todavía dormidas, aunando esfuerzos, dando instrucciones y sentando las bases sobre las que se empezaron a mover voluntades que no cesaron hasta ver cumplidos sus nobles deseos. Al ayuntamiento sólo le pidieron un solar, que no les negó; un solar donde se pudiese edificar un amplio e higiénico salón para que los niños y el maestro se sintieran cómodos al realizar su labor; las niñas ya lo tenían.
Por entonces estaba terminando la época en la que Vegas solamente era la capital de derecho del ayuntamiento, y la estafeta municipal, antes de llegar a su domicilio, solía aligerar la valija a su paso por S. Cipriano.
Pero antes de pasar a describir con detalle la labor de la junta o comisión encargada de recaudar fondos e invertirlos, quiero dejar bien claro lo relativo a la cooperación de las autoridades del municipio.
No obstante la oposición de algunos concejales del sur del ayuntamiento a toda ayuda que trajera gastos en metálico para el mismo, la corporación municipal tomó el acuerdo de ceder al pueblo de Vegas un solar en el que podía construir, por su cuenta, la escuela que estaba pidiendo y que reclamaba con urgencia, acuerdo que permanecía como un secreto o como incierto, a la espera de los resultados de la gestión que la junta pro-escuela estaba realizando; pues si éstos no eran satisfactorios, el acuerdo sería anulado; maniobra que no prosperó, pues ante la duda de si habría o no cesión del solar, los vecinos, lejos de desanimarse, redoblaron su entusiasmo y hubieran aumentado sus aportaciones si ello hubiera sido necesario.
Luego se supo toda la verdad; la escuela se construiría en el solar que gratuitamente había cedido el ayuntamiento al pueblo de Vegas en sesión celebrada el 24 de febrero de 1924; según certificación expedida por el secretario interino D. Juan Bautista G. Pallarés, con fecha 31 de mayo del mismo año, con el visto bueno del señor alcalde, que lo era, en aquella ocasión D. Javier Robles, vecino de San Cipriano.
El proyecto de la escuela nueva elaborado por la comisión con los asesoramientos que creyó oportunos, iba a ser pronto una realidad, y me es grato consignar que la Junta Administrativa colaboró en todo momento con dicha comisión, por lo que se dio feliz término en el tiempo previsto a la construcción y entrega de la proyectada obra.
La nueva escuela que se construyó totalmente con aportaciones particulares voluntarias y el producto de la venta de algunos bienes comunales, entonces improductivos en su mayoría, era un gran salón de 12 metros de largo, seis de ancho y tres metros y medio de alto. Disponía de una pizarra mural de 3'50 m. por 0'80 m. para dibujo y matemáticas. Contaba con un vestíbulo de nueve metros cuadrados y otro local igual para biblioteca. Cuatro grandes ventanas con montante giratorio permitían la entrada de la luz necesaria y la renovación del aire viciado. El piso de tabla de pino bien ensamblada y a una altura mínima de cuarenta centímetros sobre el nivel de la calle iba sujeto a gruesos vigapiés de roble que lo inmovilizaban. El techo raso llevaba dos puntos de luz, necesarios en las clases nocturnas para adultos. Un zócalo de un metro de altura pintado sobre una capa de cemento para evitar roces, rodeaba el interior de los muros. Por último, el salón reunía excelentes condiciones acústicas.
Los fondos que consiguió la comisión para construir la nueva escuela procedían:
1º.-De entregas voluntarias en metálico que iban desde 100 pesetas como la mayor a una peseta como la menor. Se aceptó una de 25 céntimos
2º.-La venta de terrenos sobrantes de la vía pública, todos ellos fuera del casco urbano.
3º.-De la venta de materiales sobrantes de la obra.
4º.-De donativos en madera, consistentes en chopos y vigas.
5º.-De la venta de la fragua y de otros bienes comunales.
Transcurridos ya más de 50 años, si el lector ha seguido con interés la lectura de este capítulo, creo que recibirá con agrado el detalle de aquellas cuentas que la comisión rindió ante el vecindario una vez concluida felizmente su gestión. Este es el detalle:
Entrega de 100 pesetas: María Fernández y D. Bonifacio Mata Polledo.
" " 50 " : Cándido Álvarez y Gumersindo Llamazares.
" " 40 " : Alfredo Llamazares, Antonio Verduras y Cándido González.
" " 30 " : Julián Martínez, Orencio Valladares, Benigno González, Epifanio Llamazares y Benigno Jalón.
Entrega de 26 pesetas: José Laso.
" " 25 " : Miguel Martínez, Teodorino González, Adonís Ruiz, Rogelio González, Emilio de Barrio, Valeriana Jalón, Felipe González, Jerónimo Carcedo, José Martínez, Regino Martínez, Ignacio Ordás, Ángel Fernández, Marcos González, Rafael Otero, Eugenio Prieto, Florentino Fernández, Miguel Eguiagaray, Diego González y José García.
Entrega de 20 pesetas: Restituto González, Eleuterio González, Miguel González, Inocencio González, Waldo González, Honorino Boixo, Tomás González, Julio Viejo, Cándido Valladares y Heraclio Laso.
Entrega de 16 pesetas: Benjamín Acevedo.
" " 15 " : Gregorio Martín, Marcelino Robles, José Boixo, Germán Robles, Lucinio Laso, Alejandro Nicolás, Daniel Viejo, Maximino Fidalgo, Antonio González, Emilio Ferreras, Orencio Llamazares, Onofre Campos, Perfecto Valduvieco, Emeterio Jalón, Máximo Llamazares, David Fernández, Ginés Rodríguez, Fidel Robles, Eladio Muñiz y Marcelino González.
Entrega de 10 pesetas. Alberto Robles, Isidoro Llamas, Vitaliano Avecilla, Carolina Mancebo, Amadeo Jalón, Jerónimo Martínez, Bernardina González, Baltasar Llamazares, Sabina Juárez, Arsenio Alas, Galo Serrano, Pedro Acevedo, Ángel Rodríguez, Celestino Llamazares, Bernardo Viejo, Joaquín Gago, Belisario Tomé, Marcelino Fernández, Alejandro Pérez, Saturnino Juárez y Fernando Martín.
Entrega de 5 pesetas: Aureliano Juárez, Nemesio García, Luciano Argüello, Asaac Viejo, Segundo Gago, Gumersindo Rodríguez, Jesús Robles, Ginés Juárez, Francisco Pernía, Bonifacio Serrano, Aniano González, Leonardo Juárez, David Cueto, Ángel Sogo, Segundo González y Marcelo Serrano.
Entrega de 1 peseta: Cándida Fidalgo y Eliseo González.
" " 25 céntimos: Antonio García.

El resto de los ingresos en metálico fue debido a la venta de bienes comunales y de materiales sobrantes según se detalla a continuación:
José Martínez, por compra de terreno del pueblo 55 pesetas
Ginés Rodríguez, por idem 225 "
Felipe González, por idem 80 "
Felipe Gonzáles y Antonio Verduras, por idem 625 "
Emilio Ferreras, por la compra de la fragua del pueblo 840 "
Varios, por el barro del pueblo 142'50 "
Por la tierra del "paredón" 247 "
Eleuterio González, por 200 ladrillos sobrantes 18 "
Orencio llamazares, por terreno del pueblo 32 "
Emilio de Barrio, por cal y yeso sobrantes 7'80 "
Epifanio Llamazares, por tejas sobrantes 4'25 "
Domingo de Barrio, por terrenos sobrantes de vía pública 63 "

También hubo entregas de madera: Antonio Martínez entregó tres vigas; y un chopo cada uno de los vecinos siguientes: Melchor González, María Llamazares, José García, Felipe Boixo, Perfecto Valduvieco, Rogelio González, Nicomedes García y Bartolomé Otero.
Como de momento no se podía calcular el importe exacto de la obra terminada, se tomó el acuerdo de realizar los acarreos y otros trabajos de menor importancia en plan de hacendera, con lo que se evitaron gastos importantes.
A continuación quiero ofrecer al lector el detalle del capítulo de gastos que nos dice con toda claridad el precio de la mano de obra y el de los materiales en aquella década de los años veinte. Este es el detalle:
A Regino Martínez, por tres talonarios de recibos 11'50 pts.
A Julián Martínez, por reintegro de una póliza 1 "
A Luciano Argüello, por un chopo 18'75 "
Herederos de D. Eradio Martínez, por tres chopos 67'50 "
Heraclio Laso, por tres chopos 55 "
Benjamín Acevedo, por levantar un muro en el huerto del Palacio 25'25 "
Antonio González, por portes de cal desde La Losilla 20 "
Pedro Acevedo, por 65 arrobas de paja a 0'60 pts más 2 pts. de portes 41 "
Regino Martínez, por un metro de cúbico de cal 19'50 "
Felipe Bayón, por 5 ventanas, puertas de la calle y una interior 602 "
Miguel Martínez, por metro y medio de cal más el porte 50 "
Emilio de Barrio, por puntas 23'85 "
Eliseo González, Julián Viejo y Marcelino Robles, por 3.487 adobes 164'75 "
A Marcos y Ponce, de vino el día del derribo del paredón del Palacio 8'25
A Gregorio Ponce, por dos sacos de cemento 15 "
A Bonifacio Mata, por cal y puntas entregadas 11'75 "
A Benjamín y Pedro Acevedo, por jornales hasta levantar la obra 831'50 "
A los mismos por el entarimado 59 "
A Florentino Rodríguez, por aserrar la madera 187'65 "
A Francisca Robles, por la tierra que dejó para hacer los adobes 15 "
A Gumersindo Llamazares, por tejas y ladrillos 479 "
A Marcos González por porte de materiales 75 "
Comida en los días que fue por ellos 6 "
A Rogelio González, por una puerta interior y dos ganchos 61'50"
A Epifanio Llamazares, de cal, clavijas y cuartones 69'10"
A Rafael Otero, por 156 adobes 12 "
Pedro Acevedo, por 3 cuartones y 2 cargadores para las puertas 5 "
Eugenio Prieto, por trabajos prestados 560 "
Miguel del Río, por 66 metros y medio de tabla y 75 barrotes de chopo 322'45
Lisardo Martínez, por aceite y pinturas 43'10
Segundo Costillas, por 16 sacos de yeso de 2ª. y 4 de 1ª, 54
Ruizfernández, por cañizo, cemento, 20 sacos de yeso y saetines 145'50
Dositeo de Barrio, por tres paquetes de puntas 9
Eugenio Prieto, por pintar las ventanas 10
A varios, por aceite, papel, polvos y brocha 12'70
A Emilio de Barrio, por cristales para las ventanas 46'55
A Alejandro Nicolás, (no se especifica) 2
A Emilio de Barrio, por un caldero y puntas 13'25
A Gregorio Ponce, por la manutención de Felipe Bayón 24
A Florentino Rodríguez, por aserrar los vigapiés 10
A Francisca Robles y Estilita González, por fregar la escuela 6
Por las llaves para las puertas 9'75

Resumiendo :
Importan los ingresos en metálico 4.218'80 pts.
Total de gastos 4.204'15 "
Hubo por tanto un sobrante de 14'65 2

El presidente de la comisión propuso se las entregaran al maestro, como así se hizo
Firman el acta de rendición de cuentas ante el vecindario Julián Martínez, como presidente, Bonifacio Mata como depositario y Epifanio Llamazares como vocal.
Fecha, 22 de febrero de 1926

Nota: El "paredón" era una pequeña parte de la antigua cerca del Palacio que quitaba superficie a la plaza y vista a la calle del Medio. La tierra de él vendida para la escuela valió 247 pts. En cambio, en línea con dicho Palacio por el poniente y por 25'25 pts. se levantó un pequeño muro que servía de cerca al pequeño huerto unido al Palacio por la parte sur.

SEGUNDO PERIODO.- En este segundo periodo se realizaron progresos extraordinarios en la enseñanza, especialmente en los medios rurales, que eran los más necesitados.
Lejos ya de las guerras carlistas, terminadas las coloniales y pacificado el Rif, la juventud regresa a sus hogares para reanudar el trabajo que habían abandonado por propia voluntad o por imperativo de la Ley.
Ocurre entonces el fenómeno natural de la explosión demográfica que tantos problemas había de plantear en la vida económica y social de los pueblos.
No existía en aquellos tiempos una planificación familiar con vistas a un futuro no muy lejano; incluso se premiaba a las familias numerosas por hijos habidos y por hijos vivos. Los pueblos crecían en habitantes y con ellos crecían también los problemas económicos de las familias, que se veían impotentes para dejar a sus descendientes en una situación, si no de desahogo, por lo menos que no careciesen de lo más necesario para subvenir a las principales obligaciones de un hogar nuevo.
Aquí, en el municipio de Vegas del Condado y en casi en su totalidad se vivía del trabajo en el campo, pues no existían industrias importantes en la zona. Pero el campo no podía acusar un ritmo de crecimiento como el de su población; de poco servía ya el reparto del usufructo de bienes comunales, cuando los había. Los bienes comunales se solían repartir en lotes iguales entre los vecinos, que los ponían en producción durante un número determinado de años, al final de los cuales se volvían a repartir entre los vecinos que hubiera en aquel momento. Pero esta ayuda económica, muy apreciada por los beneficiarios, no era generalmente suficiente para el sustento de una familia si no se disponía de otros ingresos. En el pueblo de Castrillo existe todavía el comunismo celta de los vacceos. Tampoco era suficiente el trabajo de unas fincas que la desamortización sacó de manos muertas para llenar un hueco importante en la producción agrícola, a la que podía sumarse la de otras pequeñas parcelas sustraídas al monte o la vía pecuaria. Una muestra de la desamortización en esta zona fue que en el año 1844 la Administración de fincas del Estado vendió a D. Félix Balbuena 39 tierras y 8 prados del clero secular, fincas de menor cuantía que habían pertenecido a la iglesia. El precio fue de 8.150 reales de vellón pagaderos en 20 anualidades de 407 reales y 17 maravedíes.
Todas estas parcelas, que por razón de herencias se hacían menores a cada generación que pasaba, iban convirtiéndose en improductivas, en estériles y había que recurrir a nuevos cultivos, a nuevos y caros fertilizantes y al empleo de más brazos humanos cuando sólo se disponía de una o dos parejas de vacuno y de unos arados romanos para ir arañando la tierra de labor. Eran los primeros avisos de que el modelo social que existía presentaba síntomas de crisis.
Fue entonces cuando el campesino, el labrador por cuenta propia o el arrendatario, al ver agotadas sus posibilidades de sostenimiento y de crecimiento económico, volvió la vista hacia otra parcela que podía producirle bienes en abundancia: la escuela.
Pero la escuela en aquellos primeros años de este segundo periodo y en la mayoría de los pueblos del municipio era como una continuación o como una herencia de la que conocimos a principios de siglo, tan sujeta juntamente con quien la regentaba a los vaivenes, cambios o caprichos de vecinos influyentes, de caciques o de autoridades locales. Era urgente el cambio y la escuela se cambió; sin grandes prisas pero se cambió. En septiembre de 1932, el maestro de Villanuesa D Esteban Verduras, tuvo que acudir al señor alcalde, al señor inspector y creo que también al señor gobernador, para que el presidente de la Junta Vecinal de dicho pueblo le devolviera la llave de la escuela, que le había pedido con el pretexto de una reparación, que no se hizo y que impedía a maestro y niños comenzar el curso. Por aquellos tiempos había en el pueblo una escuela particular.
No se podía continuar en aquellos salones faltos de espacio y de condiciones higiénicas a los que los niños de seis a siete años no asistían los días fríos y los mayores las abandonaban al empezar los trabajos del campo o del pastoreo, por lo que se daba el caso de escuelas con una matrícula superior a cincuenta alumnos que daban una asistencia media en el curso inferior a veinte alumnos.
Pero no sólo era la existencia de locales inadecuados para el normal desarrollo de las clases; había otros problemas que no podían resolverse de momento y que era necesario no se prorrogasen por mucho tiempo. Uno de esos problemas era la escasa preparación de muchos maestros, con estudios muy elementales y con poco interés en perfeccionarlos por la baja retribución y estímulo que recibían de los poderes públicos.
Estos maestros, cuando llegaban a la escuela y se encontraban con aquel conglomerado de alumnos constituido por todos los niños del pueblo en edad escolar, se veían impotentes para el normal desarrollo de su labor.
Por aquellos años llegaban al medio rural, siempre con retraso y a paso lento, noticias de centros donde la escuela activa iba desarrollando con éxito su progreso educativo y se hablaba de lecciones de cosas, de centros de interés, de programas escolares y de clasificación de los niños. Pero la rutina seguía oponiendo resistencia a toda innovación, agrupando a los niños en escuelas de numerosa matrícula, en dudosos niveles para entregarlos a pasantes que el mismo maestro nombraba. Si a esto añadimos que por la carencia de centros para subnormales éstos asistían a la escuela pública mezclados con los demás niños y de cuya educación hacían responsable al maestro que no estaba preparado para esa enseñanza especial, se comprenderá los desacertados motivos en los que se fundaban muchos padres para censurar públicamente la labor del maestro de sus hijos; y niños deficientes mentales había en muchas escuelas.

La construcción de la escuela de niños de Vegas fue como un aviso, como una alerta que puso en vela a otros pueblos del municipio que por fin se decidieron a construir la suya con sus propios recursos, sin esperar a promesas de políticos en tiempos de elecciones y que solían parar sólo en eso, en promesas.
Comenzó el pueblo de S. Cipriano al que siguieron Villafruela y Castrillo; Moral tampoco se retrasó así como Cerezales. Villanueva, San Vicente, Castro, Represa, y últimamente Santa María dispusieron en pocos años de nuevos locales, más amplios, más higiénicos y en algunos casos con moderno material; algo importantísimo para que la población escolar sintiese el deseo de ocupar en ellos un puesto o un asiento cómodo del que antes carecían.
Coincidiendo con esta mejora tan necesaria comenzaron a llegar a las escuelas del municipio nuevos maestros, que ya desde 1915 se les llamaba nacionales y que dotados de una mejor independencia económica y de mayor cultura fueron borrando aquella vieja estampa que tanto daño produjo a la infancia al quitar prestigio a quien tenía en sus manos la educación de la misma.
Estos nuevos maestros, que habían cursado sus estudios en las escuelas normales, llegaban al medio rural con una preparación hasta entonces poco conocida; preparación que seguía ampliándose con la asistencia a cursillos y perfeccionándose con la superior competencia del inspector adscrito a la zona.
La primera escuela normal se estableció en Madrid en el año 1839, siendo Montesino se primer director, al que siguió el calígrafo Yturzaeta. En León la conocimos en el caserón de la plaza de D. Gutiérrez; de allí se trasladó a la calle del Cid, a la vieja casa que dejó la Beneficencia en cuyo solar se levantó más tarde la Audiencia Provincial. Por último se instaló en el moderno edificio que tiene hoy al comienzo de la carretera Asturias.
Uno de aquellos primeros cursillos tuvo lugar en agosto de 1926. Estuvo presidido por el Director General de 1ª Enseñanza y los rectores de las universidades de Oviedo, Salamanca, Santiago y Valladolid. Explicaron lecciones 36 profesores de escuelas normales, inspectores e 1ª enseñanza y maestros nacionales de 17 provincias sobre el problema del analfabetismo, la asistencia popular a la Escuela Nacional, la técnica pedagógica y las instituciones complementarias de la escuela.

Al interés despertado por la moderna escuela primaria se unió bien pronto el de las clases nocturnas para adultos, a las que asistían numerosos alumnos, algunos de avanzada edad con hijos en la escuela primaria con el deseo de ampliar en lo posible las enseñanzas recibidas de niños.
Puede asegurarse que al finalizar este segundo periodo, aquel 11 % de analfabetos de los años veinte, había desparecido totalmente, y al confeccionar las listas del censo de personas mayores de edad podía suprimirse, por innecesaria, la casilla donde se contestaba a la pregunta de si se sabía leer y escribir..
Hubo también momentos en los que se pensó en la posibilidad de que aquella cultura primaria que salía de la escuela quedase congelada por carecer de bibliotecas para que el alumnado adulto continuara formándose, instruyéndose aún después de abandonar las clases; pues en las casas de vecindad escaseaban los libros, las revistas y los periódicos. Puede asegurarse que en gran número de los hogares, al empezar la década d los 20, no existían más lecturas que algún sumario de la bula de la Santa Cruzada, el catecismo, un devocionario con vía crucis para Semana Santa y el calendario zaragozano, que juntamente con la experiencia de algunos pastores y la propia del labriego, constituían el mejor compendio de meteorología a disposición del hombre del campo.

En 1912 se establecieron las bibliotecas llamadas CIRCULANTES, que se enviaron a las provincias, donde se las dividió en tantos lotes como de partidos judiciales había para que recorrieran los pueblos como ahora hace el Bibliobús; disposición digna de alabanza, pero que no llegó a cumplir plenamente aquella misión para la que fue creada. Otras disposiciones oficiales, como las que establecieron la Fiesta del Árbol y las Mutualidades Escolares, tampoco tuvieron una próspera y larga vida, debido tal vez a las limitaciones impuestas por el carácter puramente educativo con que se crearon.
La Ley del 57 estableció la enseñanza obligatoria y gratuita para los que no pudieran pagarla, condición esta última que por ser imprecisa dio lugar a distintas interpretaciones. ¿Quiénes eran los que no podían pagarla; los pobres de solemnidad incluidos en el censo de la beneficencia municipal?. Lo cierto es que al empezar nuestro siglo, casi la totalidad de los niños que asistían a las escuelas públicas en este municipio disponían de un pequeño equipo escolar que, en algunos casos, ya había servido para algún hermano mayor e incluso para sus padres; equipo que venía a responder a aquella famosa trilogía ya mencionada, pero en un grado muy elemental.
Estamos ya en la clase de lectura. Se empezaba con la palabra CRISTUS, nombre que se daba a la cruz que precedía al abecedario en la cartilla. Seguidamente se pasaba al conocimiento de las letras y de sus fonemas. Después de estar silabeando un año entero se pasaba al insípido y "más difícil todavía" Libro Segundo para terminar ya en los últimos años con libros de lecturas como el Juanito o manuscritos como el Guía del Artesano . Para memoria tenían el catecismo, la Historia Sagrada y la Gramática, que solían escribirse por preguntas y respuestas. De momento para la Aritmética bastaban las tablas para iniciar a los niños en el cálculo.
Completaban el equipo escolar pizarra y pizarrín, una pluma y unas cuartillas de papel pautado para la escritura con una o dos líneas de muestra. Cuando el papel carecía de estas muestras se utilizaban unas tablillas que solían verse colgadas de las paredes de la clase con varias series de la caligrafía de Iturzaeta, recomendada por el Gobierno; el resto del material de enseñanza lo ponía la escuela.
En el año 1892 se dispuso que todas las escuelas públicas tuvieran a la puerta, durante las horas de clase, el escudo y la bandera nacionales, medida que creemos fue inspirada por un sentimiento patriótico, porque para saber dónde estaba la escuela pocas veces hacía falta tener a la puerta un escudo y una bandera, nos lo decía a distancia el monorrítmico canto de las tablas de aritmética, en especial la de multiplicar.
Esta fue a grandes rasgos la escuela y la enseñanza heredadas del pasado siglo y que todavía vivieron algunos años del presente. Para cambiarlas, para vencer una costumbre de siglos, hubo que trabajar mucho. Era urgente salir de aquel caos de leyes, disposiciones, decretos, órdenes, cédulas reales, etc. etc., que sólo conducían a una confusión por lo poco que duraban; había que llegar a una situación estable, segura, para que la enseñanza no sufriera deterioro con tanto cambio, cuando éstos no significaran un avance para modernizarla y ponerla en condiciones de aceptar cualquier reforma que la diera el prestigio que siempre mereció y que antes no tenía.
Y así, en esta situación de escuela nueva, de enseñanzas nuevas, de técnicas pedagógicas nuevas y programas antes desconocidos, se llegó al final de este segundo periodo.

TERCER PERIODO.- Es a lo largo de este tercer periodo cuando las escuelas se quedan sin alumnos. Ocurre en él la dispersión de la familia campesina, ya iniciada en el periodo anterior.
El obrero agrícola y el pequeño propietario saben lo que sus jornales o sus tierras pueden dar de sí al aumentar año tras año la mecanización del campo y deciden abandonarlo
En los países o zonas industriales hacen falta brazos y en el campo sobran; la emigración, si no es intensa al menos es continua. Los que no encuentran colocación más allá de nuestras fronteras se quedan a este lado y muchas personas de la llamada tercera edad, consideradas ya como jubiladas para el trabajo en el campo, dejan vacía aquella vivienda que pudo ser hogar de una familia numerosa y se van a vivir a la ciudad. Los que se quedan, que también los hay, disponen de sus tierras y de las ajenas; y ya no van al campo con la azada al hombro ni apoyan sus manos en una esteva para recorrer una y cien veces lo largo de sus tierras; hoy apoyan sus manos en el volante de una máquina y van sentados a sus fincas mientras a la puerta de sus casas o en el patio de las mismas esperan turno para el trabajo el tractor, la segadora, la empacadora, la cosechadora y otras máquinas menores.
Los modernos medios de comunicación y una mayor cultura del sector agrario están despertando apetencias en el camino de la perfección en el trabajo del campo, así como en el disfrute de los conseguidos por el mismo. Hay, como siempre, desigualdades, pero también es cierto que está alboreando una nueva clase social: la aristocracia campesina.

Pero volvamos a la enseñanza, objeto principal de este capítulo.
Durante este tercer periodo, que hacemos llegar hasta el año 1975, se han cerrado siete escuelas de las veinte que tenía el municipio; solamente el pueblo de Vegas conserva las dos que tenía (recientemente se suprimió la del maestro quedando una mixta para los más pequeños).
Desconocemos los proyectos que tienen las autoridades provinciales de la enseñanza para el futuro, pero creemos que serán varios los pueblos del municipio que en los años próximos se queden sin escuela por razones de concentración o por falta de alumnado
En el primer cuarto de nuestro siglo las profesiones que se consideraban de mayor categoría en el medio rural de esta zona del Porma, aparte de la de agricultor o labrador, eran la de cura, la de maestro, la de guardia civil, la de médico y la de veterinario. El cura gozaba de la máxima consideración y respeto, hermosas cualidades con las que no solían adornar a los maestros. Al guardia civil se le respetaba, pero sobre todo se le temía. El médico, que ejercía su profesión en varios pueblos, se le sustituía algunas veces por el curandero, que también los había; igual ocurría con el veterinario. Claro que ni los curanderos de personas podían extender certificados de defunción, ni los de animales, certificados de sanidad para el consumo de animales muertos.
Todavía no se conocía la señal de tráfico "stop" en los cruces de nuestras carreteras, pero el agricultor, en esta zona del Porma, se la ponía en castellano a sus hijos cuando manifestaban deseos de recorrer caminos que les llevaran a profesiones distintas de la de sus padres. Todo esto ha cambiado profundamente; los padres de familia, que en general han mejorado su situación económica, quieren para sus hijos algo más que los estudios primarios y los llevan a escuelas especiales, a institutos y a facultades universitarias y con el señuelo de la igualdad de oportunidades van en busca de otros horizontes para situarse en posiciones que juzgan más elevadas que aquella en la que se criaron y a la que no piensan volver, porque empezarla de nuevo resultaría costosa por los grandes desembolsos que llevaría consigo, aunque se dispusiera de fincas propias.

Tres son los hechos más importantes en orden a la cultura en este tercer periodo:
1º.- La construcción de nuevas escuelas y viviendas para los maestros.
2º.- La construcción de un edificio destinado a casino.
3º.- La gran difusión de la lectura a la que tanto contribuyó la biblioteca escolar.
1º.-ESCUELAS Y VIVIENDAS NUEVAS. No todo el solar del antiguo palacio fue ocupado por la casa-cuartel de la guardia civil. Al norte del mismo quedaba espacio suficiente para construir escuelas y viviendas para los maestros, quedando todavía campo para recreo de los niños.
Existía el temor de que este espacio tan céntrico y bien situado fuera aprovechado para otros menesteres en cualquier momento y también se suponía que el bloque formado por ambas escuelas y la casa del concejo sería derribada en los próximos años por haber quedado totalmente aislado, robando suelo a la plaza y quebrando sus líneas. ¿Adónde irían entonces las escuelas?. Por eso se creyó que no debería de perderse aquella oportunidad.
El plan, no obstante la subvención por parte del Estado, originaba gastos importantes. La Junta Vecinal no disponía de fondos suficientes y al pueblo apenas le quedaban bienes comunales a los que echar mano; casi se puede decir que hubo que inventarlos valorando lo que hasta entonces carecía de valor. Por otra parte, ¿por qué se iban a lanzar a resolver un problema costoso que ya tenían resuelto de antemano casi en su totalidad?. Esto fue lo que se dijo o se quiso entender en las oficinas del gobierno civil de la provincia. Podemos afirmar que los intentos de llevar a cabo tan ambicioso proyecto iban debilitándose por la falta de una voluntad firme en los cargos directivos que no quisieron o no supieron continuar la gestión. Era más fácil cambiar al hombre que de idea; y el hombre pareció. Sabía que iba a enfrentarse con dificultades económicas, sociales, políticas y hasta familiares: fue quizá el problema que más noches le quitó el sueño durante su mandato como presidente de la Junta Vecinal, pero se propuso resolverlo y lo resolvió; y ahí está la obra terminada.

2º.- EL CASINO. El casino puede ser un elemento importante de cultura cuando sus actividades están reglamentadas a ese fin y se cumplen.
En Vegas ya existió una sociedad cultural llamada casino LA AMISTAD, fundada en la década de los años cincuenta por un grupo de vecinos con fines de recreo, pero sobre todo de cultura. Por aquellos tiempos fue declarado en ruina el palacio ocupado entonces por la guardia civil, que tuvo que desalojarlo. Por la autoridad competente se cedió al Casino una de las habitaciones que ofrecía mayor seguridad para que la usara como domicilio provisional donde pudiera desarrollar el programa cultural que figuraba en su reglamento aprobado por los socios reunidos en asamblea. Más tarde, al ser derribado el Palacio, el Casino se trasladó a un local de la calle Cantarranas, donde vivió los últimos días de su existencia.
No vamos a describir con detalle las actividades de esa sociedad en su domicilio, en su localidad y en otros pueblos, como la realizada en el gran patio del mesón de D. Manuel Llamazares en Puente Villarente, en escenario improvisado pero sencillo y elegante; fiesta a la que acudió gran parte de la juventud de los pueblos próximos, que fue obsequiada, ya fuera de programa, con una selección de canciones navarras entonadas por el Niño de Pamplona.
Vamos a referirnos concretamente a las actividades del Casino en su propio domicilio: eran de tres clases y respondían totalmente al articulado del reglamento que las clasificaba en: culturales, recreativas y mixtas. Las primeras estaban constituidas por lecciones semanales sobre temas de la ciencia o del arte, si bien de forma elemental y terminaban casi siempre con un ameno diálogo.
En cuanto a los actos recreativos se reducían a reuniones no obligatorias en el local social para conmemorar algún acontecimiento importante o para ser protagonistas del mismo. El juego estaba prohibido. Las reuniones con fines recreativos solían tener lugar los días festivos o la noche anterior.
La más célebre de estas reuniones nocturnas tuvo lugar en la noche del 31 de diciembre de 1954. Uno de los socios, un poco apartado del resto, fue componiendo, improvisando, unos versos alusivos al acto que se iba a celebrar. Parece que con ellos no pretendió una belleza artística sino un número más en la broma, en la diversión de aquella noche final del año. El autor se autonombraba GALÁN y los leyó momentos antes de dar las doce campanadas.
Los versos fueron éstos.

RUEGO
Con el debido respeto
y máxima sumisión
pido disculpa a la Junta
por leer esta lección.
Y si a los versos que lea
a juzgarlos mal se inclina
no eche la culpa al autor
porque la tiene la rima
CÓMPUTO
Señores socios que aquí
habéis venido a tomar
las doce uvas de rigor,
pronto las vais a jamar
Conviene saberlo ahora
y que lo sepa la gente,
y que tampoco lo ignore
nuestro nuevo presidente.
Que quede bien registrado
con el gran anecdotario
que figura en el archivo
personal del Secretario.
También debe conocerlo
aunque en el puesto tercero
y anotarlo en el haber
nuestro digno Tesorero.
Y para que bien lo sepa.
aunque anoche estuvo ausente.
se lo comunico ahora
al que es Vicepresidente.
Falta una sarta en la cuenta
de este estupendo rosario.
es la voz también ausente
de nuestro Bibliotecario.
Y desde el socio primero
hasta la entrada de aquél
en llegar aquí el postrero
todos lo deben saber.
Para que al sonar la hora,
el momento, la ocasión.
vayan tomando una a una
cada golpe de reloj
Y así, todos reunidos,
al finalizar las doce
saludemos al nuevo año
con azucaradas voces
GRACIAS
Gracias. Señor Presidente,
gran calidad de asturiano
con méritos suficientes
para besarle en el...cuello.
Gracias señor Secretario
y anote hoy este consejo
para que todos lo sepan.
a más viejo...más edad.
Gracias, señor Tesorero,
disimule este saludo
porque está usted mereciendo
que le besen en...la cara.
Gracias, Vicepresidente,
coma usted uvas a pasto,
que por no venir anoche
tendrá que pagar el gasto.
No hay para el Bibliotecario
que no está aquí en este instante,
al no venir a la fiesta
ha salido un gran tunante.
Gracias a todos los socios
que vienen a este Casino,
que es un centro de cultura
donde no caben pollinos.
Gracias, damas que venís
a olvidar muchas ausencias
porque para estar contentos
nos bastan vuestras presencias.
Gracias por saber lucir
vuestro encantador corpiño;
si en Navidad no hubo Gordo,
que os toque en la del Niño.
Gracias a todas y a todos,
los que vienen, los que van,
os desea un feliz año
éste que firma GALÁN.

El éxito que alcanzó en los primeros tiempos dicha sociedad cultural dio lugar a que ingresaran en ella numerosos jóvenes, que constituyeron mayoría.
La Junta Directiva era la administradora de los fondos de la sociedad, que estaban integrados principalmente por las cuotas de los socios. También tenía a su cargo redactar el programa de los actos más importantes a celebrar durante el año de su mandato, pues se renovaba todos los años en el mes de noviembre. Y ocurrió que en uno de esos meses se eligió una nueva Junta, que quizá tuviese en su ánimo el deseo de mejorar, de perfeccionar la sociedad con arreglo a su joven experiencia, permitiendo ciertas diversiones que no figuraban en el Reglamento.
No tardó mucho tiempo en morir como algo inútil a los fines para los que fue creada. En el último artículo de lo que fue su Reglamento se disponía que en caso de disolución de la sociedad, todos sus bienes serían entregados a la beneficencia municipal para su reparto entre los vecinos del pueblo que estuvieran inscritos en la misma. Nos atrevemos a suponer que así se haría.
Actualmente se ha cubierto un nuevo edificio al lado de las escuelas que en principio y según sus promotores, se pensó destinarlo a casino, en su planta alta. Se ha construido con aportaciones populares que, según parece, se han agotado porque las obras están paralizadas desde hace varios meses. Malos tiempos para constituir sociedades, añorando quizás, un reglamento incinerado, en una localidad donde el elemento humano del que podían salir los futuros socios, está en baja constante.
Pero la obra debe de ser terminada; después valdrá para algo más de lo que vale ahora.

3º.-LA BIBLIOTECA.-Durante este último periodo y debido principalmente a la ayuda estatal ambas escuelas contaban con material de enseñanza moderno que iba aumentando según las posibilidades de sus presupuestos. Pero nos vamos a detener solamente en la biblioteca escolar, importante elemento de cultura del que carecían la mayoría de nuestros pueblos y que aquí, en Vegas, estuvo siempre a disposición de los lectores de ambos sexos, que la utilizaban principalmente durante los meses de noviembre a febrero.
La biblioteca de la escuela de los niños nació y creció del siguiente modo: Ya queda dicho al final del primer periodo de este capítulo sobre la enseñanza, que las 14'65 pesetas sobrantes de unas cuentas se las entregaron al maestro para que dispusiera libremente de ellas. Ese fue el origen de la biblioteca escolar.
Téngase en cuenta que por aquellas fechas se podían comprar libros de autores españoles o extranjeros por dos pesetas y aún por menos. Incluso el Quijote completo, encuadernado en cartoné, editado unos años antes con motivo del centenario de la muerte de Cervantes, se podía comprar por una peseta; hoy casi increíble.
En el año 1928, la Inspección de Enseñanza Primaria remitió a la escuela de niños, para su biblioteca, un lote de diez libros para lectura y estudio; pero el envío más importante tuvo lugar durante la Segunda República. El Patronato de Misiones Pedagógicas remitió un lote de cien libros y con ellos unos talonarios para préstamos a lectores y abundantes pliegos de papel para forrarlos.
La biblioteca siguió sin interrupción al correr de los años y con arreglo a las posibilidades de su presupuesto escolar, aumentando sus volúmenes.
Últimamente, en la primavera de 1966, se recibió otro importante lote de libros enviado por la Inspección (Biblioteca del Centro de C. Pedagógica), libros que, por jubilarse el maestro pocos días después, pasaron a la escuela de niñas por orden de la Inspección.
Al jubilarse el maestro, y según consta en el inventario firmado por el alcalde a quien se hizo entrega de la escuela, vivienda y material escolar, la biblioteca de la escuela de los niños, independiente de los libros empleados para lectura y estudio por los escolares, constaba de 160 volúmenes. Todos estos libros llevan en varias de sus de sus páginas el sello en tinta de la escuela de los niños.
A una distancia de más de doce años de aquellas fechas, desconocemos el estado y funcionamiento de la misma; pero sabemos que hay afición a la lectura, como lo prueban las visitas que se hacen al Bibliobús los días que entra en la villa de Vegas.




CAPÍTULO XVII

EL MOLINO DE LA GRIEGA

Es una fábula transmitida de padres a hijos en la que hoy nadie cree.
Las gentes de más edad, allá por los años 20 de nuestro siglo, lo contaban como un hecho extraordinario ocurrido hacía muchísimo tiempo atrás, pero ya con dudas sobre la veracidad del mismo.
Para entendernos mejor creo conveniente localizar el lugar donde estuvo situado el supuesto molino.
En la orilla sur de la Quebrantada y en la parte más alta de la misma, existieron hasta hace pocos años los restos desordenados de un cimiento que pudo servir de base a una edificación grosera construida en la Edad Antigua y que los años, las lluvias, la erosión y otros agentes físicos, en una pendiente casi vertical que deja al descubierto capas de tierra de distinto grueso y colorido, formadas quizás por oleadas de aluviones terciarios del plioceno, han ido arrastrando hasta el fondo del arroyo que allí mismo nace. La tradición dice que en el borde de ese precipicio de casi doscientos metros de altura se intentó construir un molino, "El Molino de la Griega". No iba a ser un molino de viento como los de Holanda, como los de La Mancha. Pretendía moler con agua traída de lejanas tierras por un canal o ancho surco que la Griega abrió con el tarugo trasero de una de sus madreñas.
Las dificultades que encontró la molinera para realizar su proyecto fueron grandes; pero ella, haciendo alarde de su orgullosa soberbia, y como herida en su propio honor, no quiso contar con la ayuda divina y lanzó al aire aquella blasfemia, aquel desafío que dice: "Quiera Dios o no quiera ha de moler el molino de la Griega".
Y cuentan las hablillas que un día, cuando las aguas llegaron al molino, cedieron bajo su empuje los muros del mismo y el líquido elemento se precipitó por la pendiente dando origen a ese gran hueco que se conoce con el nombre de La Quebrantada.
La Griega no consiguió su propósito pero el lugar ahí quedó y el atrevido y supuesto desafío, captado por la fantasía popular, ha formado una leyenda que el admirado cronista leonés, Ángel Suárez Ema nos quiso recordar en una de sus crónicas "Calle de Matasiete" en agosto de 1962.
Antes de este fecha ya se conocía fuera de nuestra provincia la fábula de "El molino de la Griega", referida a estas tierras del Porma..
Allá por los años cuarenta de nuestro siglo, un agustino, el eminente arqueólogo P.. Morán, escribió desde Madrid sendas cartas al cura y al maestro de Vegas; quería conocer lo que la tradición decía del molino de la Griega. Sobre este tema ya había hecho algunos estudios referidos a nuestra provincia, pero el de Vegas del Condado lo desconocía totalmente y quería conocerlo, y si era posible visitar el lugar de su emplazamiento. Para ello tuvo que hacer el viaje desde Madrid.

-Si apenas existen señales; algunas piedras sueltas, cantos rodados y en desorden que pueden ser restos de un antiguo cimiento y nada más.-
-No importa; quiero verlo de cerca-
El día ya tocaba a su fin. Los últimos rayos solares, al estrellarse en el barranco de la Quebrantada daban a sus muros rojizos un tinte más subido; hasta las encinas centenarias, que continúan orlando la elevada cresta de la gran sima ocultaban su sombra, proyectándola a espacios invisibles.
El padre Morán se detuvo un momento junto a los negrillos del Praderón para contemplar aquel espectáculo tan lleno de color.
-Allí, en la mayor altura de la parte sur está el molino-.
-Este paisaje no me lo pierdo, lo llevaré conmigo-.
Y así lo hizo. Una pequeña máquina fotográfica que ocultaba en su abultada cartera se encargó de hacerlo.
Seguimos caminando.
-Pero,¿va usted a subir a esa altura, la mayor de estos contornos?-. Tendrá que cruzar el río y llegará entre dos luces; no podrá observar con detalle lo que quiera ver.
-No puedo esperar, quiero regresar mañana a Madrid y de allí pasaré al norte de África; tengo distribuido así el tiempo; ¿qué le parece?. Pero esta tarde necesito un guía que me enseñe el camino, si lo hay y si es posible que me acompañe hasta el mismo molino; no puedo perder tiempo.
Un joven, todavía en edad escolar, hijo del autor de estas líneas, se ofreció a servirle de guía
Ya de noche regresaron.
-¿Pudieron ver algo?-
-Sí, es lo que suponía; no hubo tal molino, como tampoco lo hubo en otros lugares, porque no crea usted que éste es el caso único en nuestra provincia de León.
-¿Cómo explicar la existencia de esas piedras en ese lugar y el ancho surco que todavía se nota y que trae la dirección del vértice geodésico situado a más de 300 metros del lugar del molino?.
-La explicación es fácil; molino y surco vienen de una época que dista muchos siglos de nosotros. Durante la dominación romana eran varios los lugares de nuestra provincia donde se buscó el oro y en algunos casos se llegó a encontrarlo. El mejor ejemplo lo tenemos en Las Médulas. Tampoco cabe duda de que en ciertas zonas donde se comenzaron las explotaciones guiadas por algunos indicios del suelo, hubo que abandonarlas por su escaso o nulo rendimiento. Ese enorme hoyo de la Quebrantada pudo ser uno de esos lugares.
-¿Y los del molino?-
-Mire usted, en aquellos tiempos en esta clase de explotaciones era necesaria el agua. Para cavar y remover las capas de tierra dura la humedecían antes. Cuando el lugar de la explotación estaba en sitio que carecía de agua, la llevaban por medio de canales tomándola de algún río o de algún manantial-.
-Pero este caso es diferente. Los manantiales más próximos están lejos y en niveles más bajos; sus aguas no podían correr por ese surco
-Pues es a lo que tuvieron que recurrir para recoger aguas pluviales. Es posible que ese surco naciese en ese vértice que usted dice como punto más alto. El agua de la lluvia recogido en él iba a parar a un depósito desde donde la distribuían para humedecer las capas de tierra dura que luego removían con más facilidad. Ese enorme hueco agrandado por las lluvias y por la erosión tuvo su origen en los trabajos de esa explotación, que no tardó en ser abandonada por no ser rentable, como ahora se dice. Las piedras del cimiento del depósito de agua y el mencionado surco no son más que débiles recuerdos sobre los que la fantasía popular ha creado una leyenda que no es única en esta provincia, como antes le dije, ni la más importante.
Después de esta amena conversación con el padre Morán me inclino a creer que la persona administradora o simplemente encargada del "molino" pudiera ser de origen griego. Téngase en cuenta que antes de venir los romanos a nuestra patria había sido colonizada por fenicios y griegos, y que la civilización feno-helénica no estuvo limitada al litoral mediterráneo, sino que penetró profundamente en el interior de la península, en especial la griega, cuya fácil fusión con la raza celtíbera obedeció en gran parte a su superior cultura, que la permitía una mejor adaptación a las condiciones de vida de los naturales; mejorándola en lo posible, teniendo a su favor, para mejor conseguirlo, la raíz común de sus lenguas.
En virtud de esa fusión, las colonias griegas extendieron pronto su influencia por el interior de Hesperia, que así llamaban los griegos a nuestro país, desplazándose muchas gentes a su interior donde vivió su descendencia, sometida más tarde a los romanos, hasta extinguirse definitivamente por su salida de nuestro país o por la total fusión con los naturales. Y pudo ocurrir que los romanos, como dominadores tuvieran al servicio de aquel depósito de agua a una familia de origen griego, descendiente de una de las muchas que había en el interior de nuestra tierra a finales del siglo tercero antes de Jesucristo. Ese pudo ser, según su teoría, el motivo que puso nombre al famoso molino.




CAPÍTULO XVIII

EL CANTO COMO RECREO POPULAR

Los pueblos trabajadores que saben organizar sus faenas con arreglo a un horario de estación, de mes, de semana o de día, dedican también algunas horas al esparcimiento; al recreo por medio del juego, del deporte o del canto. Y en esto sí que no hay una línea clara que separe a los niños y jóvenes de los mayores. No es que las personas mayores se pongan a jugar al marro, a la billarda, o a la una anda la mula, pero cantan solos o acompañados y los niños y jóvenes aprenden de ellos música y canciones.
Y de estas canciones como recreo popular, entonadas principalmente por la juventud, vamos a tratar aquí dejando las que se cantaban en el baile para otro capítulo.
Fueron los primeros años de nuestro siglo años de coplería. Los ciegos no constituían una asociación nacional; cada uno organizaba su propia vida y era frecuente verlos acompañados de un lazarillo recorriendo nuestros pueblos durante los otoños, entonando canciones que acompañaban casi siempre con música de violín o de acordeón. Algunas veces vendían coplas con relatos sensacionales de hechos inverosímiles. El público escuchaba los cantares y compraba las coplas que más tarde, en las veladas de invierno o en una ronda, se entonaban bajo la dirección de quien mejor había sabido captar las vulgares melodías.
Por otra parte la guerra de África inspiraba a nuestros poetas multitud de canciones amorosas que se extendían rápidamente por todas nuestras provincias; y unas veces era el soldado maño que padecía de amores y escribía a su prometida:

Llevo junto a tu retrato
a la virgen del Pilar
a ti para verte siempre
y a la virgen "pa" rezar.

Otras veces era la moza de León o de Castilla que añoraba la vuelta de su amante y expresaba así el dolor de su atormentado corazón:

!Qué tormento es el sufrir
por la ausencia de un querer!.
Ojos que le vieron ir
cuándo le verán volver!.

El cancionero con carta de naturaleza no se ha estudiado bien en esta zona de Vegas; nadie, que sepamos, ha penetrado a fondo en la aptitud poética de estas gentes para analizar su expresión artística por medio de la palabra, del verso, de la canción; más bien se han fijado en mínimos detalles de producciones groseras para rebajar la belleza de una composición que ya había nacido sin ella.
En Vegas se dio un famoso caso de autor desconocido que quiso meterse a poeta sin serlo. La desfachatez o la copla, por llamarla de alguna manera, no tenía nada de poesía, ni siquiera de canción. El autor iba relacionando a los 140 vecinos casa hita que tenía el pueblo de cuatro en cuatro, nombrándoles por el mote o apodo con que se les conocía. El que no tenía apodo se lo ponía él. Parecía más bien la obra de un pícaro burdo que no se atrevió a suscribirla para evitarse el sonrojo. Pocos se acuerdan ya de aquella desafortunada rima de motes que sólo en espíritus mezquinos pudo vivir algún tiempo.
Cuando la copla aparecía en un pueblo solía tener como principal o como única protagonista a una mujer soltera. No hay detalle en la vida social de la moza que escape a la atención, a la vigilancia del joven que lo cuenta a los amigos, a los compañeros, adornándolo con ciertos matices y hasta con exageraciones. Y del comentario en el conjunto de apreciaciones surge la copla que, de momento se canta a puerta cerrada; pasando algún tiempo después a los pueblos próximos, porque en aquél donde reside la joven no suele cantarse en público.
Una de las coplas que se cantó mucho en la tercera década de nuestro siglo fue la de la Gabriela. Sus versos se cantaban en las rondas de los sábados por la noche y en muchos hogares en la sobremesa de los días festivos.
La Gabriela, según la copla, era una mujer rica, ambiciosa y egoísta; no quería ayudas que costasen dinero. Sus fincas las maltrabajaba ella y la producción era escasa.
Y surgió la copla:

Dicen que Gabriela tiene
dos pares de bueyes píos,
y que labra mucha tierra
y recoge poco trigo.
El linar de la Gabriela
no produce lino alguno,
ya va siendo hora que salga
de esa chimenea humo.
Pobre Gabriela,
pobre Gabriela,
si tú te casas
ninguna queda.

Con mayor éxito se cantó durante muchos años una copla que nació en el pueblo de Cerezales, cuando todavía se decía Cerezales de Rueda. Estaba escrita en cuartetas, versos octosílabos asonantados el 2º. con el 4º. El verso 1º. de cada estrofa era igual al 4º. de la estrofa anterior. No se acompañaban de estribillo.
Los mozos y casados jóvenes del pueblo de Cerezales la cantaba a su paso por los pueblos de Puente Villarente, Marne, Villaturiel, Mancilleros, Roderos, Villarroañe y hasta en Vega de Infanzones cuando a estos pueblos llevaban carros de leña de roble para cambiarla por vino.
Los versos de la copla estaban bien hechos y su música gustaba por lo que se los oía con frecuencia en las rondas callejeras de los oscureceres lugareños de la 2ª. y 3ª. década de nuestro siglo.
No sabemos quién fue el autor. La copla estaba inspirada en la picaresca juvenil de principios de siglo y que yo no me atrevo a transcribir para no herir las susceptibilidades de algunas familias que no la verían con agrado.
Los pueblos no se contentaban con lo que ellos mismos producían; recibían con agrado otras canciones, otros poemas que entraban por distintos caminos y que hacían olvidar las coplas de ciego y los viejos romances que entonaban los mozos en el recorrido que las noches de los sábados hacían por las calles del pueblo. El molino, que tantas sugerencias tuvo para el romance, para la copla, para el cantar del baile, para la canción, nunca faltaba en las rondas bien organizadas. Después vino el cuplé, la canción ligera y los festivales de la canción moderna que con los medios de comunicación llegan a todas las partes en el momento de producirse y están matando lo que tenían de original nuestras aldeas.
En aquellos tiempos, cuando la canción sólo se propagaba a la velocidad de una diligencia o a la que se podía conseguir en los caminos de hierro, llegaba a nuestros pueblos que la acogían con cierta cautela cuando por su carácter de exótica fuera sospechosa de poco ortodoxa, con brotes de inmoralidad. Por esta razón la juventud de nuestros pueblos, que quería seguir siendo fiel a la doctrina recibida de sus mayores, corregía lo que había juzgado un extravío, entonando cantares que había oído en una misión, en una novena o en un mes de mayo. Y así oíamos mezclase durante una velada o en el recorrido de una ronda canciones como: Campanas tocan a fuego, En casa del tío Vicente. Levántate, morenita. Eres alta y delgada. etc., con otros como: A misión os llaman. Amante Jesús mío. Viva María, etc.
Pero dejemos estas alternativas que en el medio rural no solían ser muy frecuentes para adentrarnos en los cantares que consideraban más propios para una ronda cuando los pueblos tenían más juventud que ahora.
En los oscureceres de los sábados y vísperas de días festivos, los mozos solían reunirse en un lugar céntrico que ellos llamaban "la esquina". Allí tenían sus tertulias, sus asambleas; allí hablaban de sus problemas y tomaban acuerdos.
Cuando regresaban a sus casas lo solían hacer cantando y en grupos integrados por los que tenían sus viviendas en la misma calle. Algunas veces, cuando había cantares nuevos, la ronda recorría las principales calles del pueblo llevando la novedad de la canción, a instancia de parte, a donde suponían que alguna moza estaría con el oído atento para descubrir entre las voces del coro, la que muchas noches la quitaba el sueño.
Los cantares de la ronda no eran totalmente distintos de los que se entonaban para el baile; puede decirse que unos y otros valían para ambas cosas; pero nosotros anotaremos aquí los que juzgamos más propios de ronda. No podemos asegurar que sean en todo o en parte originarios de esta tierra porque se mezclan con frecuencia con nombres de otras zonas a las que también pudieron llegar los que nacieron aquí.
Al iniciarse la ronda, uno de los aficionados al canto solía recitar en voz alta:

Esta noche la ronda
yo me la llevo,
si hay algún atrevido
que salga luego.

Seguidamente se formaba uno o más grupos que recorrían las calles entonando cantares de amor y de alabanza a las cualidades de las mozas, aunque alguna vez se dejara entrever una indiferencia, un desdén o un disimulado rencor por un querer que no había sido correspondido.

Vengo de Villarrodrigo
pisando los arenales
sólo por estar contigo,
rosita de los rosales.
Por esta calle viene agua
por la otra agua viene;
cuando las aguas se juntan
!qué harán los que bien se quieren!.
Esta calle está empedrada,
la piedra la traje yo;
la piedra ya se conoce,
pero tus amores no.
Algún día fue tu calle
carretera para mí;
ahora se me hace una cuesta
que no la puedo subir.
Mañana por la mañana
te levantas la primera
que la sortija de plata
a la ventana te queda.
Si dejo de ser soldado,
mañana por la mañana
marcharé para mi tierra
a platicar con mi dama.
A platicar con mi dama
y a conversar con mi amor.
Ábreme la puerta, niña;
la puerta o el cuarterón.
La puerta y el cuarterón
ni se cierra ni se abre;
soy doncella con honor
y el honor es lo que vale.
Por tu calle voy entrando,
resalada prenda mía,
por tu calle voy entrando,
despierta si estás dormida.
Despierta si estás dormida,
que dormida no estarás,
porque los enamorados
duermen un sueño no más.
Jardinera, jardinera,
jardinerilla de amor,
si usted me diera licencia
para cortar una flor...
Por no cortar una flor
se la pido al amor mío,
que de rosas del amor
hay rosales bien floridos.
Aquella señora
que está en el balcón
con los ojos me hace señas
y me roba el corazón.
Quien fuera soldado
de su batallón.
Con la trenza de tu pelo
tengo de hacer un cordón
para ponérmelo al cuello
y colgar de él el reloj.
Y ponérmelo al reloj
y quitarle la cadena,
que me sirva de cadena,
que me sirva de recuerdo
cuando yo vaya a la guerra.
Cásate, niña, temprano
no hagas tú lo que la rosa
que al andar de mano en mano
se marchita y se deshoja.
Cásate, niña, a gusto,
no estés penando
que el disgusto de un padre
no dura un año.
Cuando venga de la guerra,
niña, ya te habrás casado,
pero sí te acordarás
de los ratos que te he amado
A tu puerta estuve anoche,
tres veces toqué al candado;
niña, pa tener amores
tienes el sueño pesado.
A tu puerta estamos cuatro,
todos cuatro te queremos,
salga la niña a escoger;
los demás nos marcharemos.
Tus amores y los míos
no se tienen que olvidar,
han nacido al mismo tiempo
para morir a la par.
Princesita, tú solita
reinas en mi corazón;
si yo reinara en el tuyo
mi dicha fuera mayor.
Por una perla brillante
paseo la calle angosta
y ahora me dicen tus padres
que te quieren meter monja.
A orillas del mar nací
y una concha fue mi cuna;
si no me caso con Concha
no quiero mujer ninguna.
Tienes un hoyo en la barba
que te sirve de mesón,
a todos les das posada
menos a mi corazón.
Desde que te vi te amé;
me pasa que ha sido tarde,
me pasa que no te amé
en el vientre de tu madre.
Eres rubia como el sol
cuando del oriente sale,
y blanca como la nieve
antes de pisarla nadie.
Considero que estarás
en la cama y no durmiendo;
estarás considerando,
en el amor que te tengo.
Tengo de pasar el puerto,
el puerto de Guadarrama,
tengo de pisar más nieve
que de arenas tiene el agua
Después de haberle pasado
y haber pisado la nieve
ya no me quiere mi novia
mi novia ya no me quiere.
En el túnel del arroyo
hay un hermoso quinqué
que estando la noche oscura
todo el arroyo se ve.
A tus puertas, sol dorado,
puse la mano en la nieve
vale más tu linda cara
que cuanto tus pies tienen.
Tienes una cinturita
que anoche te la medí
con vara y media de cinta
catorce vueltas la di.
Tienes una cinturita
que parece contrabando,
yo como contrabandista
por ella vengo penando.
En tu puerta tropecé
y a tu ventana caí
de las rejas me agarré,
dispensa si te ofendí.
Anoche a tu ventana
tres arbolitos planté;
un esparto y un olivo
con un naranjal al pie.
El esparto que me aparto,
el olivo que te olvido,
el naranjal que me pesa
de haber hablado contigo.
Dices que no me quieres,
yo también te digo
que te quiera la madre
que te ha parido.
Anoche soñaba yo
que dos negros me robaban,
eran tus hermosos ojos
que con ansia me miraban.
Pensando en ti me dormí
retrato del mismo cielo,
desperté, me hallé sin ti;
me eché a llorar sin consuelo.

Al finalizar la ronda solía escucharse una despedida, aunque no era lo más corriente:

Allá va la despedida
y ahora remato y concluyo:
es tanto lo que te quiero
que mi corazón es tuyo.

Pero no sólo era la clase campesina la que se divertía en los días, en las fechas y en los lugares acostumbrados; había otra clase social, la más privilegiada, que también se divertía a su manera sin la menor molestia para nadie y sin merma de su gran prestigio. Eran los tiempos en los que cada pueblo, cada aldea tenía su cura; no importaba la categoría de la parroquia; los había para todas. Y eran también los tiempos en los que el chocolate constituía un alimento codiciado para el desayuno y la merienda en algunos hogares que podían comprarlo. Para algunas personas eran como una golosina aquellos pequeños sorbos, y más si lo tomaban con churros o con tostadas untadas de mantequilla
Hacía falta que alguien cantara las excelencias de ese alimento; y el poeta surgió. Creo que fue en un pueblecito de la Sobarriba. Tanto gustaron aquellos versos, hoy olvidados, que se cantaron durante algunos años en la sobremesa de la fiesta patronal en las rectorías del arciprestazgo de la Sobarriba y en pueblos próximos Y se dice que su autor cuando se dispone a entonar esa canción de humor precedida de algún chiste siempre honesto, era muy aplaudido por sus compañeros, contertulios o comensales.
No era canción propia de esta zona del Porma, pero a ella vino y en ella se cantó, por lo que la hago figurar en este capítulo:

En la ciudad de Caracas
fue mi ilustre nacimiento...

Y cada estrofa terminaba en tono de recordaris con estos otros dos:

Dios te conserve y te guarde
chocolate de mi vida.

Los curas en los entierros,
cuando van sin chocolate
dicen que es un disparate
y la mañana perdida;
y cantan como becerros:
dies ire, dies ira.

Estos famosos cantares no solían trascender al público; se quedaban dentro de casa y se oían, como ya queda dicho, en las rectorales, en solitario y en grupo. Pero podemos asegurar que se cantaban desde Cerezales hasta Villarroañe y desde Santovenia hasta Santa Olaja de la Ribera.
Únicamente cuando la copla tenía un ligero matiz político o social; cuando constituía un recreo malicioso que podía producir molestias a determinadas personas o ridiculizar a algunas profesiones, se salía más pronto de la esfera local. Coplas y música llevadas muchas veces a los pueblos por estudiantes de latín y filosofía, y que eran como una pequeña burla que solía poner al descubierto algunos defectos ocultos para la mayoría de la gente.

El siglo XIX a España le da
las luces que requieren
un adelanto
muy progresal.
Los maestros de escuela
no pueden vivir
porque la enseñanza
para nada es bien;
pues vivimos todos
con gran ilusión,
!qué importa que no haya
civilización!.

Y así, en esa vida sencilla, sosegada, tranquila de nuestras aldeas iban pasando los días y los años. El oleaje de la nueva "edad de oro" de la poesía española no solía llegar a los pueblos que padecían de aislamiento; en cambio llegó lo que no se esperaba, lo que no se quería. Ya se habían dejado de oír los ecos del Oriamendi y del himno de Riego cuando surge la Segunda República y poco después la Guerra Civil.
Fue este último periodo el que acabó con las rondas, con las coplas, con los cantares aldeanos. La canción popular no se atrevía a salir a la calle; había desconfianza, miedo a la sospecha. Una pequeña alusión, que en otros tiempos resultaba inofensiva, podía costar grandes disgustos. Sólo se cantaban himnos patrióticos, y más en los frentes que en la retaguardia
En el año de 1939 se celebró en León, en la plaza circular de Calvo Sotelo, un gran concurso de canciones populares. El Ayuntamiento de Vegas, que con tal motivo recibió la visita del maestro Odón Alonso para seleccionar alguna, envió a la competición a dos pequeños grupos, ninguno de Vegas. Pero bien fuera por falta de ensayo o por la poca categoría de las canciones interpretadas, ninguno de los dos grupos obtuvo el éxito que esperaba. No obstante una de las canciones interpretadas gustó algo, pero solamente a los del país, y más que por su melodía, un tanto melancólica, por los lugares que cita en ella. Suponemos que el autor de la letra era de Cerezales pero la música pertenece más a la ribera del Esla que a la del Porma. Esta pequeña canción, cuya letra cada uno ha reformado a su gusto, es la siguiente en una de sus versiones.

Estando yo paseando
cerca de la Quebrantada
me encontré con una niña,
!olé, niña!,
blanca, rubia y colorada.
La pregunté qué tenía,
y estaba muerta de amores
por un mozo del Condado,
!olé, niña!.
un mozo de los mejores.
En Vegas se casó ella
y ahora vive en San Cipriano,
y es feliz con su marido
!olé, niña!
que fue un mozo del Condado.

Eres moza del Condado,
no me lo puedes negar;
me lo dicen tu hermosura
y tu saleroso andar.
Por tu cara de rosa,
por tu fachada,
subiría cien veces
la Quebrantada.

Hoy la canción aldeana va desapareciendo; los mozos que han quedado en los pueblos no van de ronda. La radio primero y la televisión después nos traen a diario canciones para todos los gustos que se pueden escuchar cómodamente en casa y sentados en el salón de un café.
Así era la vida entonces; el pueblo se divertía a su manera, a la manera española.




FINAL

Hemos llegado al final y creemos haber cumplido, no en la medida del ruego que algunos de los que fueron discípulos míos quisieran ver, pero sí en la relación de unos hechos para que puedan recordar tiempos que después de pasados se van olvidando o llegan desfigurados a las gentes por una tradición que carece de fuentes escritas y veraces donde el comentario histórico puede apoyarse sin miedo al error.
No basta con que la Administración ensanche los límites de una zona con tierras que no fueron de ella o ceda otras por razones de distancia para que el nombre del Condado quede sujeto, ajustado, encerrado en una nueva dimensión.
Ya no son aquellos tiempos de pueblos aislados, mal comunicados, casi desconocidos. Ni se trazan caminos con un trayecto de veinte kilómetros cruzando el término de una docena de pueblos sin tocar en ninguno.
Cuando un pueblo es trabajador, y los del condado del Porma lo son, su nombre sale de sus fronteras; lo llevan sus hijos y lo exhiben como la mejor marca en las distintas modalidades que pueden presentarse en el extenso campo del trabajo, cualquiera que sea el lugar donde fijen su residencia: Por eso, en la propia capital de nuestra provincia pueden leerse letreros como éstos: Confecciones Condado, Muebles El Condado, Cine Condado.
Cuando se inauguró el Cine Condado su propietario invitó a dicho acto al Ayuntamiento de Vegas del Condado con el ruego de que por alguno de los componentes de la corporación municipal se pronunciasen algunas palabras con libertad de asunto pero relacionadas con el acto que se estaba celebrando. Todavía recordamos algunas frases de aquel pequeño discurso:
..."Hay rincones en nuestra patria que permanecen ignorados por la mayoría de las gentes, incluso de muchas personas cultas de nuestras ciudades. Han sido los grandes centros urbanos de predominio industrial los que han venido estudiándose con preferencia, iniciando a la niñez en esos conocimientos desde las escuelas de párvulos; pero los pueblos agrícolas y ganaderos, con su monotonía en el vivir, con sus costumbres campesinas, con la pobreza de su léxico, apenas eran conocidos hace algunos años más que por algún hombre de negocios o por el que quería profundizar más en el estudio de nuestras costumbres populares.
Las circunstancias por las que ha atravesado España en estos últimos años han hecho que los hombres de la ciudad vuelvan sus miradas al campo y a sus producciones; sienten las mismas inquietudes del labrador, se interesan por la lluvia y leen con avidez en los periódicos aquellas noticias que vienen del campo y que han de traer remedio a su situación alimenticia. El concepto que antes se tenía del campesino cambió radicalmente; hoy se le considera como un productor de primerísima categoría, constituyendo uno de los más sólidos pilares sobre los que se asienta la economía de nuestra patria.
Pero dentro del campo, largo y ancho de España, existen zonas, existen riberas donde la Providencia quiso derramar a manos llenas las condiciones de fertilidad del suelo y la aptitud de sus moradores para el trabajo; como en esta zona o en esta ribera del Condado. Ramiro Fernández conoce muy bien todas estas cosas por haber nacido en ella, y si los negocios o los azares de la vida han hecho que fije su residencia en esta capital, espiritualmente está viviendo entre nosotros y su amor a la patria chica es tan grande que ha tenido el gusto, que todos nosotros agradecemos, de bautizar con el nombre de CONDADO, esta hermosa sala de cine que hoy se inauguramos...".
Éste es el Condado del Porma, y más concretamente su capital que es Vegas; un pueblo de trabajadores de predominio agrícola y ganadero como tantos otros de nuestra patria que se esfuerza en producir más cada año que pasa, porque sólo así, con la constancia de una profesión que se va mejorando cada día, se puede llegar a lo que ahora llamamos la tercera edad con la satisfacción de un deber cumplido y con la independencia económica que el Estado debe mejorar como reconocimiento a un esfuerzo del que se está beneficiando toda la sociedad española.

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